El Papa también habló del fútbol en su viaje a España y, al destacar el ingrediente humanista de su práctica, poetizó la que cuando éramos críos practicábamos. Si queríamos pasarlo bien era necesario colaborar formando una piña para sacar adelante la honra del barrio o del colegio, sin estrellatos de nadie y relegando a los que “chupaban balón”. Le quedó bien como símbolo de lo que necesita la humanidad en este presente tan secuestrado por el narcisismo, aunque la credibilidad de su parábola quedó floja al dejarse mimar como una estrella mediática en estadios como el de la Castellana, en Madrid, después de que el fútbol, ligado a la publicidad, ya hubiera sufrido la gran reconversión a que se había referido Manolo Vázquez Montalbán al compararlo con una “religión”.
La comparación era muy certera. En los barrios y colegios de los años cincuenta a setenta tenía sus rituales, pero siempre ha tenido algunas pautas coincidentes con las que se ven en entornos devotos. No tienen gran diferencia con los arrobamientos que suscitan muchas procesiones de santos y santas, ni con el ceremonial que sus fieles practican en torno a supuestas reliquias año tras año, en espacios como El Rocío, la semana santa sevillana o cualquier fiesta patronal de una aldea del Noroeste. Si se va a lugares de grandes peregrinaciones, como Fátima, las exclamaciones, gestos y demás hábitos indicativos de sentimiento no desdicen de los que noveló Zola en Lourdes en 1891.
Los diseños actuales de los estadios, cual catedrales urbanas de la nueva religión laica, acogen el griterío inmenso de los fieles futboleros ante la exhibición del color que portan 11 heroicos a los que cada uno adora a su modo. El paisaje sonoro de estos templos, intenso por momentos, obedece en partitura contrapuntística a que la iconografía cromática de las camisetas responde a una versión maniquea del mundo en que aparecen el bien y el mal entretejidos. Un equipo de ángeles buenos y otro de ángeles malos pelean tratando de sacar adelante su peculiar inclinación y, al salir o entrar en estos santuarios -como si se traspasara un pórtico románico- los reporteros, a modo de Pantocrátor escudriñador, separan los buenos de los malos vinculando lo acontecido en una ceremonia de hora y media con enredos internos de entrenadores y directivos.
Entre apocalípticas demostraciones ultras, al advertir sus “pecados” o sus virtudes, los envían al infierno de la opinión pública o al cielo de nuevos contratos publicitarios que aumenten su economía de mercado. Para colmo de coincidencias, los actuales creyentes de esta religión futbolera ceden sus templos, de vez en cuando, a otros confesionalismos de vieja prosapia y los inundan, durante otras intensas horas, con liturgias de cantos y ritos supuestamente más espirituales.
Otro gran observador del fútbol como Juan Villoro, tiene ya en su haber literario gran cantidad de crónicas, novelas y ensayos en que Dios es redondo, y el Balón dividido circula entre Los once de la tribu, de modo que Los héroes numerados -con sus acciones, reacciones y simbologías- conforman Un sistema de creencias. Cuando en 2026 -después que el papa ha copado el televisor a todas horas-, nos arrellanamos de nuevo en el sofá para admirar devotamente qué pasa con la selección española de Lamine Yamal, estamos, según él, en el Partido del fin del mundo. El lío es que, desde hace años, nos empezaron a saturar de fútbol esfumando el supuesto deporte que, cuando éramos niños practicábamos; también el que jugaban, veían y admiraban las generaciones de televidentes de la edad del papa.
El gran cambio recuerda el título de un libro bien alejado del mundo futbolero: La gran Transformación: Crítica del liberalismo económico. Lo escribió Karl Polanyi en 1944, y su análisis es válido para este deporte, al que también ha alcanzado la imposición creciente del libre mercado que empezó a finales del siglo XVIII. A base de eliminar la poca protección que tenía la pobreza, “liberó” más mano de obra y la mercantilizó cada vez más, e independientemente de lo que pasara a la tierra —la Naturaleza— y a los humanos, el dinero y su ley de la oferta y la demanda acabaron modificando la sociedad. Es el mismo dinero que está tras los comportamientos y gestos medio mágicos de los forofos, y los divierte trastocando los recuerdos de la infancia al gestionar los equipos y sus estrellas, los estadios y la publicidad manipulando el gusto de las aficiones. El centro de este sistema lo constituyen las televisiones y demás medios que viven de el, y nunca falta tampoco la política -local siempre, pero también a veces internacional-, transversalizando interacciones sin las que, hace 21 años, no era posible adivinar en qué riesgos andaba el fútbol del futuro.
Del Metlife de NY al cielo
Cuando Vázquez Montalbán profetizaba que el fútbol andaba buscando otro Dios, José María García, Jesús Gil o Berlusconi eran unos adelantados. Lo que el escritor del Rabal barcelonés escribía de que el Barça parecía una inmobiliaria, podría aplicarse al Real Madrid y a muchos otros equipos españoles, donde quienes son invitados a los palcos de lujo actúan con más descaro que el que se veía, en el siglo XIX, en los de la ópera; los gustos y gastos para seducir dinero circulante alrededor de las copas de champán, son similares. Si se dejan atrás recuerdos gratos de la infancia, tras el fútbol como juego en equipo más o menos unido también había otros códigos condicionantes de gestos poco amigables. Las bromas en los barrios eran cortas, y el gran juego de imitar a los mayores se notaba más cuando el fútbol se convertía en obligación impuesta por los colegas. Admirar carteles y fotos del Dinámico o del Marca, coleccionar cromos de futbolistas entrañables, recitar sus alineaciones, saber sus milagros, y tener material futbolero de conversación -cuando la libertad de expresión era nula-, facilitaba ganar amigos, pero ser patán con la pelota o contradecir al líder de la pandilla eran situaciones arriesgadas, muy apropiadas para que el aprendiz de mafioso ejerciera el poder autoritario que le daba tener mejor “toque” de balón. Además, en los días más inhóspitos como país solía haber mucho fútbol.
Infantini ejerce ese liderazgo y, en un momento en que la Tierra es huraña, esta combinación perfecta de religiosidad laica con el neoliberalismo hace que las multinacionales, cadenas televisivas y grandes corporaciones del ocio se froten las manos con lo bien que le va al negocio la subida de entradas. Antes de la final de este Mundial en el Metlife de NY, capacidad ha tenido sobrada para hacer sentir a los más fieles que serán libres para seguir creyendo en el fútbol: escoger el color que quieran, elegir butaca según el dinero que estén dispuestos a gastar o estar colgados todo el día del móvil, pero siempre fingiendo que les gusta este fútbol y cuanto por su bien seguirá haciendo la FIFA: sus copas, ligas, amistades, pactos y negocios multimillonarios y, por supuesto, las sentencias que dicte sobre los subordinados. Esta doctrina, acompañada de lujos variados, y regada con abundante dinero, sedujo a Trump. Le concedieron un premio “por su contribución a la paz”, y él vio que podía marcarle las reglas a este Mundial-2026: ¡Cuidado con los árbitros africanos! ¡Cuidado con los probables inmigrantes! ¡Cuidado con los mexicanos (están en el compromiso de este evento, pero sus 13 partidos no son nada al lado de los 63 en EE UU) y ¡Cuidado con que haya manifestaciones contra su política!. Es evidente que el estilo humanista con que León XIV ve el fútbol no ayuda a la geopolítica trumpista. La que impuso a su lacayo Infantini -reflejo de las pautas que señaló a EE UU- desvanece más todavía algunos recuerdos buenos de infancia. @mundiario