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Mundiario 12 Jun, 2026 14:47

La dignidad y la justicia requieren ejemplos morales en su cuidado

De Canarias se lleva el papa, al final de su viaje a España, la existencia de contrastes que sus palabras han tratado de iluminar. Ha resultado técnicamente perfecto, tuvo gran seguimiento mediático y, como remate, la inauguración de la torre de Jesús, en la Sagrada Familia de Gaudí, suscitó aplauso unánime. Otra cosa es la eficiencia de los mensajes de este hombre campechanamente bueno sobre realidades que ha vivido con humanismo cristiano entre los pobres de Perú. Lo acontecido a los siete minutos de los aplausos a su discurso en el Congreso, o el rifirrafe entre el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición y, sobre todo, los comentarios de Almeida respecto a lo bonito que quedó su paso por Madrid, o los de Ayuso acerca de que su búsqueda de futuro era “importar pobreza masiva”, son indicadores de su alcance objetivo. Tampoco habrá podido oír a la alcaldesa de Mogán, en Gran Canaria, explicando por qué, en noviembre de 2020, fletó tres autobuses para llevar inmigrantes a la Delegación del Gobierno, ni al presidente de aquella comunidad poniendo pegas al atraque del barco del hantavirus hace un mes.

El gesto de recorrer España en papamóvil, sus otras palabras sobre la dignidad del nasciturus, o los asuntos de la igualdad de la mujer, reiteran tradiciones doctrinales de su Iglesia, pero es esperanzador que la autoridad de su voz aliente la primacía del lado más noble de los seres humanos: la dignidad e igualdad de trato a que todos tienen derecho, sean o no sean pobres. Esa posición, como ya le ha mostrado Trump, no le granjeará muchos aliados, ni siquiera entre gentes de su entorno eclesial, donde abundan escurridizos partidarios de intransigencias y, si se tercia, de colaboracionismos autoritarios. No obstante, su visión del pobre, coherente con las Bienaventuranzas, señala un camino cohesionador de voluntades hacia una historia en que no sobre nadie, propicia a que las personas de buena voluntad se apunten a dar dignidad a la vida de todos. Ese abajamiento humilde, reacio a cuantos van de prepotentes sabelotodo, acoge a cuantos quieran cooperar en esa tarea que, a lo largo de la historia, siempre ha sido conflictiva, justo por empeñarse en que quepan todos.

En su misa en Las Palmas, León XIV vino a denunciar una actitud ya denunciada en el Evangelio: “No pocas veces, la riqueza nos vuelve ciegos, hasta el punto de pensar que nuestra felicidad solo puede realizarse si logramos prescindir de los demás”. Justo en ese momento, cuando las treguas frágiles que, desde el mes de abril, se venían sucediendo en el conflicto armado de EEUU contra Irán —y de Netanyahu con cuantos crea que desafían su particular “tierra prometida”—, optaba por advertir cómo una humanidad que parece haber perdido el norte ni presta atención a cómo los patrones climáticos de la Tierra, ante el descuido de los humanos, anuncian su hartazgo. Cuando, al hablar de migraciones, señaló que “la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera”, y que “no podemos pasar de largo ante las pateras”, concretó las actitudes precisas para que la humanidad con “todos” sea verdad, y que la atención que se les preste no sea “mero asistencialismo”. La altura moral y política de este discurso de León XIV en pro de la dignidad de todos los humanos es muy diferente del que ayer, 11 de junio, inauguraba Europa. Lo que desea para el “ser”, “estar” y “habitar” en comunidad es contrario a lo que estimulan instancias, voces, gestos y gustos en que el mercado, la riqueza y la posición social son los que mandan. Los demás —sin derecho a existir— parece que puedan vivir si les dan permiso, como ejemplifican las expansivas políticas partidarias de la “primacía nacional”. El papa no dijo nada que no estuviera en la parte de los evangelios más comprometida con “los otros”. La cuestión es si quienes le han oído entre artificios seguirán su exigencia, nada superficial, de ruptura con la aburguesada y condescendiente idea de que, desde el poder, se pueden hacer cosas como las que el neoplatonismo inspiró, tan útiles para todo tipo de cruzadas imperialistas.

Los cuidados de “la viña”

En esta Iglesia del siglo XXI perviven influyentes grupos que pugnan por adueñarse de la conciencia y el tiempo de los demás con artes contrarias a ese mensaje conciliador. Quienes tienen en su memoria daños infligidos por gestos de eclesiásticos ajenos a la fraternidad universal y al rezo del “Padre nuestro” —de cuando el Código Civil no entendía de Derechos Humanos— verán que a los hermosos mensajes de León XIV les falta la compañía de gestos congruentes. De regreso al Vaticano, irá viendo en qué medida su siembra de esperanzas fructifica. Las labores del campo, que tantas parábolas generaron a los primeros cristianos, le brindan pautas para seguir la evolución de su “viña”. No basta con binar la tierra, ararla, cavarla o removerla para romper la costra y airear el suelo; si no elimina las malas hierbas y no maneja bien la poda, todo es inútil. Irá viendo, además, que nada asegura que cuantos le han jaleado estos días sigan haciéndolo si ven que habla en serio cuando dice que “la cooperación mutua ha de ser eficaz y permanente” y no se presta a componendas.

Siendo matemático, cabe suponer que conozca el poderoso atractivo mágico de las sensaciones que, como las de estos días en Cibeles, Montserrat o diversos estadios, generan los grupos musicales combinando sofisticadas experiencias multisensoriales para millones de seguidores. En el mundo de las creencias —no solo en las de índole confesional— es comprobable, igualmente, el atractivo de los santuarios donde las reliquias de un santo, mártir o modélico creyente siempre han generado un atractivo hechicero y hasta taumatúrgico. En su experiencia dentro de la experiencia católica, es muy probable que haya advertido la abundancia de ermitas y procesiones dedicadas a patronos/as en lugares donde sus rituales se superponen a los que —a veces en esos mismos espacios “sagrados”— se remontan a época precristiana. Los arqueólogos ven en ellos convicciones ligadas, desde el Paleolítico, a una concepción del mundo propicia a que fuerzas que, supuestamente, gobernaban la Tierra les fueran favorables. De esa magia, en que ver y tocar son esenciales, participa, sin más exigencia, el costumbrismo de hacerse un selfie con el papa. No hay constancia de su alcance moral ante la primera persona que les haya parecido un “pordiosero” inmigrante. @mundiario

 

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