Mientras en el mundo una empresa dedicada a los negocios espaciales rompe récords en su salida a bolsa, la diplomacia mexicana prefiere reclamar lo que considera cuentas pendientes del siglo XVI. El encuentro programado para este jueves entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el rey de España es síntoma de un mal mayor: un régimen que antepone un supuesto agravio histórico a la urgencia de tejer alianzas estratégicas con Europa.
Es la política de alcoba de López Obrador, que se aplica intacta en el gobierno actual con su comportamiento bipolar, entre los destellos de sensatez y los episodios de mantener el camino anacrónico del caudillo.
Sí son los tiempos del espacio exterior y la Inteligencia Artificial, pero también son momentos en los que hay un vendaval proteccionista por parte del principal socio comercial de México y que invitan a buscar alianzas para el futuro y no perderse en simbolismos y retóricas del perdón.
El costo de esta obsesión lo pagan todos los mexicanos, independientemente de su origen o condición. Lo que ahora hay que buscar es la confianza, que se ha vuelto muy escasa por la falta de certidumbre jurídica y de pragmatismo. La realidad de este verano del 2026 es que la economía no crece y las previsiones son cada vez más pesimistas.
Los ajustes de las expectativas de crecimiento de la economía mexicana solo han tenido revisiones a la baja, desde el propio Banco de México hasta las firmas calificadoras, bancos privados y organismos internacionales. El consenso es que los motores económicos nacionales están apagados.
La revisión histórica de la Conquista no va a mejorar la caída constante en los niveles de inversión, que son el verdadero termómetro del desencanto. La inversión en México en comparación con el Producto Interno Bruto al cierre del primer trimestre de este año representó apenas 21.85%, un nivel tan bajo como el que se presentó en la pandemia y que solo repuntó de manera artificial en el 2024 con fines electorales.
La inversión privada en nuestro país tiene ya siete trimestres consecutivos de caída, en plena coincidencia con el proceso de destrucción institucional emprendido por este régimen.
El diagnóstico es certero, la realidad lo ha comprobado y se ha convertido en un lugar común: las reformas al Poder Judicial, la desaparición de organismos autónomos, la falta de aplicación de la ley y del Estado de derecho han minado las garantías para los inversionistas.
Así que, muy bien, hablemos de Hernán Cortés y exijamos disculpas por los horrores de hace 500 años, mientras desaprovechamos las oportunidades de hacer alianzas para rescatar la economía de este país.
Esa trampa ideológica sirve para alimentar el orgullo de la base electoral; lo tienen medido. Sin embargo, estas batallas imaginarias podrán alcanzar para nutrir de votos a los procesos electorales que se avecinan, pero estorban para rescatar el futuro económico de las próximas generaciones.
Un encuentro breve con el rey Felipe VI no salva al comercio exterior mexicano de las fauces de Donald Trump, pero una reunión con los temas correctos y con miras al futuro manda mejores señales que aferrarse a los atavismos ideológicos de un diseño de gobierno que priorizó el dogma por encima del desarrollo.