Hoy martes 23 se conmemoran 10 años de aquel inolvidable referéndum en que el gobierno británico preguntó a la ciudadanía si quería retirarse de la Unión Europea.
Gobernaba David Cameron, del Partido Conservador, quien ostentaba buenos números de aprobación y estaba —error garrafal— plenamente convencido de la victoria de su campaña a favor de permanecer en el club europeo.
Fracasó la campaña, cayó el gobierno, renunció el primer ministro y cambió la historia.
Se han escrito múltiples libros, ensayos, análisis e interpretaciones acerca de los motivos sociales que provocaron la aprobación del Brexit en 2016.
Hay diversas lecturas que transitan entre el desgaste y el elevado costo para los contribuyentes británicos de la membresía europea, hasta la liberación de la carga que provocaría una productividad y crecimiento económico sólo comparable al boom de las décadas de los 50, con el derrumbe de la Alemania nazi después de la Segunda Guerra Mundial.
Otros adjudican el Brexit a la apatía electoral de una generación completa de jóvenes que decidió no participar en el referéndum, sobreconfiados de la decisión final.
Una causa más apunta a los cansados contribuyentes de la generación de 40 a 55 años, que estaban atrapados por un sentimiento de nostalgia imperial y de un crecimiento económico que Gran Bretaña perdió en las últimas décadas del siglo XX.
Como haya sido, o por la combinación de todas las anteriores, las consecuencias han demostrado ser devastadoras para la política, la estabilidad, el equilibrio partidista y, por supuesto, la solidez económica de la libra esterlina.
Desde el Brexit, el Reino Unido ha tenido 6 primeros ministros en una década, cuando en las dos anteriores tuvo solamente tres. Una clara señal de inestabilidad y de polarización electoral.
David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak y Keir Starmer.
Los primeros tres dominados por el tsunami del Brexit, que fueron incapaces de dominar, surfear o incluso reconstruir condiciones de renegociación con la Unión Europea.
La señora Truss estuvo apenas 45 días en el cargo y Rishi Sunak buscó a toda costa nuevos caminos de relación comercial preferente con la Unión que no consiguió.
Keir Starmer anunció ayer lunes su dimisión como primer ministro, ante la evidente pérdida de apoyo de su partido (Laborista) y la llegada de un nuevo parlamentario al liderazgo de su bancada.
La política británica se convirtió en un espacio de confrontación permanente, abriendo el espacio a un tercer partido en un sistema tradicionalmente bipartidista.
Aunque ya habían existido los laboristas demócratas (Paddy Ashdown), nunca alcanzaron a convertirse en un partido mayoritario que pudiera ocupar más asientos en la Cámara de los Comunes.
Hoy aparece en la escena el gran detonador de la campaña pro Brexit, un político “nacionalista”, conservador y populista de nombre Nigel Farage, cuya figura crece a medida que provoca el desequilibrio del sistema y la disrupción del discurso antieuropeo.
El Brexit trajo, contrario a lo prometido, una economía más débil —el Reino Unido ha crecido en promedio 1 por ciento por año durante una década, más de un año por debajo de esa cifra— y ha tenido que lidiar con graves diferencias migratorias respecto al creciente segmento no británico que se ha sumado a su población.
En palabras del rey Carlos III, el Reino Unido es hoy “el crisol de una sociedad multiétnica y multireligiosa” integrada por muchas nacionalidades, creencias y culturas.
La Gran Bretaña ha perdido presencia en el mundo, ha fragmentado a su población, ha deteriorado su potencial económico y productivo, además de ver disminuida la calidad de su educación básica y del otrora célebre Sistema Nacional de Salud.
Muchas cosas han venido a la baja, esencialmente la calidad de vida y el acceso a los servicios.
A diez años de distancia, el Brexit probó ser un fracaso estrepitoso, utilizado por políticos oportunistas con la promesa barata del “vamos a estar mejor”, “volvamos al potente crecimiento británico” que nunca llegó ni se consolidó.
El Reino Unido adoptó una medida de aislamiento de Europa, debilitando sus relaciones comerciales y perdiendo el atractivo financiero que había sido un polo esencial de crecimiento.
A lo largo de estos diez años, muchos capitales fluyeron de la “City” (el centro financiero londinense) a Frankfurt, París y otros destinos.
La generación de jóvenes votantes que decidió no participar hace 10 años aún le reclama a sus mayores la decisión que los condenó a permanecer fuera de Europa y de sus ventajas comerciales, económicas y financieras.