
Por Ren Ito, Project Syndicate.
ÉVIAN- La repentina decisión anunciada por el gobierno estadounidense el 12 de junio de restringir el acceso extranjero a algunos de los modelos más avanzados de Anthropic confirma una vez más el hecho de que la inteligencia artificial se ha vuelto una cuestión geopolítica de primer orden. Hasta hace poco, la competencia entre países pasaba por la creación de servicios, infraestructuras y aplicaciones sobre la base de sistemas de IA de vanguardia. Ahora, el acceso a los sistemas mismos es una cuestión estratégica.
Hasta ahora dominaba el supuesto de que la IA seguiría la misma lógica de la globalización. Los países dependerían de un puñado de modelos de vanguardia (desarrollados en su mayoría en Estados Unidos) y competirían en la provisión de servicios derivados, semiconductores, datos y aplicaciones. El acceso a los sistemas de IA más avanzados se daba por sentado. Pero si ese supuesto se cae, ahora la cuestión central no es qué modelo es el mejor, sino cuál está disponible.
Conforme las capacidades avanzadas se vuelvan una cuestión de seguridad nacional y diplomacia, algunos gobiernos querrán procurarse «soberanía en IA» mediante el desarrollo de «campeones nacionales» o alternativas locales a las principales opciones estadounidenses (ChatGPT y Claude). Pero aunque el instinto es comprensible, puede dar respuesta a la pregunta equivocada.
Esa estrategia no puede funcionar, porque la IA avanza demasiado rápido. Ventajas tecnológicas que parecen decisivas pueden desvanecerse en cuestión de meses. El avance revolucionario de hoy será el mínimo desempeño esperado mañana. Modelos que dominan los titulares por unos meses encuentran enseguida competidores iguales o mejores. Incluso países dispuestos a invertir decenas de miles de millones de dólares en el desarrollo de modelos están en desventaja contra las mayores empresas tecnológicas del mundo. Por eso la cuestión no es la capacidad de los países para crear modelos de vanguardia, sino la capacidad para obtener acceso fiable a la inteligencia de vanguardia dondequiera que surja.
Un buen ejemplo reciente es el caso de Anthropic. Si el acceso a un modelo de IA líder se puede restringir de un día para el otro, depender de un único proveedor se convierte en riesgo estratégico. No implica eso que todos los países deban crear modelos de vanguardia propios. Pero sí que ningún país puede dar por sentado el acceso ininterrumpido a sistemas ajenos.
Para los aliados más cercanos de Estados Unidos, la prioridad principal tiene que ser preservar el acceso. Países como Japón y otros miembros del G7 comparten con Estados Unidos no sólo valores democráticos, sino también profundos intereses de seguridad. En última instancia, apoyar la resiliencia tecnológica de países aliados refuerza la posición estratégica de Estados Unidos. Además, la IA todavía es una tecnología inmadura y cambiante, con una trayectoria futura incierta. Sostener la colaboración entre los desarrolladores de modelos estadounidenses y los países aliados que aportan tecnología, talento, infraestructura y mercados será esencial para ampliar el ecosistema mismo. La IA no debe ser una tecnología para acaparar, sino una tecnología para desarrollar juntos.
En la emergente economía de la IA, el origen de las ventajas competitivas no estará en poseer un único modelo, sino en poder evaluar, seleccionar y orquestar varios. Las organizaciones que puedan pasar sin problemas de un sistema a otro serán más resilientes que las que dependan de un único proveedor y se expongan a demasiadas vulnerabilidades, desde fallos técnicos y disputas comerciales hasta presiones geopolíticas. Así como los países buscan diversificar las fuentes de energía y las cadenas de suministro de semiconductores, también diversificarán la provisión de IA.
Pero la orquestación por sí sola no basta. Los países también tienen que poder evaluar los sistemas de IA de forma independiente. Los gobiernos tienen que poder comparar la utilidad real de diferentes modelos y los riesgos de sistemas concretos. Y esas evaluaciones no se pueden delegar por completo a empresas o gobiernos extranjeros.
