El 1 de julio llegó como fecha clave en lo que ha sido una de los principales cuestionamientos sobre el futuro de la estructura económica de nuestro país, la continuidad del T-MEC. En esa fecha, se cumplieron seis años desde la entrada en vigor del tratado comercial trilateral y los escenarios posibles contemplaban el anuncio de la salida del tratado (que no sucedió a pesar de las constantes amenazas del Ejecutivo de Estados Unidos), la renovación por otros 16 años, y el que tenemos hoy donde se activa el mecanismo de revisiones anuales previsto en el artículo 34.7 hasta la fecha de terminación en el 2036 o la llegada de un nuevo acuerdo. La no renovación del T-MEC era el escenario central contemplado por los mercados y las cámaras empresariales.
La administración Trump, fiel a su estilo de negociación de máxima presión, no confirmó su intención de extender el tratado por 16 años adicionales a pesar de que México y Canadá ya habían manifestado por escrito su disposición de hacerlo. Como estaba programado, las tres partes se reunieron de forma virtual para revisar el funcionamiento del acuerdo, y Washington publicó un comunicado en el que confirmó que no aceptará renovarlo en su forma actual. El anuncio pudo haber tomado por sorpresa a algunos, pero dice más la forma que el fondo, pues resulta evidente que no estamos ante un cambio estructural en la relación comercial, sino ante una continuidad de negociaciones, en una estrategia adicional de lo que hemos conocido como el manual de Trump.
Vale la pena destacar que el T-MEC permanece vigente mientras se resuelven las diferencias o hasta su eventual terminación en el 2036. Además, se fijó el 20 de julio para la tercera ronda de negociaciones bilaterales entre México y Estados Unidos. La realidad es que no hay una ruptura, el tratado seguirá vigente diez años más. Pero para lograr la extensión por otros 16 años, hay un proceso de renegociación recurrente que Washington ha elegido como plataforma para lograr mayores concesiones en reglas de origen, contenido regional y déficits comerciales. En este proceso se pagará una prima adicional por riesgo e incertidumbre que los empresarios habrán de considerar en la ecuación. La incertidumbre no destruye la integración existente, pero encarece la integración futura.
México se ha convertido en el principal socio comercial de Estados Unidos al ser origen de 17 por ciento del total de lo que compra ese país en el exterior, mientras que le compramos el 15 por ciento de lo que vende al mundo. En ese ascenso, el déficit comercial se ha ampliado, aunque es importante destacar que no desplaza la producción americana, la complementa.
Para los grandes sectores que articulan la integración productiva de América del Norte, el comercio continuará fluyendo bajo el mismo marco normativo. El andamiaje del T-MEC sigue vigente y es el mecanismo más eficiente para el fortalecimiento del bloque comercial. El comercio bilateral seguirá operando con las reglas actuales con cerca de 85 por ciento de nuestras exportaciones hacia Estados Unidos con arancel cero. A pesar del cambio en la política comercial, mantenemos una posición relativa positiva contra el resto del mundo, siendo que el arancel efectivo es solamente del 3.6 por ciento. La lógica estructural apunta en la misma dirección que antes. Estados Unidos necesita a México como plataforma productiva para ser competitivo. La cercanía geográfica y la integración manufacturera acumulada durante décadas no desaparecen por decreto.
A pesar de lo anterior, debemos de considerar que al margen de la distinción política en Estados Unidos, un déficit comercial con México se traducirá en reglas de origen más estrictas, la exigencia de un mayor contenido regional, e inclusive la imposición de ciertas tarifas de manera quirúrgica en sectores clave.
Para México, la respuesta debe consistir en demostrar, ronda tras ronda, que cualquier deterioro de esta relación encarece insumos críticos para la propia industria estadounidense. Esa es la única posición negociadora que convierte la incertidumbre en palanca.