
Al cierre de la segunda semana de guerra, el presidente Trump declaró desde su club de golf en Miami que la Operación Furia Épica es un éxito fulminante. Dijo que Irán ya no tiene marina, fuerza aérea ni defensa antiaérea, y que el ochenta por ciento de sus lanzadores de misiles fueron destruidos. En el mismo discurso, sin embargo, admitió que aún no ha ganado lo suficiente. Su secretario de Defensa, Pete Hegseth, declaró ese mismo día que la guerra apenas comienza. Cuando un periodista señaló la contradicción, Trump respondió que ambas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo. La retórica del triunfo se estrella contra la realidad.
La excusa oficial para iniciar esta guerra fue provocar un cambio de régimen en Irán. La idea es un absurdo monumental. ¿Quién se cree que es el presidente de Estados Unidos para decidir qué gobierno debe tener un pueblo de ochenta y ocho millones de personas? Ninguna nación tiene derecho a intervenir en las decisiones soberanas de otra población. Y sin embargo, esta arrogancia imperial se presenta como liberación. Dos semanas después, aunque no lo acepta, Trump quiere salir corriendo pero no sabe cómo. Nunca imaginaron que los iraníes serían más estrategas de lo que creyeron.
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