¿Sabían ustedes que ha habido dos terremotos en Venezuela de 7,2 y 7,5 en la escala de Richter?
Es de coña, claro.
Los medios de comunicación no paran de dar fe de que la tragedia existe, como si nosotros, simples mortales abotargados por el exceso de información, necesitáramos una confirmación constante de que el mundo se cae a pedazos. Otra cosa es que tal tema sea una noticia, porque noticia significa "nueva" y de nueva tiene este asunto lo que yo de futuro Papa.
Esta obsesión, este encarnizamiento por hincar el diente en la última neurona del individuo que no lo haya padecido, me resulta un misterio logístico y moral. ¿A qué se ajusta exactamente? ¿A que donemos dinero que luego se diluye en los vericuetos burocráticos de ONGs con más marketing que altruismo? ¿A que nos vayamos allí, sin ton ni son, a "ayudar" a estorbar en medio del escombro? ¿A alimentar ese morbo humano que tantas satisfacciones provoca en demasiada gente, esa necesidad visceral de ver el dolor ajeno para sentirse, por contraste, un poco menos desgraciado en el salón de casa? ¿O simplemente a no repetir noticias nauseabundamente analizadas hasta que el hecho pierde toda su humanidad y se convierte en un producto de consumo?
Es exactamente igual que en las guerras entre un tirano y una gente de bien. La mecánica es la misma. ¿A qué vienen tantas fotografías de los mismos edificios arruinados, tomadas siempre desde el mismo ángulo, buscando el encuadre más tétrico? ¿A qué esa insistencia en la imagen repetida de tantos niños asesinados, convertidos en cromos de una colección macabra para mayor gloria del rating? ¿Creen, de veras, los editores desde sus despachos con aire acondicionado, que van a levantar más conciencias? Lo que levantan es otra cosa: levantan el ánimo de los accionistas.
Porque la única realidad, la que se esconde detrás del tono solemne del presentador de turno y de la música de piano dramática que acompaña a los vídeos de archivo, es mucho más prosaica. Entre bocado y bocado, mientras el espectador mastica su cena intentando no mirar la pantalla para que la digestión no se le haga bola, hay montañas de dólares que llenan sus arcas. Las arcas de todos los medios de comunicación que han convertido la tragedia en un prime time perfectamente estructurado.
Es el negocio del dolor ajeno. Si no hay sangre, no hay click. Si no hay escombros, no hay audiencia. Y si no hay audiencia, no hay anunciantes que paguen el precio astronómico por aparecer justo antes de que nos muestren el próximo cadáver. Es un engranaje perfecto, una máquina de picar carne humana para servirla en bandeja de plata a una audiencia que, después de diez minutos de consumir catástrofe, cambia de canal para ver un concurso de cocina o una serie sobre vidas perfectas, sintiéndose extrañamente aliviada.
Soy un pequeño periodista, pero uno titulado, de esos que todavía conservan la manía de leer la ética periodística en el manual donde debería estar. Y mientras observo el despliegue de medios, la sobreactuación de los reporteros in situ —con sus chalecos antibalas perfectamente limpios y sus micrófonos relucientes en medio de la miseria—, me pregunto qué queda de nuestra profesión.
Nos han enseñado que el periodismo es el cuarto poder, pero en manos de esta industria, se ha convertido en un poder que solo sabe servirse a sí mismo. No informan para que el ciudadano entienda; informan para que el espectador consuma. Se aprovechan de la desesperación de un pueblo para justificar una parrilla de programación vacía de contenido real. Es una pornografía del sufrimiento donde las víctimas son solo atrezzo y los periodistas, meros vendedores de ataúdes.
Me dan ustedes vergüenza y asco, a partes iguales. Vergüenza, por haber transformado un oficio noble en una oficina de marketing de la desgracia. Y asco, porque saben perfectamente que lo que hacen no sirve para reconstruir una sola casa en Venezuela, ni para devolverle la vida a nadie. Solo sirve para que el contador de visitas suba, para que el anunciante esté contento y para que la maquinaria siga funcionando.
Cuando el terremoto pase y la noticia ya no sea "nueva", cuando los focos se apaguen y las cámaras se desplacen hacia la siguiente tragedia que dé beneficios, ¿qué quedará? Quedará el silencio, la miseria real, el olvido absoluto. Y ahí no habrá nadie con micrófono para documentarlo, porque la pobreza sin drama televisivo no vende. Mientras tanto, sigan ustedes con sus gráficos de colores, sus cronómetros de "última hora" y sus lamentos impostados. Que nosotros, los que todavía miramos la realidad sin el filtro del cinismo corporativo, seguiremos aquí, viendo cómo se les llena la boca de ética mientras se les llenan los bolsillos de miseria.
Es desolador comprobar que, para muchos, la información ha muerto y solo queda el espectáculo. Y lo peor de todo es que son capaces de dormir tranquilos, convencidos de que su labor es esencial, cuando en realidad son solo los buitres carroñeros de esta era digital. Qué desperdicio de talento, de tecnología y de tiempo. Pero, supongo, eso es lo que toca en estos tiempos de banalidad absoluta. Al final, lo único que queda claro es que no les importa ni Venezuela, ni los terremotos, ni la verdad. Lo único que les importa es que sigamos mirando. Y, desgraciadamente, a veces lo hacemos. Por ahora.
¿Le gustaría que explorara más a fondo alguna de estas contradicciones, quizás enfocándome en la deshumanización que sufren las víctimas al ser transformadas en simples datos estadísticos? @mundiario