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El Imparcial 26 Jun, 2026 09:17

El subsidio al revés: Tijuana financia a San Diego

En 2022, San Diego produjo un PIB de alrededor de 262 mil millones de dólares con cerca de 3.3 millones de habitantes. Tijuana, su vecina inmediata, generó unos 35 mil millones con 2.15 millones de personas: siete veces menos riqueza. Medido por habitante, San Diego produce unos 79 mil dólares por persona al año; Tijuana un quinto, con 16 mil dólares per cápita. Pero esa asimetría engaña: no es sólo que Tijuana dependa de San Diego; es que San Diego, en buena medida, se sostiene sobre ella. El argumento empieza en la vivienda. De acuerdo con diversas fuentes, rentar en San Diego cuesta 236% más que en Tijuana: un departamento de tres recámaras se va de 1,137 a 4,210 dólares en promedio al cruzar la línea. El costo de vida completo, ya incluida la renta, es 131% más alto del lado estadounidense.

Según estimaciones, 140 y 150 mil personas cruzan a diario para trabajar en San Diego. Muchas viven en Tijuana porque el salario estadounidense —5 veces el tijuanense— jamás alcanzaría para pagar la renta californiana. Trabajan allá, pero duermen, comen, se enferman y crían a sus hijos aquí. El costo de reproducir esa fuerza laboral lo absorbe Tijuana; San Diego se queda con su productividad a un precio que su propia carestía haría imposible.

Alguien objetará que eso es productividad, no subsidio: San Diego genera 79 mil dólares de PIB por habitante contra 16 mil de Tijuana. Cierto a medias. Explica por qué un ingeniero de Qualcomm gana lo que gana; no por qué el obrero que cruza acepta un sueldo que no le alcanzaría para rentar del lado americano. Su productividad no se desplomó al cruzar la garita: lo que cambia es quién paga su techo.

Eso es un subsidio. No fiscal, sino económico: San Diego paga salarios que son una ganga porque el trabajador los tolera: el otro lado le resuelve media vida a mitad de precio. Esa diferencia no pagada es la transferencia, y va de sur a norte.

Y no es gratis. Tijuana la paga dos veces. Primero, con inflación: la cercanía con uno de los mercados más caros de Estados Unidos jala los precios, y desde 2016 la ciudad arrastra una de las inflaciones más altas del país. El tijuanense que nunca cruza paga costos casi gringos con sueldo mexicano. Segundo, con tiempo de vida: el commuter entrega dos o tres horas diarias en la fila de la garita —más de 600 al año, casi un mes completo de vida que nunca recuperará.

Hay, además, una cuestión de proporción. Lo que Tijuana aporta es imperceptible para una economía como la de San Diego; pero para Tijuana, pesa siete veces más. Lo que para San Diego es un redondeo, para Tijuana es estructural. Y a esa externalidad de tiempos de cruce y contaminación ambiental hay que sumar el sobreuso de infraestructura como pavimentación, agua potable, luz, drenaje y alcantarillado totalmente colapsados en muchas partes de la ciudad. Los horas perdidas en el tráfico, no sólo las pagan quienes cruzan, las pagamos todos cuando las largas líneas colapsan la movilidad urbana del resto de la ciudad.

Llamarlo “generosidad” sería una ironía cruel, porque nada de esto es voluntario: es una frontera que reparte de modo desigual los costos y los beneficios de estar juntos. Tijuana no es solo la puerta de México hacia California. Es, hoy, su patrocinadora silenciosa. Y es tan generosa que la cuenta la pagan sus habitantes, en dólares, pesos y en horas de vida.

  •  *- El autor es Doctor en Economía, Maestro en Desarrollo Regional, profesor-investigador en Cetys Universidad.
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