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El Diario 11 Jul, 2026 19:08

Sin problema: el intercambio con Estados Unidos sobrevivirá a revisión del TMEC

La propuesta planteada por Estados Unidos durante la Reunión Trilateral del pasado 1 de julio, consistente en sustituir la vigencia de 16 años del T-MEC por revisiones anuales, ha generado incertidumbre en algunos sectores. En ese contexto, la oposición ha aprovechado el debate para sostener que este cambio representa un riesgo para la inversión extranjera en México y podría provocar el traslado masivo de empresas hacia sus países de origen, particularmente a Estados Unidos.

Pero en realidad esta apreciación es pesimista, ya que no toma en cuenta las fortalezas que hoy sostiene la economía mexicana y el riesgo que representa para las empresas transnacionales un traslado nunca planeado de sus inversiones a suelo norteamericano.

Por el contrario, creo que una reflexión cuidadosa de nuestro comercio con Norteamérica nos da la confianza de que esta modificación del T-MEC no afectará el volumen de nuestros intercambios y que la operación de esas empresas mantendrá su dinámica.

En principio, debemos recordar que una mala interpretación del fenómeno de la globalización llevó a que desde su creación en mayo de 1966 y hasta el final del proyecto neoliberal en el 2018, los gobiernos conservadores mantuvieran una negociación subordinada del programa gubernamental que ampara a la industria maquiladora.

Pensado en su origen como un programa para salir de una crisis de desempleo en la Frontera Norte, la negociación de remuneraciones fue contraria a las necesidades de los trabajadores y controlada por sindicatos blancos.

Además de suprimir impuestos a la importación y exportación, el gobierno renunció al cobro de impuestos sobre la renta y en algunos momentos a los equivalentes al IVA.

Con el tiempo, cuando se estimó que estas inversiones eran indispensables para industrializar el país, los estímulos aumentaron a través de mecanismos indirectos como los subsidios que el gobierno federal y los gobiernos locales otorgaron para la construcción de parques industriales.

Pero nada de esto fue suficiente, lo peor ocurrió cuando la devaluación de 1982 hizo añicos el modelo de desarrollo que el PRI y sus ideólogos habían forjado después de la Revolución Mexicana; ante ello, como alternativa la tecnocracia neoliberal diseñó una propuesta, centrada en la idea de abaratar los salarios para animar la inversión nacional y extranjera.

Sin medir las consecuencias los seis gobiernos que condujeron al país entre 1982 y 2018 compartieron una interpretación pesimista de nuestras debilidades y sobre ella negociaron la atracción de capitales; ofreciendo como estímulo salarios que representaban la cuarta parte del promedio histórico nacional y hasta la décima parte de lo pagado en Estados Unidos en posiciones de trabajo equivalentes.

Sin embargo, este modelo económico, presentado como el único viable, era en realidad frágil, tan vulnerable que en menos de ocho años ha sido superado por una propuesta de transformación que privilegia la idea de organizar una sociedad distinta, donde la prosperidad de los negocios es inseparable del bienestar de sus trabajadores.

Pero lo relevante es que esa propuesta de transformación, a diferencia de la reforma neoliberal, tiene una concepción de nuestras fortalezas, absolutamente humanista y si se quiere optimista.

Estamos en una situación diferente, con menos vulnerabilidad, lo que ha sido probado en los primeros tres semestres de la gestión de la presidenta Claudia Sheinbaum, en los que la sacudida que el gobierno de Trump dio al régimen internacional de libre comercio, contra lo esperado, tuvo como primeros efectos un mayor volumen de intercambio comercial con Estados Unidos, un mayor superávit comercial, mayores inversiones extranjeras, menor inflación y un tipo de cambio estable.

En pocas palabras, como nunca la Cuarta Transformación ha implantado un modelo de desarrollo económico y social que permite enfrentar los procesos de negociación internacional con mayores fortalezas. Y eso no es todo: la iniciativa fundamental del presidente de nuestro país vecino, consistente en reconcentrar las empresas norteamericanas en su país de origen es tan disruptiva como irrealizable, pues tendrá un efecto negativo sobre sus márgenes de utilidad.

Trump comete un error, al no registrar que la gran ventaja que tiene y ha tenido en los últimos veinte años la economía China proviene del aprovechamiento de la oferta de mano de obra ilimitada que le ha permitido abaratar los costos de su sistema productivo como ninguna otra nación lo puede lograr.

