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El Financiero 08 Jul, 2026 01:27

Cautela no es igual a desinterés

Si bien la negativa del gobierno norteamericano de renovar el Tratado México - Estados Unidos - Canadá (T-MEC) no representa un riesgo inminente para el comercio exterior de nuestro país, el anuncio sí deteriora las perspectivas para el crecimiento que podría mostrar el PIB de México durante la siguiente década.

El comercio de mercancías no mostraría una afectación significativa. Por otra parte, las incógnitas sobre uno de los principales tratados de nuestro país condicionarían las decisiones de inversión y la generación de empleos formales.

La distinción resulta relevante. Un número importante de proyectos de inversión permanece en pausa por la falta de claridad sobre el destino del T-MEC. Los inversionistas requieren un amplio margen de certeza antes de comprometer recursos por varios años. En ausencia de esa certidumbre, la decisión más prudente es aguardar. No se trata de cancelación de proyectos o incluso una fuga de capitales, sino de una postergación indefinida de compromisos que, una vez asumidos, resultan difíciles de revertir.

Las cifras de comercio exterior de México, sobre todo las de exportaciones durante 2025, alcanzaron niveles récord. Ello ocurrió a pesar de las amenazas arancelarias que lanzó el presidente Donald Trump en su primer año de mandato. No obstante, al interior de las cifras el comportamiento fue desigual. Las exportaciones no automotrices repuntaron firmemente, mientras que las correspondientes al sector automotriz retrocedieron.

La preocupación no se limita a que Trump sostenga aranceles elevados al acero y al aluminio, o la tarifa de 10% a productos que quedan fuera de la cobertura del T-MEC. El principal foco se centra en la extensión de beneficios fiscales orientados a que las empresas inviertan cada vez más dentro de Estados Unidos en lugar de otras regiones. Esa combinación de incentivos y barreras altera la ecuación de rentabilidad relativa que favoreció a México durante décadas

Adicionalmente, nuestro país aguarda los beneficios del nearshoring, pues aún no se concretan del todo. La razón no reside únicamente en la posibilidad de que las empresas obtengan ventajas fiscales al producir en Estados Unidos, además de evitar aranceles. Si bien México conserva ventajas competitivas en varios frentes (sobre todo en el tema de remuneración al factor trabajo a pesar de los incrementos al salario mínimo que se han registrado desde la administración presidencial pasada), la indefinición del tratado neutraliza parte del atractivo.

Las revisiones anuales del T-MEC de aquí a 2036 no constituyen una amenaza para el comercio como sí lo son para los proyectos de inversión. Los proyectos más relevantes, los que realmente generarían incrementos en la productividad y eventualmente derrama económica, podrían permanecer en pausa al menos hasta que concluya la gestión de Donald Trump al frente de la Casa Blanca. Habrá que ver si la o el siguiente titular del Ejecutivo decida renovar el tratado por 16 años adicionales o no.

En el inter, no sorprendería que las compañías que ya invirtieron, o que evalúan la opción de hacerlo en México, se mantengan a la expectativa de información que les permita decidir si conviene emprender proyectos que implican un riesgo importante.

La prudencia, en este contexto, no equivale a desinterés. La cautela es una reacción natural en el proceso de gestión de riesgos. Para México, el reto consiste en preservar la confianza mientras se despeja la incógnita comercial.

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