Antes de comenzar, una constatación parece inevitable: pocas veces un discurso pronunciado en el Congreso de los Diputados ha resultado tan incómodo para tantos sectores políticos al mismo tiempo. León XIV, en la primera intervención de un pontífice ante las Cortes Generales españolas, no acudió a Madrid para bendecir posiciones ideológicas concretas ni para alinearse con un bloque político determinado. Acudió, más bien, a cuestionar algunas de las inercias que dominan el debate público contemporáneo.
Su intervención, recibida con una prolongada ovación y seguida con atención por representantes de prácticamente todas las instituciones del Estado, fue una apelación a la política entendida como ejercicio moral antes que como mera competición por el poder. Y esa es, probablemente, la razón por la que sus palabras han generado tanto interés como controversia.
El núcleo de su mensaje fue una crítica directa a la degradación del lenguaje político. En una cámara donde el enfrentamiento verbal se ha convertido en una rutina cotidiana, el Papa advirtió contra la “descalificación permanente del adversario” y reclamó una forma distinta de entender la discrepancia democrática. No se trató de una defensa ingenua del consenso permanente ni de una llamada a eliminar las diferencias ideológicas. Lo que cuestionó fue la tendencia creciente a sustituir el debate por el insulto, la argumentación por la caricatura y la confrontación política por la deshumanización del contrario.
La frase más significativa de su discurso fue quizá aquella en la que recordó que “la firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”. Son palabras sencillas, pero adquieren una enorme carga simbólica en un tiempo marcado por la polarización y por la rentabilidad electoral del conflicto permanente.
León XIV dedicó buena parte de su discurso a recordar que las personas migrantes no pueden convertirse en simples cifras ni en instrumentos de confrontación política
Sin embargo, el aspecto más contundente de su intervención estuvo relacionado con la inmigración. León XIV dedicó buena parte de su discurso a recordar que las personas migrantes no pueden convertirse en simples cifras ni en instrumentos de confrontación política. Frente a quienes contemplan los movimientos migratorios exclusivamente desde una óptica de control de fronteras o de impacto económico, el Pontífice insistió en que se trata ante todo de una cuestión moral y jurídica.
La afirmación de que toda discriminación por razones de origen nacional, étnico, religioso o económico constituye una vulneración grave de la dignidad humana fue una de las declaraciones más rotundas de la jornada. En un momento en que el debate migratorio ocupa una posición central en buena parte de las democracias occidentales, el Papa recordó que las fronteras no deben convertirse en espacios de abandono, sino en lugares donde se garantice la protección de las personas.
No resulta difícil entender por qué estas palabras han sido interpretadas como una enmienda a determinadas corrientes políticas europeas que han hecho del rechazo a la inmigración una de sus principales banderas. Tampoco es casual que algunos observadores hayan señalado que Vox fue uno de los destinatarios implícitos de buena parte de estas reflexiones. Pero sería un error reducir el alcance del discurso a una mera crítica partidista. El mensaje de León XIV trasciende las coyunturas electorales y plantea una pregunta más profunda: qué tipo de sociedad quiere construir Europa en las próximas décadas.
El Pontífice también insistió en otro de los ejes de su pensamiento: la defensa del derecho internacional y del multilateralismo. Reiteró que la paz exige valentía diplomática y cuestionó la idea de que el rearme constituya una respuesta inevitable a las tensiones globales. En un escenario internacional marcado por conflictos armados prolongados y por una creciente rivalidad entre potencias, el Vaticano vuelve a situarse en la tradición que privilegia la negociación frente a la lógica de la fuerza.
León XIV evitó entrar en debates concretos, pero defendió la necesidad de construir relatos colectivos que permitan comprender la historia sin convertirla en una herramienta de división permanente
Especialmente relevante resultó su reivindicación de una memoria histórica orientada hacia la verdad y la reconciliación. La referencia no pasó desapercibida en un país donde el pasado sigue siendo objeto de controversia política. León XIV evitó entrar en debates concretos, pero defendió la necesidad de construir relatos colectivos que permitan comprender la historia sin convertirla en una herramienta de división permanente. Posteriormente, el Papa pidió ante los obispos responder a los abusos en la Iglesia con “verdad, justicia y reparación”.
Aborto y eutanasia
No obstante, el discurso también incluyó elementos que generan una mayor distancia con algunos sectores progresistas. Su defensa de la posición tradicional de la Iglesia sobre el aborto, la eutanasia y la protección de la vida desde la concepción responde a una doctrina ampliamente conocida y difícilmente sorprendente. Más interesante fue su reflexión sobre los límites del poder democrático cuando recordó que existen derechos y principios que, a su juicio, no deberían depender exclusivamente de las mayorías circunstanciales. Ahí emerge uno de los debates clásicos entre la Iglesia y las democracias modernas: hasta qué punto la legitimidad política procede únicamente de la voluntad popular o si existen principios éticos previos que ninguna mayoría debería vulnerar. Se trata de una discusión antigua, compleja y lejos de estar resuelta.
Mientras tanto, fuera del Congreso, la realidad se encargaba de recordar que la autoridad moral de la Iglesia sigue enfrentándose a desafíos muy concretos. La entrega al Papa de una carta del Sindicato de Inquilinas denunciando la crisis de la vivienda reflejó la preocupación social por uno de los problemas más graves que afronta España. Al mismo tiempo, la protesta de colectivos de víctimas de abusos sexuales puso de manifiesto que la herida de la pederastia eclesiástica continúa abierta.
Aunque León XIV ha reconocido públicamente que los abusos representan una “llaga abierta” y ha reiterado su compromiso de combatirlos, muchas víctimas consideran insuficientes los avances realizados hasta ahora
La concentración ante la Nunciatura para denunciar su exclusión de los encuentros oficiales constituye un recordatorio incómodo para una institución que sigue tratando de recuperar la confianza perdida. Aunque León XIV ha reconocido públicamente que los abusos representan una “llaga abierta” y ha reiterado su compromiso de combatirlos, muchas víctimas consideran insuficientes los avances realizados hasta ahora. La distancia entre el reconocimiento del problema y la reparación efectiva continúa siendo una de las principales asignaturas pendientes de la Iglesia.
La intervención de Francina Armengol, al reivindicar el informe del Defensor del Pueblo sobre la pederastia en el ámbito eclesiástico, subrayó precisamente esa realidad. El Congreso quiso recordar que la exigencia de verdad, justicia y reparación no desaparece por mucho que la visita papal genere entusiasmo o expectativas de renovación.
Quizá ahí resida la principal enseñanza política de esta visita. León XIV ha llegado a España con un mensaje que combina idealismo moral y realismo institucional. Ha pedido menos insultos y más diálogo, menos exclusión y más dignidad, menos fuerza y más derecho. Pero también se ha encontrado con una sociedad que exige a la Iglesia la misma coherencia ética que reclama a los poderes públicos.
Por eso su paso por Madrid deja una paradoja interesante. El Papa ha recordado a la clase política que ninguna democracia puede sostenerse únicamente sobre la lógica de las mayorías y que la dignidad humana debe ocupar el centro de toda decisión pública. A cambio, la sociedad española le ha recordado que esa misma exigencia moral también alcanza a la Iglesia. Entre ambas demandas se sitúa el verdadero alcance de una visita que, más allá de los gestos protocolarios y de las inevitables lecturas partidistas, ha puesto sobre la mesa cuestiones esenciales sobre el futuro de la convivencia democrática. @mundiario