La última jornada del G-7 en Évian-les-Bains dejó una de las imágenes políticas más significativas del encuentro: el reencuentro, breve pero cargado de simbolismo, entre Luiz Inácio Lula da Silva y Donald Trump. Más allá de los gestos protocolarios, el episodio confirmó que la relación entre Brasil y Estados Unidos atraviesa una fase de creciente fricción en un momento en que América Latina vira hacia la derecha y vuelve a adquirir relevancia estratégica en el tablero global.
La tensión no nació en Francia. Viene larvada desde hace meses, alimentada por las disputas comerciales, las diferencias sobre gobernanza internacional y, especialmente, por la creciente implicación de Trump en asuntos vinculados al futuro político brasileño. Lo ocurrido en la cumbre simplemente hizo visible un desacuerdo que ya estaba instalado.
Lula aprovechó su comparecencia ante la prensa para lanzar un mensaje que iba mucho más allá de la coyuntura diplomática. Al afirmar que Trump continúa actuando “como un emperador”, el mandatario brasileño no solo criticaba determinadas decisiones de Washington, sino que cuestionaba una concepción de las relaciones internacionales basada en la capacidad de presión de las grandes potencias sobre actores regionales.
La respuesta del líder brasileño estuvo directamente relacionada con las declaraciones del presidente estadounidense sobre la familia Bolsonaro. Trump volvió a expresar simpatía hacia el entorno del expresidente Jair Bolsonaro y criticó la condena judicial impuesta a Eduardo Bolsonaro, aunque confundió varios elementos fundamentales del caso e incluso al propio exdiputado, al referirse a su hermano Flávio, el primogénito y precandidato del Partido Liberal (PL) para ocupar el Palacio de Planalto.
“Ha sido desagradable. He oído decir que han detenido a alguien que se presenta hoy a un cargo. Me enteré de ello después de que nos fuéramos. Acababa de despedirme de él (Lula) y oí decir que habían detenido a Bolsonaro Jr. Iba bien en las encuestas, y lo detuvieron porque hizo una declaración en Texas. Lo han detenido, o quieren detenerlo”, dijo Trump sobre Eduardo, cuya condena e identidad confundió con su otro hermano.
“Nunca fui un izquierdista; fui un líder sindical”.
Más allá de los errores, el mensaje demuestra que la Casa Blanca mantiene una interlocución privilegiada con el sector ultraconservador brasileño y observa con preocupación el avance de los procesos judiciales contra el antiguo núcleo de poder bolsonarista. A pesar de no tener muy claros los hechos, el presidente de EE UU ha definido a Brasil como un “país políticamente difícil”. “Brasil se ha convertido en un país un poco complicado, ¿verdad? Políticamente. Se ha vuelto un poco peligroso desde el punto de vista político. Te refieres a Brasil, ¿no? Ha sido algo desagradable”, ha dicho en respuesta a los periodistas.
Desde la perspectiva de Brasilia, esa actitud traspasa una línea delicada. Lula dejó claro que Trump puede tener preferencias políticas, pero reclamó que no interfiera en los asuntos internos de un país soberano.
“Solo espero que no incumpla el código ético entre las naciones que quieren que se respete su soberanía, eso es todo lo que espero. Por mí, puede seguir apoyando a Bolsonaro, al padre, al hijo, al nieto, no hay ningún problema. Ahora bien, que no se entrometa en las elecciones de Brasil, porque las elecciones de Brasil son un asunto de Brasil. Lo único que quiero es respeto por Brasil”, zanjó el mandatario brasileño, líder del Partido de los Trabajadores (PT), que los micrófonos abiertos captaron confesando que “nunca fui un izquierdista; fui un líder sindical”.
Los Bolsonaro son la apuesta de Trump en Brasil
El choque resulta especialmente significativo porque se produce en vísperas de unas elecciones presidenciales brasileñas que podrían redefinir el equilibrio político de América Latina. El regreso del bolsonarismo al poder o la continuidad del proyecto liderado por Lula representan modelos distintos de inserción internacional para Brasil. En ese contexto, cualquier gesto procedente de Washington adquiere inevitablemente una dimensión política.
La controversia también revela una transformación más profunda del escenario hemisférico. Durante décadas, Brasil buscó mantener una relación relativamente estable con Estados Unidos independientemente de quién ocupara la Casa Blanca. Sin embargo, la creciente polarización ideológica y la personalización de la política exterior han erosionado ese equilibrio.
Trump observa América Latina desde una lógica marcadamente política e identitaria. Los Bolsonaro encajan en una red internacional de liderazgos conservadores que comparte discursos sobre soberanía nacional, inmigración, seguridad y oposición a las élites tradicionales. Lula, por el contrario, intenta proyectar a Brasil como una potencia intermedia capaz de dialogar con Occidente, China, África y el mundo emergente sin alinearse completamente con ninguno de esos polos. @mundiario