La segunda vuelta presidencial en Colombia ha colocado a Iván Cepeda ante una paradoja que trasciende su propia candidatura. El senador, referente histórico de la izquierda colombiana más dura y heredero natural del proyecto de Gustavo Petro, necesita seducir ahora a sectores moderados, independientes e incluso conservadores que se quedaron con Paloma Valencia en la primera ronda, si quiere alcanzar la Casa de Nariño. Pero esa apertura hacia el centro debería producirse a costa de desdibujar la identidad política que le permitió llegar hasta aquí.
La campaña de Cepeda ha experimentado una transformación acelerada desde la primera vuelta. Durante meses, el candidato del Pacto Histórico pareció convencido de que la guerra intestina en la oposición y el respaldo de una izquierda galvanizada por las propuestas del oficialismo de profundizar los cambios sociales que naufragaron en esta legislatura serían suficientes para imponerse. Los resultados demostraron lo contrario. El ascenso del abogado penalista y ultraderechista Abelardo de la Espriella obligó al equipo del senador a replantear estrategias, mensajes y estilos comunicativos.
El episodio dejó al descubierto una de las principales debilidades de la candidatura, la dificultad para conectar emocionalmente con un electorado cada vez más influido por la comunicación digital, las narrativas identitarias y los liderazgos personalistas. El equipo de campaña también subestimó el temor que infundió en el electorado la propuesta de una Asamblea Constituyente de Petro, que finalmente tuvo que desechar, además del desconocimiento inicial del candidato sobre el resultado de la primera vuelta de la que emergió como ganador De la Espriella. El propio presidente se mantiene en sus sospechas, sin presentar pruebas.
Frente a un rival que ha construido su campaña sobre la confrontación permanente y el espectáculo político, Cepeda representa la sobriedad, el cálculo pausado y la continuación del proyecto de transformación que el presidente Petro deja a medias por la oposición del Congreso. Sin embargo, esas mismas características constituyen también su principal activo.
En Colombia, un país marcado históricamente por el conflicto armado, la violencia política y la desconfianza hacia las instituciones, el perfil de Cepeda proyecta estabilidad. Su trayectoria como defensor de derechos humanos, su perseverancia en los procesos judiciales contra el expresidente Álvaro Uribe y su imagen de político austero le otorgan credibilidad entre amplios sectores progresistas y parte del electorado centrista.
Una campaña simbiótica con Petro
El desafío consiste ahora en transformar esa credibilidad moral en una mayoría electoral. La gran incógnita es hasta qué punto el electorado percibirá que el candidato podrá distanciarse parcialmente del desgaste que acusa el Gobierno de Petro sin provocar una fractura en la base social del Pacto Histórico. La relación entre ambos ha sido, hasta ahora, simbiótica. Petro aportó movilización popular y liderazgo carismático; Cepeda, serenidad, disciplina y una imagen institucional menos confrontativa.
Pero el presidente colombiano continúa siendo una figura extraordinariamente polarizadora. Sus intervenciones constantes en redes sociales, sus choques institucionales y algunas iniciativas frustradas han generado preocupación incluso entre sectores cercanos al oficialismo. En consecuencia, la campaña de Cepeda se ha visto obligada a construir un delicado equilibrio, reivindicar los avances sociales del actual Gobierno mientras intenta presentarse como una figura capaz de inaugurar una nueva etapa de diálogo político. Ese movimiento hacia el centro resulta imprescindible.
La experiencia reciente en América Latina demuestra que los proyectos progresistas solo consiguen consolidarse cuando son capaces de ampliar consensos más allá de sus bases tradicionales. El propio Petro ganó la Presidencia en 2022 gracias a una coalición heterogénea que integró sensibilidades muy distintas. Cepeda necesita reeditar esa fórmula en circunstancias incluso más complejas.
Su programa electoral refleja precisamente esa estrategia. Frente a propuestas maximalistas presentes en etapas anteriores del progresismo colombiano, el documento presentado para la segunda vuelta apuesta por un gran acuerdo nacional, descarta una Asamblea Constituyente y plantea una implementación gradual de las reformas económicas y sociales.
Una propuesta continuista con perfil diferente
No obstante, persisten interrogantes importantes sobre la viabilidad financiera de algunas propuestas, especialmente en un contexto de elevado déficit fiscal y desaceleración económica. Convencer al empresariado, a los mercados y a las clases medias urbanas de que el cambio puede convivir con la estabilidad económica será una de las tareas más difíciles de los próximos días.
La segunda vuelta colombiana trasciende así la confrontación entre dos candidatos. En realidad, enfrenta dos modelos de país y dos formas de entender el ejercicio del poder. Mientras la candidatura de De la Espriella capitaliza el descontento, el discurso de orden y la crítica frontal al oficialismo, Cepeda intenta presentar una alternativa basada en la continuidad reformista, la institucionalidad y la moderación en las formas.
El resultado dependerá, en buena medida, de la capacidad del senador para convencer a millones de colombianos de que es posible profundizar el cambio sin incrementar la polarización. Porque si algo ha dejado claro esta campaña es que Cepeda ya no solo representa al electorado tradicional de la izquierda. Aspira, sobre todo, a convertirse en el candidato capaz de tender puentes entre la transformación iniciada por el Pacto Histórico y un centro político que sigue siendo decisivo para gobernar Colombia. @mundiario