El fútbol posee una memoria elefantiásica para las gestas, pero resulta despiadado con la decadencia de sus gigantes. En vísperas del partido inaugural entre México y Sudáfrica, el ambiente festivo que precede al nuevo y mastodóntico Mundial de 48 equipos se vio sacudido por una declaración que cruzó la línea de la diplomacia institucional. Gianni Infantino, presidente de la Fifa, decidió que la tragedia deportiva de Italia, ausente de la gran cita por tercera vez consecutiva, era el ingrediente perfecto para sazonar una entrevista televisiva en tono de comedia.
Ante los micrófonos del canal brasileño CazéTV, el mandatario helvético-italiano recurrió al sarcasmo para defender el polémico ensanchamiento del torneo. Al ser cuestionado por los ilustres ausentes, Infantino soltó una frase que ha resonado como una bofetada en los pasillos de la Federación Italiana de Fútbol: "Quizás Italia se clasificaría con 64 equipos. Podría ampliarlo a 228 para ver si se clasifican". Lo que pretendía ser una humorada distendida en la antesala del espectáculo se transformó de inmediato en un agravio de dimensiones diplomáticas.
La reacción en el país transalpino no se hizo esperar, mutando el hastío de la eliminación en una indignación colectiva y transversal. Los principales diarios deportivos de la península itálica abrieron sus ediciones digitales amplificando un clamor popular que acusa al dirigente de cinismo y de una preocupante falta de sensibilidad hacia una tetracampeona del mundo. Para una afición que arrastra la dolorosa resignación de ver el torneo por televisión, las palabras del máximo mandatario del fútbol mundial se han percibido como una burla cruel hacia su propia crisis de identidad.
Más allá del evidente mal gusto de la broma, el patinazo verbal de Infantino desnuda una preocupante pérdida de la solemnidad que exige su cargo. Un presidente de la Fifa no debería comportarse como un tuitero en busca de la interacción fácil ni utilizar el naufragio de una de las federaciones fundacionales del fútbol moderno como escudo para justificar la mercantilización del calendario. El chiste, además, encierra una alarmante paradoja, proviniendo de alguien que posee la doble nacionalidad y que conoce perfectamente la herida sangrante que vive el Calcio.
Este episodio marca un preocupante punto de inflexión en las relaciones entre el organismo rector y las federaciones tradicionales del Viejo Continente. La obsesión de la Fifa por expandir el negocio hacia nuevos mercados y sobredimensionar las competiciones está generando un abismo cada vez mayor con las potencias históricas. Al relativizar el mérito deportivo mediante la ironía, Infantino no solo degrada el valor de la clasificación, sino que dinamita los puentes de respeto con un país que ha vertebrado la historia de este deporte.
El divorcio definitivo entre el palco de la Fifa y el fútbol tradicional
La ligereza con la que se aborda la crisis de la Azzurra refleja el cambio de paradigma que sufre el fútbol globalizado. Mientras en Coverciano se debaten fórmulas urgentes para reestructurar las categorías inferiores y recuperar el terreno perdido en el panorama internacional, desde la cúpula de Zúrich se despacha el problema como una simple anécdota estadística de la que reírse en un set de televisión. La desconexión con el sentimiento del aficionado de a pie es total, priorizando el impacto viral sobre el decoro.
El fondo de la cuestión es que la ironía de Infantino esconde una realidad incómoda: el nuevo formato de la Copa del Mundo diluye la épica de las clasificaciones para convertir la fase previa en un mero trámite comercial. Al sugerir, aunque sea en broma, un torneo de dimensiones colosales, el dirigente confirma los peores temores de los románticos del balón, quienes ven cómo el gigantismo económico amenaza con devorar la mística y la exigencia que hacían sagrado a este campeonato.
La viralización del vídeo ha encendido un debate ético en el país del motor y el diseño, donde los analistas se preguntan si se habría tenido la misma osadía de bromear con otra potencia en horas bajas. La sensación de desprotección institucional es absoluta entre los aficionados italianos, que ven cómo su prestigio histórico es pisoteado por el propio encargado de velar por la integridad global del juego. El fútbol ya no respeta los galones del pasado si estos no vienen acompañados de una clasificación presente.
A nivel interno, este incidente promete tensionar los despachos políticos del deporte europeo, obligando a la federación italiana a emitir una respuesta que limpie el orgullo herido de la patria futbolística. No es un asunto menor; la diplomacia deportiva se rige por códigos sutiles donde las formas lo son todo, y la salida de tono de Infantino rompe de manera unilateral un pacto de no agresión verbal que se consideraba implícito entre caballeros.
Al final, cuando los focos del partido inaugural se apaguen y la competición devore la actualidad diaria, la frase del mandatario quedará grabada a fuego en el orgullo de un país herido. Italia no estará en el Mundial, pero la Fifa ha conseguido que su ausencia sea aún más ruidosa de lo que ya era sobre el césped. Infantino descubrió de la peor manera que el sarcasmo es un arma de doble filo, especialmente cuando se dispara contra aquellos que ayudaron a construir el imperio que hoy preside. @mundiario