HUB
Publicidad Responsiva - Banner Superior
Radar Inteligente
Mundiario 08 Jun, 2026 07:40

Un instante más contra el vértigo

Una frase, atribuida a Conrad me da que pensar: “En este mundo no hay moral, ni conocimiento, ni esperanza; solo hay la conciencia de nosotros mismos que nos impulsa sobre un mundo que es siempre como una apariencia vana y fugaz”. 

La frase una lucidez incómoda: afirma que el mundo, tal como lo experimentamos, carece de moral, conocimiento y esperanza, y que lo único verdaderamente real es la conciencia de nosotros mismos, esa chispa interior que nos empuja a atravesar una realidad que no es más que una apariencia fugaz.

Su visión es profundamente existencial: el ser humano está arrojado a un escenario que no ofrece garantías, donde los valores no están dados, donde el saber es siempre parcial y donde la esperanza es más un deseo que una certeza. Frente a ese vacío, lo único firme es la percepción íntima de existir, la conciencia que nos obliga a movernos, a actuar, a interpretar un mundo que se disuelve mientras lo miramos.

Conrad sugiere que la vida es una especie de espejismo en perpetuo cambio, una superficie engañosa que no ofrece verdades estables, y que, sin embargo, seguimos avanzando porque algo en nosotros —esa conciencia irreductible— nos impulsa a seguir, incluso cuando todo lo demás parece desmoronarse. Es una reflexión que no invita al nihilismo, sino a reconocer la fragilidad de nuestras certezas y la fuerza silenciosa que nos sostiene en medio de la incertidumbre.

¿Hay algo que nos permite seguir viviendo en estas condiciones? Sí, hay algo —aunque no es una garantía, ni una verdad absoluta— que nos permite seguir viviendo incluso cuando el mundo parece reducido a una apariencia frágil y fugaz. No es una fuerza externa ni un consuelo metafísico, sino algo más íntimo y terco: la capacidad humana de conferir sentido, incluso en medio del sinsentido.

No se trata de encontrar un propósito universal, sino de crear pequeñas razones que nos sostienen, actos mínimos que afirman nuestra existencia frente al vacío. Vivimos porque somos capaces de imaginar, de recordar, de proyectar; porque incluso cuando la moral se desmorona, cuando el conocimiento se vuelve incierto y la esperanza se diluye, queda en nosotros una especie de impulso vital que no necesita justificación.

A veces es el deseo de comprender un poco más, otras veces es el afecto por alguien, o la simple curiosidad por ver qué ocurre mañana. También nos sostiene la capacidad de transformar el dolor en relato, la confusión en pensamiento, la pérdida en memoria. Esa conciencia de nosotros mismos que Conrad menciona no solo nos empuja a atravesar un mundo inestable, sino que también nos permite resistirlo, reinterpretarlo, desafiarlo.

Incluso cuando todo parece vacío, seguimos moviéndonos porque algo en nosotros se niega a aceptar la inmovilidad, porque la vida —incluso en su forma más desnuda— contiene un impulso que no depende de certezas ni de promesas. Y quizá ahí reside la verdadera fuerza: en que, aun sabiendo que todo es fugaz, seguimos apostando por un instante más, por una palabra más, por un gesto más, como si cada uno de ellos pudiera sostenernos un poco en medio del vértigo.

No es una estrategia consciente ni un plan trazado, sino una especie de impulso silencioso que brota incluso cuando todo alrededor parece desvanecerse. Cada pequeño acto, por insignificante que parezca, funciona como un ancla momentánea: una mirada que nos confirma, una frase que nos sostiene, un recuerdo que nos devuelve algo de calor. Vivimos en un mundo que se mueve demasiado rápido, que cambia antes de que podamos comprenderlo, que se disuelve mientras intentamos nombrarlo, y aun así insistimos en dejar marcas, en extender la mano, en decir “todavía estoy aquí”.

Es como si la vida se construyera a base de estos fragmentos mínimos que, sumados, forman una resistencia íntima contra la fugacidad. No buscamos grandes certezas, porque ya intuimos que no existen; buscamos apenas un punto de apoyo, un respiro, un instante que nos permita continuar.

Y lo sorprendente es que funciona: un gesto basta para que el mundo, por un momento, deje de temblar. Esa es la paradoja luminosa de nuestra fragilidad: que incluso en medio del vacío encontramos motivos para avanzar, aunque sea un paso pequeño, aunque sea solo para ver qué forma toma el siguiente segundo.

Todo lo que percibimos —el mundo exterior, los objetos, incluso las otras personas— aparece filtrado, interpretado y, en cierto modo, construido por nuestra propia mente. La conciencia se convierte así en el punto de partida y en el criterio último de lo que consideramos real. No es que niegue la existencia del mundo externo, sino que subraya que solo accedemos a él a través de nuestra vivencia interna, de ese flujo continuo de sensaciones, pensamientos y emociones que conforman nuestro ser.

Lo único que permanece incuestionable es el hecho de que estamos experimentando algo, de que hay un “yo” que siente, piensa y observa. En ese sentido, la conciencia no solo es real, sino que es el fundamento sobre el que se apoya cualquier otra noción de realidad. @mundiario

 

Contenido Patrocinado