Comparto plenamente la reflexión expresada por MUNDIARIO sobre el fútbol como uno de los pocos espacios capaces de escapar, al menos durante noventa minutos, del ruido político, de la creciente mercantilización de la vida pública y de las divisiones que atraviesan nuestras sociedades. El fútbol, en su mejor versión, sigue siendo un ejercicio de belleza, creatividad, deportividad y respeto al rival. Una celebración colectiva donde una gran jugada importa más que cualquier consigna y donde el talento puede imponerse a la confrontación.
Quizá por eso millones de personas seguimos sintiendo una atracción especial por este deporte. No por los contratos multimillonarios, las campañas publicitarias o las polémicas que lo rodean, sino por esa capacidad única para generar emociones compartidas. El fútbol conserva algo profundamente humano: la incertidumbre, la superación, el esfuerzo colectivo y la admiración por quien juega bien, incluso cuando viste una camiseta distinta a la nuestra.
Ahora bien, defender un fútbol abierto, alegre y respetuoso no implica renunciar a los afectos propios. Al contrario. Precisamente porque el fútbol despierta emociones legítimas, resulta natural que cada aficionado tenga sus preferencias. Y en mi caso, como en el de tantos españoles, cuando comienza un Mundial deseo que gane España.
La selección española llega a esta cita en unas condiciones que invitan al optimismo. Después de conquistar la Eurocopa y de consolidar una generación de futbolistas técnicamente brillantes, la Roja se presenta como una de las candidatas al título. Su propuesta de juego combina talento, ambición y una apuesta decidida por el fútbol ofensivo, algo que suele generar simpatías incluso entre quienes no comparten sus colores.
España inicia su camino mundialista frente a Cabo Verde en un grupo que completa junto a Arabia Saudí y Uruguay. El respeto a todos los rivales es obligado, porque la historia de los mundiales está llena de sorpresas. Sin embargo, también es razonable pensar que el equipo español dispone de argumentos suficientes para aspirar a llegar muy lejos.
Durante las próximas semanas veremos grandes partidos, descubriremos nuevas figuras y asistiremos a historias que quedarán grabadas en la memoria de los aficionados durante años. Esa es la magia de los mundiales. Pero cuando el balón empiece a rodar para España, confieso que mi neutralidad estética tendrá un límite muy claro.
Seguiré admirando el buen fútbol venga de donde venga. Aplaudiré el juego limpio, la elegancia y el talento. Pero, dicho todo eso, yo estoy con España. @mundiario