La ruta hacia 2027 exige definir si la transformación se sostendrá en convicciones compartidas o en acuerdos de conveniencia
Este proyecto nació como respuesta al viejo sistema conservador, que durante décadas gobernó para unos cuantos, privatizó lo público, debilitó al Estado y normalizó la desigualdad. Frente a ese modelo agotado, la transformación demostró que sí es posible gobernar con justicia social, honestidad y sentido de nación.
El proceso electoral de 2027 será decisivo. No se trata sólo de ganar una elección, sino de defender el rumbo del país y evitar el regreso de quienes representan el pasado. Por eso, la transformación no se impone desde arriba: se construye desde abajo, con el pueblo organizado, consciente y comprometido.
Sin embargo, en el marco de la discusión rumbo a 2027, los acontecimientos recientes vuelven a poner sobre la mesa una verdad que no debemos esquivar: en política, no toda suma suma. Hay alianzas electorales que, en apariencia, agregan votos o estructuras; pero en los hechos, erosionan identidad, desdibujan principios y terminan saliendo muy caras.
La votación de la reforma electoral impulsada por nuestra presidenta, la doctora Claudia Sheinbaum, dejó al descubierto algo más profundo que una diferencia legislativa. Más allá del resultado numérico, lo verdaderamente revelador fue que Morena no sólo enfrentó a la oposición tradicional, sino también la distancia, el cálculo y la falta de compromiso político de quienes públicamente se presentan como aliados.
Ahí apareció la verdadera cara de quienes, llegado el momento decisivo, prefieren colocar sus intereses de grupo, sus cuotas de poder y sus propias apuestas de supervivencia por encima de un proyecto de nación. Y eso ocurrió, de manera particularmente visible, con el Partido Verde y con el Partido del Trabajo, cuyas posturas evidenciaron que, cuando se trata de definiciones de fondo, no siempre están del lado del movimiento ni del país.
No es un tema menor. Porque cuando una alianza no descansa sobre convicciones compartidas, sino sobre conveniencias compartidas, tarde o temprano se fractura. Y cuando eso sucede, no sólo se exhibe la fragilidad del acuerdo: también se confirma que había señales previas que no quisieron leerse con suficiente seriedad.
Lo he dicho antes y hoy lo reitero: la aritmética electoral no siempre coincide con la lógica política ni con la congruencia ética. Hay sumas que no suman; hay acompañamientos que no fortalecen; hay adhesiones que en campaña parecen útiles, pero en la hora de la definición se convierten en lastre, en chantaje o en abierta contradicción con los principios que se dice acompañar.
En el caso del Partido Verde, además, lo ocurrido no debería sorprender. Desde hace tiempo ha venido fortaleciéndose con una estructura integrada por viejos operadores del régimen, personajes reciclados de la cultura priista, de esas llamadas vacas sagradas y dinosaurios de la vieja política, figuras que aprendieron a hacer de la política un mecanismo para conservar privilegios y administrar cuotas, no para transformar realidades. No se trata sólo de nombres o trayectorias individuales: se trata de una lógica de poder. Una lógica donde el objetivo no es el país, sino el acomodo; no es el proyecto, sino la permanencia; no es la causa, sino la conveniencia.
Por eso el Verde puede cambiar de discurso, de emblemas o de coyuntura, pero conserva en el fondo una vieja escuela política: la del poder por el poder. Y cuando ese ADN se activa, lo que emerge no es la lealtad a una transformación profunda, sino la defensa de sus propios márgenes de maniobra.
Morena, en cambio, tiene una responsabilidad histórica mayor. Como principal fuerza política del país, no puede llegar a 2027 subordinando sus principios a alianzas que sólo funcionan mientras haya reparto, pero se fracturan cuando hay definición. El movimiento debe preguntarse con toda seriedad si vale la pena seguir apostando por acuerdos que comprometen identidad, debilitan el mensaje y terminan contradiciendo el mandato ético de la transformación.
Construir mayorías, sí. Dialogar, sí. Incluir, sí. Pero nunca al precio de vaciar de contenido el proyecto. La apertura no puede confundirse con ingenuidad, ni la pluralidad con la renuncia a los principios.
Rumbo a 2027, Morena tendrá que decidir si quiere aliados de ocasión o compañeros de convicción. Porque ya quedó claro que hay fuerzas políticas que sólo caminan al lado de la transformación mientras ésta no toque sus intereses. En cuanto llega la hora de definirse, se colocan donde siempre han estado: del lado del cálculo, de la conveniencia y del poder por el poder.
Y frente a eso, la lección es simple: hay sumas que no construyen mayoría moral ni política. Sólo inflan la cuenta... hasta que llega la votación de verdad.
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