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El Financiero 22 Jun, 2026 16:15

La derecha latinoamericana debe actuar ahora

Abelardo de la Espriella salió victorioso. Ahora empieza lo difícil.

El histriónico abogado de 47 años convertido en populista conservador será el próximo presidente de Colombia tras derrotar a su rival de izquierda, Iván Cepeda, por un punto porcentual en la segunda vuelta del domingo, un margen más ajustado de lo esperado. Aunque Cepeda y el presidente Gustavo Petro, su aliado, se han negado a reconocer la derrota hasta ahora, el resultado pone fin, en la práctica, al primer experimento del país andino con un gobierno de izquierda.

La victoria de De la Espriella marca la quinta victoria consecutiva de un candidato presidencial de derecha en América Latina desde octubre, una racha que probablemente se extenderá una vez que la ventaja de Keiko Fujimori sobre su rival Roberto Sánchez —unos 40.000 votos, con el 99,7% de los votos escrutados— se confirme en Perú. Brasil, México y Uruguay son ahora los únicos bastiones de la izquierda en la región, y ese grupo podría reducirse aún más si el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva no logra obtener un cuarto mandato en octubre, un récord histórico.

Los expertos en América Latina están divididos sobre la importancia de esta serie de victorias de la derecha: ¿Representan un cambio fundamental en los valores, ideas y creencias de la región? ¿O son poco más que un repudio a los gobiernos en el poder que, casualmente, eran de izquierda? Propensa a fuertes vaivenes ideológicos, la política de la región suele describirse como un péndulo permanente, que oscila al compás de los vientos ideológicos que cambian en todo el hemisferio.

Ambas posturas tienen su fundamento. Las encuestas muestran que el porcentaje de personas que se identifican con la derecha es mayor que en las últimas dos décadas. En toda la región, no cabe duda de que los votantes rechazan las ideas socialistas radicales que han sumido a países como Venezuela y Bolivia en una grave crisis económica. Quizás la señal más clara de la profundidad de este sentimiento sea el anuncio de Cuba, uno de los últimos regímenes comunistas del mundo, de que adoptará medidas de liberalización del mercado para intentar salir del abismo económico en el que se ha sumido. Con o sin razón, muchos también consideran que la derecha está mejor preparada para combatir la delincuencia, que figura constantemente entre las principales preocupaciones de los votantes, como lo demuestra el éxito y la enorme influencia de Nayib Bukele en El Salvador.

Al mismo tiempo, la paciencia de los votantes se está agotando, y es improbable que la afinidad ideológica sea suficiente para mantener a los gobiernos en el poder. Por eso, tras su arrolladora victoria en gran parte del continente, la derecha ahora debe cumplir donde más importa: seguridad, asequibilidad y lucha contra la corrupción. Avivar la polarización política puede ayudar a ganar elecciones, pero no sustituye a los resultados tangibles, especialmente en materia económica.

Algunos líderes de derecha ya han aprendido esta lección por las malas. Tomemos el caso de Rodrigo Paz, el moderado que inesperadamente puso fin a dos décadas de gobierno socialista en Bolivia el año pasado. Tras un comienzo prometedor, sus intentos de liberalizar la economía mediante reformas de libre mercado desencadenaron feroces protestas sociales, que derivaron en semanas de disturbios que perturbaron gravemente la actividad económica. En Chile, el índice de aprobación del conservador José Antonio Kast cayó 13 puntos porcentuales desde que asumió el cargo en marzo, tras una crisis política provocada por un fuerte aumento en los precios del combustible. En Argentina, el libertario Javier Milei enfrenta algunos de sus índices de aprobación más bajos a pesar de haber obtenido una victoria crucial en las elecciones intermedias de octubre.

Con esos precedentes en mente, De la Espriella debería andar con cuidado. Así como Petro descubrió que reformar las instituciones de Colombia era más fácil de decir que de hacer, De la Espriella también se dará cuenta. El acaudalado empresario respaldado por Donald Trump, conocido como “El Tigre”, pronto verá que la teatralidad de las redes sociales no sustituyen un buen gobierno. El país enfrenta desafíos abrumadores, desde un empeoramiento de la violencia relacionada con las drogas hasta restricciones presupuestarias que aumentan rápidamente. Y si bien nunca haber ocupado un cargo público puede ser un argumento electoral convincente, puede convertirse rápidamente en una desventaja al negociar con un Congreso fragmentado donde De la Espriella tiene una representación limitada y la izquierda sigue siendo fuerte.

La capacidad de los gobiernos de derecha de la región para generar un apoyo público duradero, a la vez que mejoran el nivel de vida, determinará si su alianza con Washington perdura. La pomposa iniciativa de la Casa Blanca, el “Escudo de las Américas” —una alianza liderada por EE.UU. con países del hemisferio occidental que busca combatir los cárteles de la droga, el crimen organizado y la inmigración ilegal— no basta para consolidar sus alianzas en la región. Los votantes latinoamericanos tendrán la última palabra, y pocos electorados son tan volubles políticamente.

La derecha ha hecho historia en las urnas. Sin embargo, a menos que logre calles más seguras, economías más fuertes y gobiernos más transparentes, este giro no será más que otra oscilación del péndulo ideológico de América Latina.

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