Hasta ahora las empresas estadounidenses habían podido competir, aunque con manifiesta desventaja, frente a China, gracias a la integración lograda con un número incontable de naciones que les han ofrecido mano de obra barata, incluyendo la que se origina en los mercados de trabajo de su némesis; pero esta oportunidad se derrumbaría si insiste en concentrar las inversiones, en especial de la industria automotriz en su territorio.

Pareciera que tampoco entiende otro principio: la expansión y la tasa de utilidad de los mercados mundiales más productivos provienen de la masificación, lo que no será posible para los productores norteamericanos si su líder insiste en aprisionar su producción industrial en un proteccionismo inviable para un escenario mundial que hace muchas décadas funciona sobre la base de un principio de reciprocidad que ofrece acceso a los mercados ajenos en la medida en que se abran los propios.

Lo que Trump propone es una vuelta al proteccionismo que tanto condena la doctrina neoliberal y que fue una política adoptada después de la II Guerra por gran parte de Latinoamérica; en un marco histórico incomparable.

Estos países con apoyo, las más de las veces masivo de inversiones extranjeras, cerraban sus mercados para hacer viable, mediante la sustitución de importaciones, un aumento acelerado de su mercado interno que tenía dos estímulos clave que en el caso de Estados Unidos es imposible sostener.

El primer atractivo necesario era la certeza en el largo plazo de tasas de ganancia extraordinarias que la estructura oligopólica de los mercados garantizaba, sin problema, en los mercados de bienes y servicios.

En cuanto al segundo, acaso el más importante: era la existencia de una oferta ilimitada de mano de obra que aseguraba salarios bajos, estables y cuando era posible decrecientes.

Como sabemos esta estrategia de desarrollo se derrumbó cuando la globalización sentó sus reales y por ello las teorías sobre el funcionamiento del comercio internacional la recuerdan como una reliquia que tampoco en Estados Unidos tiene posibilidad de funcionar, porque si algo está provocando el proteccionismo es poner en riesgo las ganancias de las empresas transnacionales.

La ausencia del segundo atractivo en el mercado de trabajo de nuestro vecino es evidente; una vez repatriadas, las plantas habrán de pagar salarios, tres y hasta cinco veces más elevados que en los países donde operaban; pero lo complicado sería asegurar un largo periodo de estabilidad salarial en un mercado que demandaría millones de nuevos trabajadores en el sector manufacturero; con una variedad de atributos imposible de encontrar, sin desatar en algunos nichos ocupacionales una inflación galopante de costos laborales.

La imposibilidad de este proyecto es clara: contraviene las lecciones más elementales de cómo gestionar una política industrial exitosa en un mercado de trabajo, cercano al pleno empleo, donde el abasto de fuerza de trabajo, dirigido a las manufacturas es una tarea complicada.

Pero se tornaría imposible si consideramos que tal política viene acompañada de una estrategia de control migratorio que, en vez de aligerar la presión en los mercados de trabajo, al bloquearlos terminaría por ocasionar alzas inmanejables de salarios.

En verdad, la propuesta del presidente Trump, es inviable, pero también lo es cuando consideramos el efecto disruptivo que tendría sobre la compleja red de intercambios productivos que cotidianamente se dan entre las plantas ubicadas en México y las radicadas en Estados Unidos.

Entonces, ¿qué riesgo tenemos de una fuga de empresas ligadas al sector de las IMMEX? Si éstas son el mejor implante posible de la economía norteamericana en nuestra tierra, bajo un clima excepcional que les ha permitido durante seis décadas expandir ganancias y acumular capital; que ni antes, ni ahora y menos en el futuro podrán fructificar en tierras estadounidenses, porque ello significaría una inflación de costos, que el mercado mundial no es capaz de tolerar.

Ante todo lo anterior, de dónde nace esa noción de minusvalía que durante el periodo neoliberal bajo la amenaza de la fuga de inversiones nos llevó a regalar nuestro tesoro más preciado que no es otro que el trabajo de millones de nuestros trabajadores.

Tengámonos confianza, las inversiones extranjeras no han sido ni tienen como referente un carisma franciscano, han estado entre nosotros aprovechando para bien y para mal las capacidades de nuestras personas trabajadoras en todas sus puestos y posiciones y si nuestro potencial para crear valor en el contexto internacional no decae, debemos desterrar la idea de que nos abandonarán.
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