Faltan 129 días, apenas poco más de cuatro meses para las elecciones de medio término en Estados Unidos que habrán de renovar la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado.
Estados Unidos no votará en noviembre para cambiar de presidente, pero del resultado dependerá si Donald Trump conserva un Congreso que le permita gobernar sin contrapesos o si entra, desde enero de 2025, a una segunda mitad de mandato bajo vigilancia y mayores controles.
Ese es el verdadero sentido de la elección intermedia de 2026, y su desenlace nos toca de cerca: definirá el tono de la relación con México para los siguientes años.
Los republicanos controlan hoy las dos cámaras, pero por márgenes estrechos. En la de Representantes tienen 218 escaños frente a 212 demócratas, un independiente y hay cuatro vacantes.
A la oposición le basta una ganancia de tres curules netas para arrebatarles el control. En el Senado la ventaja es mayor —53 contra 45, más dos independientes que votan con los demócratas— y ahí la pendiente es más empinada: se necesita una ganancia de cuatro escaños netos para quitar la mayoría a los republicanos.
De los 35 que se renuevan, incluidas elecciones especiales en Florida y Ohio, 23 son republicanos.
La primera fotografía favorece a los demócratas. En el voto genérico para el Congreso aventajan por entre cinco y seis puntos, una magnitud parecida a la que tenían antes de la ola de 2018, cuando también ganaron la Cámara de Representantes.
La aprobación de Trump, en paralelo, está en zona de alarma: ronda 37-40%, el nivel más bajo de su segundo mandato, con un rechazo cercano a 59%. Lo más delicado para él es el voto independiente, que suele decidir las elecciones intermedias y hoy se inclina por la oposición. Pero conviene la cautela: una ventaja nacional no se traduce de forma mecánica en escaños; hay que llevarla a distritos, mapas y movilización.
El votante no decide con encuestas, sino usualmente con su bolsillo. La economía no está en recesión —el PIB creció 2.1 por ciento en el primer trimestre y el desempleo se mantuvo en 4.3% en mayo—, pero el problema político no es el crecimiento, sino el costo de la vida.
La inflación volvió a subir y fue de 4.2 por ciento en mayo, empujada sobre todo por la energía, lo que condujo a la Reserva Federal, ahora presidida por Kevin Warsh, a elevar sus proyecciones de inflación y endurecer el tono de su discurso.
Un presidente sobrevive a una economía mediocre si los precios ceden; no si la gasolina, la luz y los alimentos siguen pesando más en el presupuesto familiar.
Sobre ese cuadro hay que considerar la guerra con Irán, iniciada el 28 de febrero. El cierre del Estrecho de Ormuz disparó el crudo y llevó la gasolina por encima de los cuatro dólares por galón por primera vez en los dos mandatos de Trump.
A diferencia de lo que podría suponerse en las guerras, no hubo cierre de filas a favor de Trump. Una encuesta reciente de Reuters/Ipsos halló que solo 24% consideró que la guerra valía sus costos, y la aprobación de su manejo del conflicto cayó a alrededor de 34%.
El 17 de junio, Washington y Teherán firmaron un memorando que extiende el alto el fuego 60 días y reabre el estrecho; la gasolina empezó a ceder. Para los republicanos se trata de un respiro, pero solo eso. Los demócratas aprovecharán una guerra impopular. El acuerdo, además, es frágil y fractura al propio bando de Trump entre halcones y aislacionistas.
El gran contrapeso para los republicanos es artificial: la redistritación a mitad de década, el mayor rediseño coordinado de distritos electorales en décadas. California y Utah pueden dar a los demócratas hasta seis escaños más, pero Texas, Florida, Ohio, Missouri, Carolina del Norte y varios estados del sur inclinan más curules del lado republicano. Algunos expertos calculan un saldo neto de hasta unos ocho escaños para los republicanos si los mapas rinden lo diseñado.
Aun así, no alcanza para cancelar la tendencia contraria. Alan Abramowitz, en Sabato’s Crystal Ball, estima que los demócratas seguirían favorecidos en la Cámara si conservan siquiera dos puntos de ventaja nacional. Con una cercana a seis, se inclinaría claramente hacia ellos.
Tres escenarios
El consenso de los pronosticadores —Cook Political Report y Sabato’s Crystal Ball entre ellos— apunta a tres salidas. La más probable es un gobierno dividido: los demócratas recuperan la Cámara, donde la baja aprobación pesa más que el blindaje de los mapas, y los republicanos conservan el Senado, cuyo terreno les favorece y donde la oposición debe defender asientos en estados que Trump ganó. Sería una corrección, no un tsunami. Trump perdería el control legislativo pleno y enfrentaría investigaciones y bloqueos presupuestales, pero conservaría sus palancas ejecutivas.
Un segundo escenario, de ola azul, entregaría ambas cámaras a la oposición si la inflación persiste e Irán se percibe como fracaso.
El tercero, hoy menos probable, preservaría el statu quo si los combustibles ceden y la actividad repunta a tiempo. En política estadounidense, seis puntos en junio pueden evaporarse antes de noviembre.
Lo que está en juego para México
¿Por qué nos importa? Porque un Congreso dividido cambia la ecuación. La Constitución estadounidense da al Legislativo la autoridad sobre los aranceles, facultad que Trump sorteó por la vía de emergencia hasta que la Corte Suprema la anuló en febrero. Si los republicanos retienen todo, la revisión del T-MEC será con el máximo poder interno para el Presidente y más margen para usar aranceles, migración y seguridad como instrumentos de presión.
Si los demócratas recuperan la Cámara, la relación no será fácil —también empujarán en lo laboral y ambiental—, pero habrá más escrutinio y contrapesos institucionales.
Para México sería un error esperar a noviembre: conviene seguir operando desde ya en dos pistas, con la Casa Blanca, que seguirá teniendo el poder ejecutivo, y ahora más aún con el Congreso, donde puede estar un contrapeso pero también una mayor complicación en la agenda.
Ningún escenario será fácil para México.