Las cámaras mostraban un partido de Copa del Mundo. Las gradas contaban otra historia. Mientras Corea del Sur remontaba para vencer 2-1 a la República Checa en Guadalajara, amplios espacios vacíos aparecían en el Estadio Akron, una imagen difícil de asociar con el torneo deportivo más importante del planeta.
La FIFA presume una demanda histórica y millones de boletos vendidos. Sin embargo, los huecos en las tribunas parecían formular una pregunta incómoda: ¿quién puede pagar realmente este Mundial?
Los precios ofrecen una pista. Entradas de 400 y 500 dólares para zonas generales, y paquetes VIP que superan los 5 mil dólares, colocan la experiencia mundialista fuera del alcance de millones de familias. Para buena parte de los trabajadores mexicanos, asistir a un partido representa el equivalente a varias semanas, e incluso meses, de ingresos.
El futbol siempre se presentó como el deporte del pueblo. El niño que juega en la calle sueña con estar algún día en una Copa del Mundo. El obrero, el empleado, el comerciante y el estudiante sienten la camiseta como propia. Pero cuando llega la hora de comprar un boleto, descubren que el espectáculo parece diseñado para alguien más.
La clase media puede aspirar a vivirlo, aunque con sacrificios considerables: cancelar vacaciones, aplazar compras importantes o recurrir a años de ahorro. Para los sectores populares, en cambio, la posibilidad simplemente desaparece. El Mundial llega a su ciudad, pasa frente a sus ojos y termina observándose desde una pantalla.
Por eso los asientos vacíos resultan tan simbólicos. No reflejan falta de interés. Reflejan falta de acceso. Hay miles de personas que habrían llenado esas butacas si los precios hubieran sido compatibles con la realidad económica del país.