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Radar Inteligente
El Diario 19 Jun, 2026 19:28

Los ojos de papá

En Juárez las jornadas extenuantes se han normalizado. Aquí proveer se convirtió en una forma heroica y dolorosamente incompleta de paternidad, con todo lo que implica. ?Esa frase, “a mis hijos no les faltó nada”, suele ser el escudo de una generación que midió el amor en términos de provisión material, techo y sustento.

En entornos con una cultura laboral tan competitiva como la de esta ciudad, donde por décadas las “horas extra” son bienvenidas y premiadas junto a una dinámica de vivir para trabajar, ese proveer se convierte en una dolorosa condena emocional para la siguiente generación.

Cuando el éxito de un papá se evalúa sólo por lo que pone sobre la mesa, se genera un vacío invisible que deja profundas heridas emocionales: la herida del abandono y la "ausencia presente", el rechazo y aceptación condicionados al rendimiento, y una anestesia afectiva que nos enseña a hablar de todo, menos de lo que sentimos.

?Sin embargo, las respuestas a este dolor no suelen llegar desde el reproche, sino desde los lugares más insospechados de la memoria y el afecto. Este fin de semana tuve un episodio de conexión interna muy profundo con mi papá —falleció hace tres años— y con aquello que durante mucho tiempo sentí que no me había dado. Mientras escuchaba la canción de Eric Clapton, My Father’s Eyes (Los Ojos de mi Padre) me conecté de pronto con cierta mirada de mi nieto, cuyo papá, igual que el del músico británico, no está presente en su vida. En esos ojos, como en los de todos los niños de 2 o 3 años, hay un hueco que busca llenarse a toda costa.

?Al ver ese espacio por llenar en los ojos de mi nieto entendí finalmente a mi papá y su ausentismo presente. Mi papá simplemente no tenía herramientas para enseñarme las cosas sensibles de la vida, para pasarme su sabiduría y quizá tampoco sabía a qué jugar conmigo, como dice en un par de versos la canción de Clapton. Él creía, desde su propia historia y supervivencia, que proveer era su trabajo prioritario y no sabía todo este “choro” de la ausencia presente y todo lo que implica.

?Esa mirada muy particular de mi nieto busca hoy la diversión, la aprobación y la seguridad en mis ojos. Ya la había visto antes en mis hijas, pero hasta ahora logro entenderla con claridad. Ahora sé que quizá mi papá no entendió lo que buscaban mis ojos en sus ojos porque él mismo nunca llenó ese hueco con la mirada de su propio padre, mi abuelo. Es el peso de lo sistémico: una cadena de hombres que miraron hacia el frente, hacia el trabajo, pero nunca hacia abajo, hacia el niño que esperaba ser visto.

?Sé que, en parte, mis hijas encontraron parte de lo que buscaban en mis propios ojos y quizá también les faltó algo. No sé si mi nieto va a tener suficiente en mis ojos; lo que sí sé es que se los voy a prestar incondicionalmente para que encuentre en ellos todo lo que busca. El cambio generacional empieza ahí: cuando la herida de la sobreexigencia y la distancia se transforma en una presencia consciente.

Para sanar en una comunidad como la nuestra, es necesario reconocer que esos padres no actuaron por maldad, sino desde el contexto industrial y las historias de escasez que les tocó habitar. No se puede cosechar una cercanía que nunca se sembró, pero siempre se puede inaugurar una nueva forma de mirar.

?Hoy que se acerca tanto el Día del Padre, estimado lector, me atrevo a pedirle que haga una pausa en la prisa cotidiana y se atreva a buscar en la mirada de su padre, esté presente o haya partido. Quizá ahí, detrás del cansancio histórico o del silencio heredado, encuentre precisamente eso que Usted siente le está faltando en su vida.

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