HUB
Publicidad Responsiva - Banner Superior
Radar Inteligente
Mundiario 15 Jul, 2026 19:46

Las dos herencias de Argentina

Quiero intentar explicar una sensación que probablemente comparten muchos españoles, aunque no siempre sepan expresarla. Argentina nos resulta cercana y familiar, pero al mismo tiempo determinadas formas públicas nos producen una distancia que no sentimos con igual intensidad ante otros países de Hispanoamérica. No es rechazo a Argentina como nación, sino una dualidad difícil de explicar: reconocemos una parte de nosotros mismos y, a la vez, percibimos comportamientos que sentimos ajenos a nuestra tradición.

No hablo de Argentina en su conjunto. Sería absurdo hacerlo cuando allí existe una inmensa comunidad española y cuando tantas familias argentinas proceden directamente de Galicia, Asturias, el País Vasco, Andalucía, Castilla o Canarias. Hablo de una parte de su personalidad pública, especialmente visible en la política, los medios y el fútbol: la altanería, la provocación, la marrullería, la exageración del mérito propio y la necesidad de construir un relato que desacredite al adversario.

Argentina no procede de una sola herencia. Sobre una base profundamente española se asentaron después grandes corrientes migratorias, particularmente la italiana, que transformaron su habla, sus gestos, sus costumbres y también sus formas de relación. Porque las inmigraciones no transportan únicamente apellidos, recetas o músicas. Trasladan hábitos, memorias colectivas, maneras de competir y formas de entender el poder.

España llevó a América una lengua, un Derecho, instituciones, universidades, hospitales, órdenes religiosas y una concepción humanista y cristiana de la sociedad. También transmitió un ideal cultural representado por el caballero español: la hidalguía, el valor, la nobleza, la palabra dada y la voluntad de afrontar el peligro de frente. Para ponerse delante de un toro hace falta valentía; para reconocer una derrota, dignidad; y para vencer sin humillar, verdadera grandeza.

Italia aportó una cultura extraordinaria, imposible de negar, pero también desarrolló en determinados territorios prácticas históricas que tampoco pueden ocultarse. La Camorra, la Cosa Nostra y la ’Ndrangheta no son invenciones ni tópicos: son organizaciones que han practicado la extorsión, el control económico, el silencio impuesto y la protección de los propios intereses mediante redes cerradas de poder.

Tampoco parece casual que algunos de los primeros mecanismos organizados de desprestigio contra España surgieran precisamente en la Italia medieval y renacentista. Historiadores como Sverker Arnoldsson situaron allí los primeros fundamentos de la Leyenda Negra, vinculados inicialmente a la competencia contra comerciantes catalanes y aragoneses y, posteriormente, al rechazo del dominio político español. Ingleses y neerlandeses aprovecharían y amplificarían después aquel relato.

No estoy diciendo que los descendientes de italianos sean mafiosos. Sería una falsedad y una injusticia. Digo algo mucho más sencillo: los pueblos transmiten cultura y la cultura condiciona comportamientos. Argentina recibió distintas herencias, y no todas encajan del mismo modo con lo que muchos españoles entendemos por hidalguía, caballerosidad y nobleza.

El fútbol ha vuelto a poner esta cuestión en primer plano. Argentina posee un talento extraordinario y Messi es uno de los mejores jugadores de la historia. Pero determinadas actitudes —la provocación, el desprecio al rival, la presión sobre el árbitro o la conversión de la viveza en una virtud— generan un rechazo creciente. No se discute el talento; se cuestionan las formas.

Quizá este artículo sirva para poner palabras a lo que muchos sienten. Queremos a la Argentina que reconocemos como parte de nuestra familia hispánica, heredera de una historia y unos principios comunes. Pero nos alejamos de aquellas conductas que consideramos más próximas a la marrullería que a la nobleza, más interesadas en dominar el relato que en demostrar la verdad y más alejadas del viejo ideal del caballero español.

Argentina sigue siendo un país hermano. Precisamente por eso conviene entender que dentro de ella conviven varias herencias. Una nos acerca profundamente; otra explica, al menos en parte, unas formas que provocan distancia y que no aparecen con igual intensidad cuando España mira hacia otros pueblos de Hispanoamérica. @mundiario

 

Contenido Patrocinado