Tenía cuatro años cuando mi papá me llevó por primera vez a ver a los Reboceros de La Piedad. Compramos una pizza hawaiana cuadrada; la masa no era gran cosa y la piña seguramente venía de una lata.
Como no había butacas, nos sentamos sobre el asfalto de un estadio que a mí me pareció inmenso. Recuerdo la espera eterna, el murmullo impaciente de la gente y, al fin, el silbatazo que dio inicio al partido.
En ese preciso instante descubrí una versión de mi papá que, hasta ese momento, no conocía en lo absoluto. De pronto parecía más joven, inexplicablemente más ligero.
Gritaba, celebraba, alentaba y coreaba canciones contra los rivales y el árbitro. Algunas “groserías” que a mí me estaban estrictamente prohibidas, pero que ahí, en ese extraño microespacio de catarsis y pertenencia, estaban permitidas.
Han pasado 32 años desde aquella tarde, pero aún la atesoro entre mis recuerdos más queridos. Porque ese día se me hizo patente que disfruto las gambetas, los pases filtrados y las medias tijeras, sí, pero lo que realmente me apasiona del futbol es la gente.
Quienes vendían lonches de pierna afuera del Estadio Jalisco. Los que le gritaban al árbitro con un ingenio digno de estudio, los que lloraban la camiseta después de un gol.
Y sobre todo: la sensación de dejar de ser quien soy para sumarme a algo mucho más grande que yo. Eso solo lo he vivido en dos lugares: en el estadio y en los grandes mítines políticos.
Por eso cada cuatro años el país se detiene. Por eso abrazamos a desconocidos cuando México mete un gol. Por eso nos indignan los precios de los boletos del Mundial, que nos alejan a casi todos de la posibilidad de participar en primera persona de este fervor.
Y es que en la cancha no importa si eres de izquierdas o libertario, maoísta o un ferviente defensor del libre mercado, creyente o agnóstico.
El objetivo es el mismo para todos: que el balón cruce la línea del rival más veces que la tuya.
Me gusta pensar que, mientras multinacionales embolsan millones a costa del deporte más bonito del mundo, en algún lugar de México, dos niños pondrán unas piedras sobre el pavimento para marcar una portería y jugarán durante horas. Sin presión, sin ninguna ambición más allá del goce.
El escritor Juan Villoro ha dicho que el futbol es una forma de conversación colectiva. Un lenguaje común que permite que personas de distintos orígenes, edades y clases sociales encuentren un terreno compartido.
Por eso los esfuerzos que buscan mantener viva esa dimensión pública y popular del deporte importan, y mucho.
Las plazas que transmiten los partidos, los espacios donde miles de personas pueden reunirse para vivir una experiencia colectiva, las exposiciones que recuperan la memoria futbolística o las iniciativas culturales que vinculan el deporte con la lucha contra la discriminación y la desigualdad.
En estos tiempos oscuros, de guerras y genocidios, momentos así, aunque puedan parecer ingenuos, son insustituibles. Nos recuerdan que una sociedad puede unirse para algo.
Que, aunque solo sea por noventa minutos, podemos compartir una misma emoción. Y de paso, gritarle algún insulto creativo al árbitro. No subestimemos el poder sanador de ello.
Espero de corazón que podamos construir un futuro donde más personas puedan vivir un Mundial desde las tribunas y no únicamente desde una pantalla.
Un futuro con más plazas llenas, más espacios públicos, más memoria deportiva y más comunidad.
Porque al final, más allá de lo mercantilizado que puede estar el Mundial, más allá de las marcas y los contratos, el futbol sigue siendo de quienes lo sienten.
Y quienes lo sentimos somos millones.