Las calles todavía conservan el ritmo habitual de un martes, pero el ambiente ya anticipa otra cosa. En oficinas, escuelas, talleres, restaurantes y hogares, la conversación gira alrededor de un solo tema. Nunca como hoy la afición mexicana había llegado tan prendida del llamado cuarto partido. Esta tarde, frente a Ecuador, millones de personas volverán a detener su rutina con la esperanza de que el Tricolor escriba una nueva página en la historia de los Mundiales.
El optimismo se respira en cada rincón del país. Muchos aficionados ya imaginan el silbatazo final acompañado de abrazos, caravanas, banderas ondeando por las avenidas y una celebración que podría prolongarse hasta entrada la noche. Como ocurre después de cada triunfo importante de la Selección Nacional, no faltan quienes incluso bromean con las tradicionales ausencias laborales del día siguiente, convertidas ya en parte del folclor futbolero mexicano.
Durante noventa minutos, o quizá ciento veinte si el partido se extiende al tiempo extra, e incluso en una dramática tanda de penales, el país hablará un mismo idioma. Hoy importa poco si alguien simpatiza con Morena, el PAN, el PRI o cualquier otra fuerza política. Tampoco pesan las diferencias cotidianas. El futbol vuelve a demostrar su capacidad para reunir a millones de personas detrás de un mismo grito: ¡Vamos, México!
En plazas, restaurantes, bares y hogares ya se preparan pantallas, camisetas verdes y reuniones familiares para seguir un encuentro que mantiene al país expectante. El deseo es el mismo: celebrar un triunfo que acerque al Tricolor a una noche inolvidable.
Las autoridades, sin embargo, recuerdan que la mejor victoria también se construye fuera de la cancha. Si llega el festejo, la invitación es a disfrutarlo con responsabilidad, evitar conducir bajo los efectos del alcohol, respetar los espacios públicos y cuidar a quienes comparten la alegría.