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El Diario 12 Jun, 2026 20:39

El salto cuántico de Juárez

Sin darnos cuenta, Juárez depende tanto del T-MEC que si se terminara de tajo, cientos de miles quedarían sin empleo, pero listos para empezar una nueva historia. Siempre he sostenido que la economía, como un buen lápiz, necesita dos cosas para ser útil: una punta afilada y precisa para trazar el rumbo, y una madera lo suficientemente flexible para resistir la presión sin quebrarse. En la víspera de la revisión del T-MEC, es esa flexibilidad —la resiliencia pura de nuestra frontera— la que vuelve a ponerse a prueba.

Para quienes medimos el pulso de la frontera a través de los pedimentos aduaneros, los indicadores del modelo IMMEX y las densas negociaciones del T-MEC, la economía suele reducirse a cifras y proyecciones. Sin embargo, la competitividad de Ciudad Juárez no se construyó en una hoja de cálculo; se forjó en el ingenio y coordinación de sus líderes y en la capacidad de su gente para absorber los giros más drásticos de la historia global. Esa certidumbre no la aprendí en los manuales de comercio exterior, sino en la memoria de mi abuelo, quien conoció esta tierra cuando su vocación era otra.

Cuando yo era todavía un niño mi abuelo solía llevarme a través del puente a hacer sus negocios en El Paso. En ese entonces, Juárez todavía era el epicentro del dinamismo turístico y los servicios para los visitantes de Fort Bliss. Los artistas de todo Estados Unidos venían a divorciarse porque éramos la capital del divorcio. Mi abuelo me señalaba los hoteles y los comercios que florecieron tras la Ley Seca, un modelo que parecía inamovible. Pero la historia no se detiene.

Pocos años después, con el fin del Programa Bracero en 1964, presencié junto a él la incertidumbre de miles de connacionales que fueron regresados a México y se quedaron atrapados en la frontera. Lejos de rendirse, los líderes de la ciudad crearon y convencieron al gobierno de crear el Programa de Industrialización Fronteriza en 1965. Mi abuelo miraba con asombro el nacimiento del Parque Industrial Bermúdez y me decía: "Esta ciudad no se dobla, cambia de piel". Pasamos de la hospitalidad a la manufactura global, convirtiéndonos en el motor industrial de México. Hoy seguimos siendo la ciudad que más exportaciones produce.

Esa misma resiliencia operativa es la que seguramente va a definir nuestro presente ante la revisión del T-MEC. Las mesas de discusión en torno a las reglas de origen y el endurecimiento aduanero no representan un freno, sino una invitación a ser cada vez mejores. La geografía y la experiencia acumulada nos posicionan como el escudo natural de América del Norte para la sustitución de importaciones asiáticas. El reto ya no es ofrecer mano de obra, sino liderar la transición hacia la mentefactura, integrando proveeduría regional de la mayor calidad, y consolidando proyectos logísticos de largo alcance como la expansión de San Jerónimo-Santa Teresa.

El futuro de la región Juárez-El Paso-Santa Teresa es de una integración binacional irreversible. Al igual que en la época de mi abuelo, cuando el turismo dio paso a las primeras naves industriales, hoy Juárez se encuentra ante el umbral de otro salto cuántico. No somos una economía que teme al cambio; somos la frontera que lo ejecuta. La madurez de nuestra industria y la visión de nuestra comunidad empresarial garantizan que, tras esta calibración comercial, Ciudad Juárez seguirá siendo el nodo estratégico e indispensable del comercio global. Nuestro destino siempre ha sido avanzar.

Al final del día, las fronteras que prosperan son aquellas que entienden el valor de su propia madera. Podrán cambiar las reglas, podrán exigirnos mayor precisión en el trazo comercial, pero la estructura de nuestra economía está lista para resistir el peso del porvenir. No somos una economía que teme al cambio; somos la frontera que lo ejecuta y que, con pulso firme y una punta bien afilada, puede escribir en estos días el capítulo más brillante de su historia industrial.

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