Denise Dresser (*)
Claudia Sheinbaum lo dijo con esa sonrisa socarrona que ya se está volviendo marca de casa: en la marcha de las madres buscadoras había más gente de la Comisión Nacional de Atención a Víctimas que manifestantes.
Como si el tamaño de una tragedia se midiera por el número de cuerpos en una banqueta. Como si una madre buscando a su hijo fuera menos legítima si llega sola. Como si 130 mil desaparecidos necesitaran llenar el Azteca para merecer empatía.
Después vino la segunda frase, envuelta en confeti mundialista: la inauguración del Mundial fue una gran fiesta, vivida con alegría, y quienes no están alegres son los que no quieren que le vaya bien a México. Los que apuestan contra México. Los aguafiestas. Los amargados. Los adversarios de siempre.
Ahí está, condensada, la visión presidencial: si celebras, eres pueblo. Si protestas, eres provocación. Si aplaudes, eres México. Si reclamas, eres antipatria.
El problema es que México no cabe en esa fotografía oficial. No cabe en el dron sobrevolando el estadio. No cabe en la toma aérea, en la fan zone, en la camiseta verde, en la sonrisa FIFA, en la pantalla gigante que pretende cubrir también la realidad.
Hay dos Méxicos. Uno, el de la fiesta. El de la Presidenta celebrando que “todo está bajo control”. El del gobierno que quiere convertir el Mundial en un aparador: miren qué moderno, qué progresista, qué popular, qué organizado, qué luminoso es el país bajo la 4T.
Y el otro México. El que se cuela por las rendijas. El de las madres buscadoras con fotos colgadas al pecho. El de los rostros impresos en lonas que alguien quiere retirar. El de quienes no buscan reflectores sino fosas. No pretenden arruinar la fiesta sino encontrar a sus hijos.
Mientras el gobierno coloca banderas, ellas colocan pósters con nombres. Mientras la FIFA vende emoción, ellas exigen verdad. Mientras la Presidenta pide alegría, ellas cargan una ausencia que no se suspende por decreto, ni por partido inaugural, ni por goles de la selección.
En tiempos del Mundial aparece la dualidad brutal. La fiesta como escaparate y la tragedia como escenografía indeseable. El estadio lleno y las recámaras vacías.
La Presidenta celebrando la alegría nacional y las madres recordándole que hay un país entero que no puede alegrarse porque faltan demasiados. Ese es el país que Sheinbaum no quiere ver porque arruina la narrativa. Y la burla presidencial importa porque revela una ética. O la falta de ella.
Frente a las madres buscadoras, Sheinbaum no tiene un solo gesto de humanidad. No dice “ninguna celebración nacional está completa mientras haya familias excavando con sus propias manos”. Prefiere minimizar. Medir. Contar manifestantes como quien cuenta acarreados.
Para Shienbaum, México es como set de filmación: bonito por delante, aunque esté apuntalado por detrás. Pero lo más grave es la confusión deliberada entre gobierno, partido y nación. La Presidenta dice “México” cuando quiere decir “mi gobierno”. Dice “alegría” cuando quiere decir “obediencia”. Dice “apuestan contra México” cuando quiere decir “me critican a mí”.
Esa es la trampa autoritaria envuelta en bandera, que busca convertir a la crítica en traición, y convertir al dolor en sabotaje. Convertir el Mundial en plebiscito sentimental. Pero México no es Morena. México no es Palacio Nacional. México no es la mañanera. México no es una fiesta organizada para que el poder se mire al espejo y se aplauda. México también son las madres que marchan. Las que rascan la tierra. Las que cargan fotografías. Las que incomodan. Las que preguntan dónde están. Las que recuerdan que ninguna nación puede presumirse alegre si tiene a sus hijos bajo tierra y a sus madres bajo sospecha.
El Mundial muestra dos Méxicos. El que el gobierno quiere vender y el que el gobierno quiere esconder. El México del balón y el México de la pala. El México de la inauguración y el México de la fosa. El México que grita gol y el México que grita: ¿dónde están?
Y cuando las cámaras se apaguen, quedará lo esencial: un país no fracasa porque sus madres protesten durante una fiesta. Fracasa cuando su Presidenta se burla de ellas. Fracasa cuando confunde alegría con propaganda. Fracasa cuando cree que encontrar desaparecidos arruina la imagen de México, y no entiende que lo que realmente la arruina es haberlos desaparecido, no haberlos buscado, y todavía exigirles a sus madres que son- rían.— Ciudad de México.
Académica y politóloga