Con autorización de la editorial Impedimenta, REFORMA ofrece a sus lectores una de las biografías ficcionadas de Jerónimo Parada y Andrés Santa María, del apartado dedicado a México en el libro 'Pelota sudaca'.
Jorge Campos: Serpiente emplumada
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuán lejos había llegado? Navegando en un océano inabordable, buscando una redención esquiva, Quetzalcóatl, Dios Creador de los aztecas, Principio y Fin, Terrenal y Celestial, persistía en un viaje de propósito olvidado. ¿Cómo había empezado? ¿Qué buscaba? El principio y el fin se fundían y servían de espacio físico para un estallido: el colapso de la razón. Las únicas certezas eran su cuerpo, el de una serpiente emplumada, y su instinto, empujados por el último vestigio de una memoria en ruinas. La antigua profecía azteca era cierta: Quetzalcóatl emprendía su viaje hacia el este.
Podrían haber pasado siglos estelares o unidades temporales aún no descritas, y ese viaje habría seguido su curso al infinito, fiel a su propósito, de no ser interrumpido por un evento misterioso. El profundo trance de Quetzalcóatl fue suspendido cuando, en medio de ese paisaje indescriptible, pudo reconocer las formas de un enorme espejo. Por primera vez, experimentaba algo parecido al despertar. Tras unos instantes, dio un salto hacia atrás. Una criatura casi idéntica a él salió del espejo para enfrentarlo.
-Soy yo, Quetzalcóatl. ¿Me reconoces? Soy Tezcatlipoca: tu némesis, tu doble opuesto.
-Te reconozco -respondió Quetzalcóatl-. Dime, ¿dónde estoy? ¿A qué debo la aparición de tu espíritu?
-Hay un impostor infiltrado en Tenochtitlán que usurpa tu nombre y pretende hacerse pasar por ti-añadió-. ¿Me sigues? El viaje ha terminado, Quetzalcóatl. Es hora de volver.
De pronto, las palabras de Tezcatlipoca cobraban sentido. La memoria era restaurada. El viaje podía ser entendido. Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, había sido suplantada por un impostor. ¿Quién había tenido semejante atrevimiento?
-Ellos, Quetzalcóatl. Los hombres del este. Los que se hacen llamar españoles.
-Pero ¿cómo? ¿Cuándo? ¡Responde, Tezcatlipoca! Guíame de vuelta. Muéstrame el camino.
-Es tarde, Quetzalcóatl. Demasiado tarde. Todo lo que conociste ya no existe. Los nuestros y los del este se han mezclado, y ahora son uno solo. Volverás como uno de ellos, serás uno de sus ídolos; tu piel será multicolor y tu dualidad será manifestada en tu más notoria virtud.
-¿De qué hablas? ¡Explícate! -dijo Quetzalcóatl-. Serás Jorge Campos -concluyó Tezcatlipoca. Tras la súplica final, no hubo más palabras. La Serpiente Emplumada emprendió su retorno, que culminaría en una nueva encarnación. La dualidad sagrada se materializaría a imagen y semejanza de la divinidad errante: creador y destructor, terrenal y celestial, portero y atacante. Su nueva encarnación, Jorge Campos, abrazará las nuevas formas del pueblo mexica. Nacerá en Acapulco, donde deberá estar por sobre los vicios de su tiempo. Adoptará a un nuevo Dios, una nueva lengua, un nuevo espíritu. Pero, sobre todo, probará su ascendencia divina uniendo dos ideas futbolísticas en apariencia irreconciliables: el arquero que impide y el delantero que concreta. Su gesto será único y, por el mismo motivo, recordado más allá de los límites del imperio extinto. Aquel inolvidable atleta mexica en aparente contradicción se hizo eterno en su colorida multiplicidad, expresada en su piel divina y en su piel de portero. Más allá de las revelaciones y de las apariencias, en cada paradoja resuelta, se completa su objetivo final. No es el viaje, ni el camino, ni su estación última, es el rencuentro con aquello que se pensaba perdido.