Hoy México inaugura, por tercera vez, la Copa Mundial de la FIFA. No es poca cosa, se trata del evento más relevante del deporte más popular del planeta, el fútbol, con una audiencia estimada de 6 mil millones de espectadores. Los ojos del mundo estarán puestos en nuestro país.
Y es justo ahí donde México anota el gran “gol”. México se presenta como coanfitrión de esta justa junto a sus principales socios comerciales: Estados Unidos de América y Canadá. Juntos conformamos el bloque económico más importante del mundo: concentramos cerca del 30% del PIB global y nuestro volumen de comercio supera, incluso, al de China.
En materia de inversión, no sólo importan las cifras, sino también la percepción de los inversionistas. Sus decisiones dependen de evaluaciones pasadas, del entorno actual y, sobre todo, de las expectativas. Hoy, México necesita, como pocas veces en su historia reciente, fortalecer esa percepción y construir confianza hacia el futuro.
Durante años, nuestro país ha sido objeto de críticas desde Estados Unidos: por flujos migratorios desordenados, por la producción y tráfico de estupefacientes, y desde luego, por la violencia asociada a estos fenómenos. El año pasado, además, señalamientos sobre presuntas irregularidades en materia de prevención de lavado de dinero afectaron gravemente a tres intermediarios financieros mexicanos.
Más recientemente, las acusaciones han alcanzado a figuras políticas. Todo ello deteriora la imagen de México en el exterior, especialmente cuando provienen de nuestro principal socio comercial, destino de más del 80% de nuestras exportaciones y con quien mantenemos una compleja red de cadenas de valor difícil de replicar en otras regiones del mundo.
Este año, además, se renegocia el Tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Si bien existen incentivos claros para que las tres economías mantengan y fortalezcan su integración, también es cierto que factores políticos podrían entorpecer o retrasar acuerdos clave. Un retraso de esa naturaleza podría frenar inversiones en un momento decisivo, marcado por la relocalización de industrias desde Asia hacia América, fenómeno conocido como nearshoring.
En este contexto, compartir la organización de la Copa del Mundo representa una oportunidad única. Más allá de las diferencias, México, Estados Unidos y Canadá se proyectan como un bloque sólido, capaz de colaborar y de organizar de forma conjunta un evento de escala global. Es una vitrina inmejorable para mostrar unidad, capacidad y confianza.
Sin embargo, este escaparate también atrae presiones. Distintos grupos intentarán aprovechar la visibilidad internacional para impulsar sus demandas ante los gobiernos federal y locales.
El riesgo es claro: cualquier deterioro en la imagen del país tiene costos colectivos. De ahí la importancia de privilegiar el diálogo, el oficio político y la anticipación para encauzar inquietudes sin afectar el desarrollo del evento. La violencia, por supuesto, debe quedar completamente descartada. Evitar el “gol en contra” es tarea de todos.
Finalmente, la decisión de la presidenta Sheinbaum de ceder su lugar en la ceremonia inaugural a una joven mediante un concurso de habilidades con el balón, es sin duda, un gesto generoso. No obstante, resulta inevitable lamentar su ausencia.
La investidura presidencial representa a todos los mexicanos y hoy cuenta con un nivel de aprobación cercano al 70%, superior al de sus antecesores en mundiales anteriores. El escenario habría sido inigualable para proyectar al mundo a la primera mujer en ocupar la presidencia del país.
No queda más que hacer lo propio en la cancha y fuera de ella: jugar con técnica, disciplina y pasión. Y, por supuesto, buscar que gane México.