Lo anticipó muchas veces Trump: su gobierno no extendería la vigencia del T-MEC otros 16 años, y era previsible que siendo grandes corporaciones estadounidenses las mayores beneficiarias del comercio libre de aranceles, tampoco sacaría a su gobierno del tratado.
A Washington le conviene como quedó el T-MEC, pero no a México. El tratado seguirá vigente, como máximo, hasta 2036, sujeto a revisiones anuales sin excepción y sujeto, también, a la eventual decisión de retiro anticipado de cualquiera de las partes.
Así el tratado de libre comercio e inversiones entre los tres países queda marcado por la incertidumbre.
Los planes de inversión productiva que contemplen llegar al mercado estadounidenses desde México, o Canadá, carecen desde ahora del sustento de certidumbre que les ofreció el TLCAN y el T-MEC durante décadas.
Lo que estamos viviendo en México no es una transición, es la ruptura del modelo de desarrollo que puso el eje dinámico del crecimiento en el sector externo del país; a algunos países les ha funcionado, como a China y antes a Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán.
A México no.
El modelo de desarrollo orientado a las exportaciones de aquellos países asiáticos tuvo una fuerte dirección del Estado que seleccionaba sectores prioritarios a impulsar con estímulos en paquete, que incluían desarrollo de infraestructura, formación de recursos humanos, coordinación con instituciones de crédito, metas de productividad y competitividad y sanciones al dispendio empresarial.
Las firmas exportadoras tuvieron fuertes estímulos para que desarrollaran proveedores nacionales o locales, e integran cadenas de valor detrás de los productos vendidos al exterior.
La austeridad pública y privada tenía como finalidad elevar al máximo las inversiones. La corrupción era eficazmente combatida.
A la población se le ofrecieron buenos servicios de salud y se hicieron fuertes inversiones en educación, cada vez más dirigidas por la demanda de técnicos y especialistas que requería el desarrollo industrial.
Con el tiempo y recursos humanos mejor preparados, a las inversiones extranjeras directas (IED) se les exigió que transmitieran tecnologías y conocimiento de sus operaciones.
¿En México que tuvimos? Un gobierno neoliberal -el de Carlos Salinas- con un secretario de Industria y Comercio -Serra Puche- que declaraba orondo que la mejor política industrial era la no política.
El gobierno de Salinas aceptó el TLC propuesto por Ronald Reagan, negociado por George Bush y firmado por Bill Clinton en 1994 como instrumento del «Consenso de Washington» de 1982.
Ese decálogo prescribía el abandono de interferencias políticas en el «libre funcionamiento» del mercado, lo que llevó a que durante décadas México careciera de una política de fomento industrial.
En su lugar, Salinas creó el Programa de Industrialización Fronteriza en 1995, base del modelo maquilador que goza del Régimen de importación temporal, es decir, de la exención de aranceles y del IVA para insumos y equipos importados que se usen en producir mercancías destinadas a la exportación.
¿Puede haber mayor desincentivo a la compra de insumos y equipos nacionales y a la formación de proveedores y cadenas de valor vinculadas a las exportaciones, que la facilidad de importarlos libres de impuestos?
A diferencia del modelo asiático de desarrollo basado al inicio en el sector exportador, aquí se hizo todo para que las firmas exportadoras fueran meras ensambladoras de partes importadas sin aranceles, y siendo en su mayoría IED, ni siquiera se les exigió que transfirieran conocimiento o tecnologías.
Desde los años de 1990, el modelo maquilador/ensamblador dejó de ser fronterizo para abarcar todo el territorio nacional, lo que favoreció a las armadoras automotrices y de equipos electrónicos.
Ese es el modelo productivo en el que descansa el auge “exportador” de México -actividad que representa cerca del 40 por ciento del PIB nacional- y la tremenda paradoja de que al dinámico comportamiento de las exportaciones (8% de crecimiento entre junio de 2025 y mayo 2026), lo acompañe una generación de riqueza (PIB) declinante desde hace décadas, hasta ser prácticamente nulo en hoy por hoy.
En este contexto, Trump gana ventajas adicionales; al no firmar la extensión del T-MEC, se libera de candados y amplía sus márgenes para imponer aranceles como palanca negociadora para obtener toda suerte de ventajas; podrá, inclusive, aun con el T-MEC en vigor, forzar a México a llegar a acuerdos bilaterales de cambios favorables a EU en reglas de origen automotriz o contenido regional, compras de maíz transgénico o cualquier otro tema, no necesariamente mercantil.
México no puede contemplar su desarrollo futuro insistiendo en el beneficio mutuo de la integración norteamericana, cuando no lo ha sido antes y con Trump en la Casa Blanca la intención franca es la subordinación del país en todos los órdenes.
El Plan México es una alternativa planteada por la presidenta Sheinbaum, con la que ha sostenido múltiples reuniones con sectores del empresariado para que se sumen al desarrollo del potencial productivo interno con bienestar social.