Cada generación tiene su Mundial. Algunos quedan asociados a una selección irrepetible, a un gol inolvidable o a una final dramática. Otros pasan a la historia por el contexto político que los rodeó. Sin embargo, cuando transcurren los años, lo que suele permanecer en la memoria colectiva no son los discursos de los gobernantes ni las controversias institucionales, sino las imágenes que el fútbol deja grabadas en millones de aficionados.
La Copa del Mundo de 2026 nace con vocación de récord. Nunca antes habían participado tantas selecciones ni se habían disputado tantos partidos. Tampoco se había repartido la organización entre tres países distintos. Estados Unidos, Canadá y México comparten escenario en un torneo que aspira a convertirse en el mayor espectáculo deportivo jamás celebrado. Para la FIFA, supone la culminación de una estrategia de expansión global que multiplica audiencias, ingresos y mercados. Para sus críticos, representa la conversión definitiva del Mundial en una gigantesca maquinaria comercial.
Ambas lecturas contienen parte de verdad. El fútbol contemporáneo es, al mismo tiempo, una pasión popular –compartida– y una industria multimillonaria. Resulta difícil encontrar un acontecimiento capaz de reunir durante semanas a miles de millones de espectadores repartidos por todos los continentes. Precisamente por eso, cada Mundial acaba funcionando también como escaparate político para los países anfitriones.
El fútbol, por encima
Estados Unidos llega a esta cita inmerso en una etapa de fuerte polarización interna. Las controversias sobre inmigración, identidad nacional y relaciones internacionales forman parte del paisaje político cotidiano. Esa realidad proyecta inevitablemente una sombra sobre el campeonato. Sin embargo, la historia demuestra que el fútbol rara vez queda secuestrado por el contexto político en el que se desarrolla.
La Copa del Mundo sobrevivió a la propaganda de la Italia fascista, a las controversias de la Argentina gobernada por una junta militar, a las críticas dirigidas a Rusia o a los debates sobre derechos humanos que acompañaron al Mundial de Qatar. Con el paso del tiempo, los aficionados recuerdan mucho mejor los goles de Pelé, las genialidades de Maradona o las paradas imposibles de los grandes porteros que las circunstancias políticas de cada sede. Eso no significa que la política sea irrelevante. Significa que el fútbol posee una extraordinaria capacidad para construir un relato paralelo. Una vez que el balón empieza a rodar, el protagonismo cambia de manos. Los líderes políticos quedan relegados a un segundo plano y son los jugadores quienes escriben la historia.
Estados Unidos representa además un fenómeno singular. Durante décadas observó el fútbol desde la distancia, como un deporte exótico incapaz de competir con la NBA, la NFL o las Grandes Ligas de béisbol. Incluso el Mundial de 1994, considerado por muchos aficionados internacionales como uno de los más memorables de la era moderna, apenas dejó una huella profunda en la cultura deportiva estadounidense.
Frente al ruido político, frente a la mercantilización creciente y frente a las divisiones de nuestro tiempo, el fútbol continúa ofreciendo algo extraordinariamente simple: noventa minutos en los que importa más una buena jugada que cualquier bandera
La Major League Soccer ya tiene peso
Hoy la situación es diferente. El crecimiento de la Major League Soccer, la llegada de figuras internacionales y, sobre todo, el peso de millones de ciudadanos de origen latinoamericano han transformado el panorama. El fútbol ya no es una afición marginal ni una curiosidad importada. Forma parte de la identidad deportiva de una nueva generación de estadounidenses.
Esa evolución constituye quizá la noticia más importante de este Mundial. Más allá de quién levante el trofeo dentro de unas semanas, el torneo certifica la consolidación definitiva del fútbol en el mercado deportivo más poderoso del planeta. Si el siglo XX fue el de la expansión global del fútbol, el XXI puede ser el de su integración plena en la cultura popular norteamericana.
Junto a esa novedad aparece la fuerza de la tradición representada por México. El Estadio Azteca, escenario de algunas de las páginas más legendarias de la historia del fútbol, vuelve a ocupar un lugar central en el campeonato. Allí brillaron Pelé y Maradona. Allí se construyó parte de la mitología mundialista. Ningún país puede fabricar una herencia semejante; solo puede aspirar a estar a su altura. Por eso, cuando dentro de veinte o treinta años se recuerde este Mundial, probablemente se hablará de la selección revelación, del gol imposible, de la sorpresa inesperada o de la final que paralizó al planeta. Se hablará de emoción, de belleza, de deportividad y de talento. Porque el mejor fútbol sigue teniendo esa capacidad casi infantil de unir a personas que piensan distinto, viven en países distintos y hablan idiomas distintos.
Esa es, quizá, la verdadera victoria del deporte. Frente al ruido político, frente a la mercantilización creciente y frente a las divisiones de nuestro tiempo, el fútbol continúa ofreciendo algo extraordinariamente simple: noventa minutos en los que importa más una buena jugada que cualquier bandera. Y mientras siga siendo capaz de producir belleza, alegría, respeto al rival y juego limpio, seguirá mereciendo la simpatía de quienes entienden que competir no consiste solo en ganar, sino también en hacerlo con estilo. @mundiario