La llegada del calor vuelve a situar a los mosquitos en el centro de la vigilancia sanitaria en España. La fiebre del Nilo occidental ya ha dejado su primera señal del verano: un hombre de 53 años en Alicante ha sido diagnosticado con esta enfermedad, convirtiéndose en el primer caso humano confirmado en el país durante la actual temporada estival. El episodio, comunicado por el Ministerio de Sanidad a las autoridades europeas, confirma que el virus continúa presente y que su expansión depende cada vez más de factores ambientales que favorecen la circulación del patógeno.
El paciente comenzó a presentar síntomas el pasado 30 de junio y fue diagnosticado un día después. Según ha confirmado un portavoz de la Comunidad Valenciana a El País, permaneció varios días ingresado en un hospital hasta recibir el alta médica y regresar a su domicilio. Su evolución favorable contrasta con la gravedad que puede alcanzar esta infección en determinados pacientes, especialmente cuando afecta al sistema nervioso.
La fiebre del Nilo occidental está provocada por un Flavivirus que llega al ser humano a través de la picadura de mosquitos del género Culex. Estos insectos, a diferencia de otros vectores como el mosquito tigre, no son una especie invasora, sino que forman parte de la fauna habitual en España. El virus mantiene su ciclo natural entre aves y mosquitos, y las personas se infectan de manera accidental al entrar en contacto con estos vectores.
Aunque una gran parte de los contagios pasan desapercibidos porque no generan síntomas o producen molestias leves similares a las de una gripe, la enfermedad puede tener consecuencias graves. Aproximadamente uno de cada cinco infectados desarrolla fiebre alta, dolores musculares y un intenso cansancio. En los casos más complicados puede aparecer una encefalitis, una inflamación del cerebro que puede provocar secuelas neurológicas e incluso la muerte.
Un virus que avanza ligado al cambio ambiental
El caso detectado en Alicante llega en un momento de especial vigilancia epidemiológica. Durante esta misma semana se conoció la presencia de mosquitos infectados con el virus en las provincias de Sevilla y Almería, aunque por ahora no se han comunicado contagios humanos en esos territorios. La detección del patógeno en insectos funciona como una señal de advertencia sobre la circulación del virus antes de que aparezcan nuevos casos.
España ha experimentado en los últimos años un aumento de la presencia de la fiebre del Nilo occidental. La enfermedad se identificó por primera vez en el país a comienzos del siglo XXI y desde entonces su comportamiento ha estado condicionado por factores como las migraciones de aves, el aumento de determinadas poblaciones de mosquitos y unas condiciones climáticas cada vez más favorables para su reproducción.
El verano de 2024 marcó hasta ahora el peor registro conocido en España, con 158 casos diagnosticados y 20 fallecimientos, según los datos del Ministerio de Sanidad. Andalucía occidental, especialmente las provincias de Sevilla y Cádiz, junto con Extremadura, han concentrado buena parte de los contagios en los últimos años, aunque el virus también ha alcanzado otras comunidades como Castilla-La Mancha, Cataluña y la Comunidad Valenciana.
La prevención, la principal barrera ante el avance del virus
Ante la ausencia de una vacuna disponible para la población general, las autoridades sanitarias insisten en la importancia de reducir el riesgo de picaduras. El uso de repelentes, la instalación de mosquiteras, vestir con ropa que cubra la piel y evitar acumulaciones de agua donde puedan reproducirse los mosquitos son algunas de las medidas recomendadas.
El primer caso del verano en Alicante no supone, por sí solo, una situación de emergencia sanitaria, pero sí recuerda que la fiebre del Nilo occidental ha dejado de ser una enfermedad excepcional en España. Su presencia responde a un escenario en el que la interacción entre clima, biodiversidad y actividad humana está modificando la forma en la que circulan algunos virus.
La vigilancia será clave durante los próximos meses, cuando las altas temperaturas favorecen la actividad de los mosquitos y aumentan las posibilidades de transmisión. El objetivo de los sistemas sanitarios será detectar cuanto antes nuevos focos y evitar que episodios aislados puedan convertirse en una cadena de contagios con consecuencias más graves. @mundiario