Para leer con: “Once in a Lifetime”, de Talking Heads
El futuro empezó cuando dejamos de discutir y sacamos el teléfono.“Déjame preguntarle a la IA”, decimos, como si un sabio invisible entrara a la conversación.
Hace unos días hablaba con Mario Campos sobre Batalla por la verdad, su nuevo libro, y comentó que en cinco años, casi cualquier proceso cotidiano tendrá algún vínculo con la IA (Inteligencia Artificial). Pediremos una beca, compraremos un seguro o discutiremos un análisis clínico después de que un algoritmo haya metido las narices ahí.
En un principio, este apunte parece desmesurado, pero basta repasar la jornada para notar que la IA (Inteligencia Apócrifa) ya se coló en varias tareas. Conozco personas que la usan como sustituto de buscadores para preguntar el signo astrológico de Mbappé. Hay otras que empiezan a conversar con la IA (Inteligencia Aduladora) sobre asuntos que antes confiaban a otra persona.
Pero hay un cambio en otro carril que ocurrirá de manera más discreta. La IA (Inteligencia Amaestrada) está mudando el espacio de la autoridad.
Históricamente confiamos el destino de la sociedad organizada a personas que dedican su vida al saber. Ahí están el médico, la maestra, el mecánico, la abogada y los expertos que con miles de horas de vuelo pueden poner su experiencia al servicio de otros. Cada especialista consolidaba su autoridad cuando alguien lo recomendaba, sus pacientes o clientes regresaban y, especialmente, le hacían caso.
Ahora apareció un espontáneo que responde en segundos, escribe con letra legible y no baja la voz para reconocer que está improvisando.
El dentista explica una endodoncia y el paciente saca el teléfono para pedir una traducción al idioma de la gente que paga endodoncias. El profesor corrige un ensayo y el alumno presenta una defensa acompañada por pies de página que jamás leyó. El mecánico anuncia que el problema está en la flecha y el dueño consulta a su asesor digital para descubrir que el automóvil posee una y que, al parecer, no sirve para lanzar nada.
El desacuerdo contemporáneo ya tiene su frase oficial. “Pero la IA (Inteligencia Aproximada) dice otra cosa”.
Las máquinas se equivocan, pero nosotros también y con una experiencia bastante más larga. La novedad aquí es la velocidad de una respuesta bien redactada que da el gatazo. Confundimos acopio de información con conocimiento, seguridad verbal con certeza y velocidad con inteligencia.
La IA (Inteligencia Aparente) está convirtiendo cada duda cotidiana en una pequeña, pero crónica dependencia. Para cuando un experto termina de decir “tal vez”, la pantalla ya ofreció cinco causas, tres remedios y una tranquilidad como siempre la quisimos, inmediata y gratis. En periodismo aprendemos que el “tal vez” debe pasar por la duda, la investigación y el rigor de verificar.
Por eso, con otra inteligencia en la habitación, los especialistas humanos tendrán que aprender otra forma de autoridad. El diploma seguirá en la pared, aunque ya no dejará en silencio la habitación. Médicos, docentes, abogados y mecánicos deberán mostrar su método, explicar cómo llegaron a una conclusión y reconocer sus dudas frente a personas que acudirán acompañadas por una segunda opinión digital.
Eso puede mejorar las cosas. La IA (Inteligencia Arrogante) puede enseñarnos a exigir fuentes, comparar argumentos y abandonar la costumbre de creer por costumbre. También puede convertirnos en feligreses de una pantalla que siempre contesta, incluso cuando se queda sin respuesta.
Mario tiene razón. Todo pasará por la IA. Tendremos más respuestas que en cualquier otra época y, precisamente por eso, la verdadera inteligencia consistirá en saber cuáles no creer.