La nueva prioridad de Pete Hegseth al frente del Ministerio de Guerra de EE UU no es sobre otro despliegue geopolítico o reorganización de armamento, sino el rendimiento físico y hormonal de los soldados. El Pentágono implantará un cribado de niveles de testosterona en las Fuerzas Armadas, una medida inédita impulsada por la Administración Trump.
Sus promotores defienden el plan como una herramienta de optimización biológica esencial para el combate, desplazando el foco tradicional de los presupuestos de defensa hacia la salud reproductiva y el rendimiento del personal. El programa está destinado a la detección de deficiencia de testosterona entre los militares, una medida que, según sus promotores, busca garantizar que las tropas operen en su “mejor estado absoluto”.
Aunque el anuncio se centra en cuestiones médicas, sus implicaciones alcanzan aspectos operativos, científicos, políticos e incluso culturales. El debate no gira únicamente en torno a una hormona, sino sobre cómo entiende Estados Unidos la preparación de sus fuerzas armadas para los conflictos del siglo XXI.
El plan establece que todos los militares de 30 años o más serán sometidos anualmente a pruebas de testosterona como parte de sus revisiones médicas obligatorias, mientras que los efectivos menores de esa edad podrán solicitar voluntariamente el examen. En caso de detectarse una deficiencia hormonal clínicamente significativa, los militares podrán acceder, también de forma voluntaria, a tratamientos de reemplazo de testosterona. Hegseth insistió en que la iniciativa “no se trata de mejoras artificiales”, sino de identificar y tratar “problemas médicos” que puedan reducir el rendimiento físico, psicológico y cognitivo de quienes sirven en las Fuerzas Armadas.Según explicó el secretario de Guerra, los campos de batalla actuales exigen soldados “fuertes, resilientes y capaces”, además de una “máxima preparación psicológica y mental”, argumentos que justifican, a juicio del Pentágono, la creación del programa.
El contexto: una Administración que quiere cambiar el enfoque sanitario
Durante los últimos meses, distintos responsables de la Administración Trump han defendido flexibilizar el acceso a los tratamientos hormonales masculinos. El secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., ha impulsado cambios regulatorios para facilitar la prescripción de geles, inyecciones, parches y otros tratamientos con testosterona.
En paralelo, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) ha planteado revisar algunas de las restricciones existentes sobre estos medicamentos, tradicionalmente reservados para pacientes diagnosticados con hipogonadismo, una enfermedad caracterizada por una producción anormalmente baja de testosterona.
La filosofía del Gobierno consiste en considerar que un mayor acceso a estos tratamientos podría mejorar determinados problemas de salud masculina cuando exista una deficiencia clínicamente acreditada.
Aquí aparece uno de los principales focos de discusión. Existe un amplio consenso médico en que la testosterona disminuye progresivamente con la edad y que niveles anormalmente bajos pueden provocar síntomas como la pérdida de masa muscular, la disminución de la libido, la disfunción eréctil, alteraciones del estado de ánimo, la reducción de la densidad ósea y una menor capacidad física.Diversos estudios recientes también han encontrado beneficios del tratamiento en pacientes correctamente diagnosticados, especialmente en aspectos relacionados con la función sexual, el estado de ánimo y la fuerza muscular. Además, la FDA eliminó recientemente una antigua advertencia reforzada sobre un posible incremento del riesgo cardiovascular tras nuevas investigaciones. Sin embargo, buena parte de las sociedades médicas mantienen una posición prudente.
Las guías clínicas generalmente no recomiendan realizar análisis masivos de testosterona en hombres sanos, sino únicamente cuando existen síntomas compatibles y dos análisis sanguíneos independientes confirman niveles bajos de la hormona. La razón es sencilla: la testosterona fluctúa de forma natural durante el día y puede variar considerablemente según el momento de la extracción, el descanso, el estrés o incluso la alimentación. Por ello, los especialistas consideran que interpretar correctamente los resultados requiere un protocolo clínico riguroso.Un Ejército que ya había tenido problemas con la testosterona
Paradójicamente, el propio Ejército estadounidense ha afrontado recientemente problemas relacionados precisamente con el uso de testosterona. Las unidades de operaciones especiales, especialmente los Navy SEAL, fueron objeto de investigaciones tras descubrirse un consumo de sustancias hormonales destinadas a mejorar el rendimiento mucho más extendido del que se conocía públicamente. El caso adquirió notoriedad después de la muerte de un recluta durante un entrenamiento en 2022.La investigación reveló la presencia de testosterona y otras sustancias destinadas al desarrollo muscular, lo que llevó posteriormente a la Marina estadounidense a implantar controles específicos para detectar compuestos relacionados con esta hormona.
Secretary Hegseth says he's rolling out a new screening program for “testosterone deficiency” among troops, calling it necessary to allow them to operate at their "absolute best.”
— ABC News (@ABC) July 15, 2026
Associate Professor of Urology, Dr. Helen L. Bernie, explains why low testosterone levels are a… pic.twitter.com/coe0MP7oSp
Por ello, Hegseth insiste en diferenciar claramente el nuevo programa médico de cualquier política de mejora artificial del rendimiento, sosteniendo el Pentágono que el objetivo oficial es diagnosticar problemas de salud y tratarlos médicamente, no aumentar artificialmente las capacidades físicas de los soldados.
Esta medida también está cargada de simbolismo político, ya que la propuesta refleja el enfoque ideológico que Hegseth ha imprimido al Departamento de Defensa desde su llegada al cargo. El secretario ha defendido reiteradamente que el Ejército debe recuperar estándares físicos más exigentes y ha criticado algunas políticas implementadas durante años anteriores.
En ese contexto se inscriben otras decisiones recientes, como la eliminación de la obligación de vacunación contra la gripe para los militares o su oposición a determinadas políticas relacionadas con las tropas transgénero. De este modo, el anuncio de los exámenes hormonales ha sido interpretado por algunos sectores como una continuación de esa filosofía, la cual está orientada a reforzar una visión del rendimiento militar basada en la condición física y la preparación individual.La iniciativa también ha recibido objeciones desde el ámbito político y sanitario. La senadora Tammy Duckworth, veterana de la guerra de Irak, ironizó señalando que el programa le parecía “atención de afirmación de género”, aludiendo a la oposición previa de Hegseth a determinados tratamientos para militares transgénero.
Por su parte, la congresista y veterana de la Fuerza Aérea Chrissy Houlahan sostuvo que el proyecto refleja la influencia de determinados sectores del debate público estadounidense sobre masculinidad y salud. Debido a esto, ambas legisladoras defendieron ampliar cualquier programa de evaluación hormonal tanto a hombres como a mujeres, argumentando que los problemas hormonales afectan también al personal femenino y pueden influir en la fertilidad o en el rendimiento durante determinadas etapas de la vida.
El debate abierto por el Pentágono va más allá del tratamiento de la testosterona, ya que representa una nueva forma de entender la preparación de las Fuerzas Armadas, donde la optimización de la salud individual adquiere un peso comparable al entrenamiento físico tradicional, la tecnología o la modernización del equipamiento. Sin embargo, para sus críticos, el programa se adelanta a la evidencia científica disponible y corre el riesgo de medicalizar procesos fisiológicos normales asociados al envejecimiento. @mundiario