Se cumplen veintinueve años del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Aquel mes de julio de 1997 marcó un antes y un después en la historia de España. Millones de ciudadanos salimos a la calle con la esperanza de que ETA no consumara su amenaza. No fue así. Recuerdo perfectamente dónde estaba cuando conocí la noticia. Como tantos españoles, sentí impotencia, rabia y un profundo dolor.
Con el paso del tiempo, lejos de apagarse, hay una pregunta que sigue creciendo en mi interior: ¿qué debe hacer un Estado democrático cuando una organización terrorista pone precio a una vida humana?
La respuesta inmediata parece sencilla: jamás ceder al chantaje. Si un Estado negocia bajo amenaza, corre el riesgo de incentivar nuevos secuestros y nuevos asesinatos. Esa fue la lógica que defendió entonces el Gobierno de José María Aznar y que compartieron muchos demócratas.
Pero casi tres décadas después creo que también es legítimo formular otra pregunta, igual de incómoda: ¿hasta dónde debe llegar un Estado para intentar salvar una vida?
Porque la vida humana tiene un valor absoluto. No hablamos de una estrategia política ni de una victoria o una derrota frente al terrorismo. Hablamos de un joven de veintinueve años que aún podía ser salvado.
La historia añade otra dimensión al debate. Con el paso de los años, muchos presos de ETA fueron siendo acercados a cárceles del País Vasco dentro de la legalidad, y otros han ido recuperando la libertad tras cumplir sus condenas. Eso no significa que el Gobierno de entonces actuara mal ni que hubiera debido ceder al ultimátum de ETA. Significa, simplemente, que el tiempo obliga a hacerse preguntas que en aquel momento parecían imposibles.
Como padre, hay una que no consigo apartar de mi cabeza. Si quien hubiera estado secuestrado hubiese sido el hijo del presidente del Gobierno, ¿se habría tomado exactamente la misma decisión? No tengo la respuesta, y probablemente nadie la tenga. Pero creo que una democracia madura no debe tener miedo a plantearse los dilemas más difíciles.
Porque recordar a Miguel Ángel Blanco no consiste únicamente en homenajear su memoria. También consiste en preguntarnos, con serenidad y sin sectarismos, cómo debe actuar un Estado cuando la firmeza institucional y el valor infinito de una vida humana parecen entrar en conflicto. @mundiario