No son pocos los problemas y pendientes de gran calado en puerta. Quizá, esa sea una explicación –sin descartar dos más– del peligroso lance presidencial de reavivar el conflicto con Estados Unidos a causa del supuesto operativo que, dos años atrás, culminó con la extracción aquí y la detención allá del capo criminal Ismael “El Mayo” Zambada.
Ojalá la presidenta Claudia Sheinbaum, así como sus colaboradores y asesores hayan calculado bien la reapertura de ese frente. De no ser así, habrían arrojado un bumerán sin calibrar las posibles consecuencias.
El intento de crear o recrear asuntos para distraer la atención de aquellas cuestiones que la demandan es un recurso de la política. Empero, echar mano de él, reclama talento y oficio porque sin dominio de esas artes, en vez de distraer, concentra la atención en el absurdo de sumar problemas sin resolver ninguno.
En todo caso, se está operando una maniobra peligrosa. Y la diferencia entre peligrosa y riesgosa es que la primera supone pérdidas, no ganancias.
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El catálogo de esos problemas y pendientes, viejos y nuevos, a atender –al término del recreo y la emoción con que la selección nacional de futbol regaló a México– era y es amplio.
Ahí está la participación de mandos militares y navales en la corrupción prevaleciente en las aduanas, particularmente, en la importación de gasolina disfrazada para defraudar al fisco. Hecho que subraya el error de la administración anterior, continuado por la actual, de incorporar a las fuerzas armadas a tareas administrativas, ajenas a su vocación.
Otro asunto, el relativo a la desaparición forzada y bárbaro homicidio de Roxana Berenice Guzmán en Veracruz. En el “levantón” de la periodista participaron cuatro policías municipales de Ixhuatlán del Sureste, liderados por su comandante Ismael “N”, o sea, agentes del Estado mexicano emplearon recursos oficiales y apoyaron al crimen. Podrá argüirse que así fue, pero se actuó. Cierto, pero valida la decisión del Comité Contra las Desapariciones Forzadas Naciones Unidas de llevar a la Asamblea General de ese órgano internacional el caso México, porque la desaparición forzada de personas es práctica generalizada en el país. Y, en esto, no puede ignorarse que las sesiones de la Asamblea inician en menos de dos meses, el próximo 8 de septiembre.
No menos urgente, definir con menos declaraciones y más estrategia la incertidumbre que abre la decisión estadounidense de no renovar, pero tampoco desechar el T-MEC, sujetando su vigencia hasta 2036 a revisiones anuales. No sucedió lo peor, pero lo ocurrido es malo.
Ni caso enlistar en ese repertorio tres cuestiones más. Los jaloneos ya perceptibles en la selección de morenistas o aliados que, a la postre, serán las y los candidatos a las diecisiete gubernaturas que estarán en juego el año entrante. El brutal fracaso del propósito de registrar, por razones de seguridad, los millones de teléfonos celulares, pifia atemperada alargando el plazo originalmente previsto. La ausencia de una reacción oficial firme ante la muerte de al menos 17 mexicanos a manos del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos, visto que hasta ahora se habla de “medidas (jurídicas) adicionales”, pero no se han adoptado.
Todo esto sin mencionar la temporada entrante de huracanes.
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Quizá, por la talla de esos problemas y pendientes, se resolvió reanimar el caso del ahora criminal confeso, Ismael Zambada, presumiendo mentiras y contradicciones del exembajador estadounidense Ken Salazar, el Buro de Investigaciones Federales (el FBI) y el gobierno de Estados Unidos.
El punto delicado es que mentiras y contradicciones son lo de menos, lo relevante es la presunta violación de la soberanía nacional que, por el agravio, obligaría a tomar acciones contundentes, no sólo denunciarla en ruedas de prensa.
Sin embargo, emprender esas acciones exige esclarecer varios temas. Indagar aquí lo acontecido, en vez de pedir al acusado revelar lo acontecido. Aclarar la intervención del Cártel de Sinaloa en los asuntos públicos de Sinaloa; dónde estaba Rubén Rocha Moya el día de los hechos; el asesinato de Héctor Melesio Cuén, encubierto por la Fiscalía estatal, al mando de Sara Bruna. Si realizadas y concluidas esas investigaciones, el gobierno insiste en la falsedad del señalamiento estadunidense del vínculo política y delito en Sinaloa, recolocar a Rubén Rocha Moya y compañía en sus respectivos puestos.
En esa situación y tras presumir que el gobierno del país vecino violó la Carta de las Naciones Unidas y la de la Organización de Estados Americanos, la Constitución de México y la Ley Federal de Seguridad Nacional, la presidenta Sheinbaum estaría compelida a actuar de manera contundente ante la violación de la soberanía. Hecho que pudo resolver con una nota diplomática, en vez de escalarlo en una proporción inaudita con un lance de destino incierto.
La interrogante es si, en verdad, la mandataria está en condición de llevar el asunto hasta sus últimas consecuencias.
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Las otras explicaciones del lance presidencial son simples.
Cambiar la narrativa ante los problemas y pendientes en puerta y, así, consolidar su base social sin calcular el efecto que puede generar en el gobierno del país vecino. O, bien, blindar a su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, ante el libro del exembajador Ken Salazar convirtiendo a éste en chivo expiatorio, a costa de adentrarse ella en un laberinto y exponer al país. Mejor ni pensar en esas explicaciones.
En todo caso, más vale echar mano de una frase del tweet subido por la jefa del Ejecutivo, al quedar eliminada del Mundial la selección nacional de futbol: “A veces se gana y a veces se aprende”. Ojalá el gobierno aprenda de cuanto está haciendo.