Por eso los institutos de seguridad de la IA y organismos nacionales de ciberseguridad que se están creando son cada vez más importantes. En vez del mero intento de regular la IA, su función consiste en aportar la experiencia técnica independiente necesaria para la toma nacional de decisiones informada. Los países que no puedan evaluar por sí mismos los sistemas de IA no podrán evitar que sus decisiones las determinen otros.
Depender de varios modelos de IA en vez de un único proveedor es de por sí una forma de disuasión, porque le resta eficacia a la coerción. Si gobiernos y organizaciones pueden pasar sin problemas de un modelo de vanguardia a otro, restringir el acceso a cualquiera de ellos pierde gran parte de su valor estratégico. La orquestación de modelos se convierte a la vez en capacidad económica y en activo geopolítico.
Pero la diversificación no es suficiente. Para tener verdadera soberanía en IA, los países deben ser capaces de combinar datos nacionales con una variedad de sistemas de IA de vanguardia, generar conocimiento sobre lo que funciona y convertir ese conocimiento en toma de decisiones. Este último paso (la toma de decisiones soberana) se complica cuando un país depende de otros para interpretar su información más importante. Si el análisis de la inteligencia de defensa, de los datos económicos, de los riesgos sanitarios o de las infraestructuras críticas depende en última instancia de actores externos, la autonomía política queda limitada.
Esto tiene derivaciones mucho más allá de la política para la IA. En cuanto el acceso a inteligencia se convierte en cuestión geopolítica, las potencias medias tienen ante sí un desafío claro. En vez de tratar de reproducir las capacidades de Estados Unidos o China, estos países deben asegurarse un margen de maniobra estratégico, manteniendo al mismo tiempo una profunda integración con la economía mundial. Es un problema conocido: durante toda la historia moderna, las potencias medias exitosas no fueron las que se aislaron de las grandes potencias, sino las que mantuvieron alianzas sólidas y conservaron al mismo tiempo la capacidad de actuar con independencia.
La emergente competencia geopolítica girará en torno a quién diseña, financia, opera y optimiza la infraestructura crítica de la era de la IA: centros de datos, redes eléctricas y de comunicaciones, sistemas logísticos, puertos e infraestructura pública digital. Las capacidades de IA serán un componente esencial de los sistemas de los que dependen las sociedades modernas.
En este contexto, también debe evolucionar el significado de “IA segura y fiable”. El debate actual sobre la seguridad de la IA suele centrarse en cuestiones técnicas relacionadas con la alineación de los modelos, la transparencia, los sesgos, la desinformación o la producción de materiales dañinos. Son temas importantes, pero para los gobiernos, las empresas y el público en general, la confianza depende de algo más.
Un ecosistema de IA fiable es uno donde los usuarios pueden contar con tener acceso continuo, mantener un control significativo de sus datos y no depender de decisiones políticas tomadas en otro lugar. Es un ecosistema donde el acceso no está supeditado a la alineación política y donde la participación no obliga a renunciar a la soberanía digital. La confianza no es un atributo de un modelo, sino de las instituciones, los mecanismos de gobernanza y las relaciones internacionales que lo rodean.
Al convertirse la IA en infraestructura crítica, la fiabilidad, resiliencia y neutralidad política pueden importar tanto como el desempeño del modelo en sí. El modelo más potente puede no ser el más valioso, si es posible perder acceso a él de un día para el otro o si depender de ese modelo limita las opciones estratégicas.
La soberanía en IA no pasa por crear una versión nacional de ChatGPT, sino por preservar la libertad de acción en un mundo en el que el acceso mismo a la inteligencia está en disputa. Lo que importa no es la posesión de los modelos, sino el acceso a opciones. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Ren Ito es cofundador y presidente de Sakana AI.