Pocas polémicas parecían más improbables en un Mundial celebrado entre Estados Unidos, México y Canadá que una relacionada con el idioma español. Sin embargo, durante los primeros días de competición, la FIFA logró convertir una cuestión aparentemente administrativa en un debate internacional sobre identidad cultural, comunicación y sentido común. La rectificación de facto por el organismo futbolístico representa el reconocimiento de que algunos protocolos diseñados para ordenar eventos globales pueden terminar chocando con la realidad social que pretenden gestionar.
La normativa inicial establecía que las ruedas de prensa debían desarrollarse únicamente en inglés y en los idiomas oficiales de las dos selecciones enfrentadas, salvo autorizaciones específicas o servicios extraordinarios de traducción. Sobre el papel, la medida buscaba simplificar la organización. En la práctica, produjo escenas difíciles de explicar.
Futbolistas que hablan español con fluidez se vieron obligados a responder en inglés a periodistas hispanohablantes. Reporteros españoles y latinoamericanos tuvieron que formular preguntas en una lengua distinta a la que comparten con los protagonistas. Moderadores interrumpieron intervenciones perfectamente comprensibles para exigir el cumplimiento de un protocolo que parecía ignorar la realidad cultural del torneo.
Los casos protagonizados por Vinicius Jr. (Brasil), Achraf Hakimi (marroquí nacido en Madrid) o Frenkie de Jong (Países Bajos) se hicieron virales porque mostraban precisamente esa contradicción. No existía una barrera de comunicación real. La barrera era burocrática.
El problema de fondo iba mucho más allá de una cuestión operativa. Resultaba difícil justificar la limitación de una lengua oficial de uno de los países organizadores, ya que México no es un invitado en esta Copa del Mundo. Además, Estados Unidos alberga una de las comunidades hispanohablantes más numerosas del planeta, con decenas de millones de personas que utilizan el español en su vida cotidiana. Un Mundial concebido como una celebración de la diversidad cultural terminaba restringiendo uno de los idiomas con mayor presencia en los propios territorios que lo organizan.
La FIFA permitirá preguntas en español
La reacción no tardó en llegar. Asociaciones de periodistas, medios de comunicación de Europa y América Latina y diversos colectivos vinculados a la promoción del español cuestionaron una decisión que cuestionaban como desconectada de la realidad. La presión pública creció a medida que las imágenes de las conferencias se multiplicaban en redes sociales y plataformas digitales.
La FIFA comprendió rápidamente que se había metido en el zarzal de la percepción que generaba su prohibición.
La solución fue tan rápida como silenciosa. Sin grandes comunicados ni explicaciones públicas, la organización amplió los sistemas de interpretación simultánea e incorporó traductores de español en los canales multimedia de los estadios. Desde entonces, periodistas, entrenadores y jugadores pueden utilizar libremente el castellano en las comparecencias oficiales.
La rapidez de la rectificación demuestra que la medida inicial probablemente respondió más a una insuficiente planificación logística que a una decisión meditada. Pero también pone de manifiesto una realidad más profunda, que las grandes instituciones internacionales operan cada vez en entornos culturales extraordinariamente complejos, donde la comunicación no puede entenderse únicamente como un procedimiento administrativo.
El fútbol moderno es un fenómeno global. Los vestuarios son multiculturales, los medios de comunicación son transnacionales y las audiencias consumen contenidos simultáneamente en decenas de idiomas. Intentar encajar esa diversidad dentro de reglas excesivamente rígidas suele producir efectos contraproducentes.
La FIFA ha evitado que la controversia se prolongue durante todo el torneo. Sin embargo, el episodio deja una lección relevante para el futuro. La internacionalización del deporte no consiste únicamente en reunir selecciones de todos los continentes. También exige comprender que la diversidad lingüística forma parte esencial de esa misma globalización. @mundiario