Las casas de apuestas, los algoritmos de inteligencia artificial y los modelos estadísticos coinciden en algo poco habitual: España figura entre las grandes favoritas para conquistar el Mundial de 2026. En algunos análisis aparece incluso por delante de Francia, Inglaterra, Portugal, Brasil o Argentina. Es una noticia que debería llenar de optimismo a los aficionados españoles, aunque también invita a la prudencia.
La historia de los mundiales demuestra que el fútbol no siempre sigue el camino que marcan las matemáticas. Si así fuera, no existirían las sorpresas, las eliminaciones inesperadas ni las gestas que han convertido este deporte en un fenómeno universal. Los pronósticos sirven para orientar, pero no para decidir campeones.
España llega a esta cita con argumentos sólidos. La conquista de la Eurocopa confirmó la madurez de una generación que combina juventud, calidad técnica y una notable personalidad competitiva. Además, el crecimiento de futbolistas como Lamine Yamal simboliza la renovación de un equipo que parece haber encontrado un equilibrio entre talento individual y juego colectivo.
Francia comparte ese estatus de favorita. Pocas selecciones pueden presumir de una profundidad de plantilla semejante ni de contar con una figura tan determinante como Kylian Mbappé. Inglaterra continúa acumulando generaciones brillantes y mantiene intacta la ambición de conquistar un gran torneo que se le resiste desde hace décadas. Portugal combina experiencia y calidad en torno a Cristiano Ronaldo, mientras Brasil y Argentina siguen siendo candidatos naturales por tradición, talento y capacidad competitiva.
Sin embargo, quizá la principal lección que ofrecen los mundiales sea que nadie gana antes de tiempo. Los grandes campeones suelen construirse partido a partido. La presión de verse señalado como favorito puede convertirse en una ventaja o en una carga. Todo depende de cómo se gestione. Por eso conviene disfrutar de esta situación sin caer en la euforia. España tiene motivos para creer, pero también rivales de enorme nivel que aspiran exactamente a lo mismo. En una competición tan larga y exigente, una lesión, una expulsión, un error arbitral o una tarde inspirada del adversario pueden cambiarlo todo.
Como aficionada, me alegra ver a la selección española en lo más alto de los pronósticos. Significa que el trabajo realizado durante los últimos años ha dado frutos y que el prestigio internacional del fútbol español atraviesa un gran momento. Pero también sé que las apuestas no entregan trofeos y que las supercomputadoras no marcan goles. Al final, como siempre ocurre en el fútbol, la verdad estará sobre el césped. Y quizá sea precisamente esa incertidumbre la que hace de los mundiales un espectáculo tan fascinante. @mundiario