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Radar Inteligente
El Imparcial 20 Jul, 2026 07:34

Tardé años en descubrir quién estaba tomando las decisiones por mí

Un día, por fin, dejé de castigarme por algunas de las decisiones más importantes de mi vida. Por primera vez no me pregunté por qué había elegido tan mal. Me animé a hacerme una pregunta distinta, una que no buscaba un culpable sino una comprensión un poco más profunda: ¿Qué parte de mí fue la que eligió?

Hasta entonces revisaba mi historia como si todas mis decisiones hubieran sido el resultado de un razonamiento sereno y consciente.

¿Cómo pude enamorarme de esa persona?, ¿por qué insistí durante tanto tiempo en un trabajo que me apagaba?, ¿qué me llevó a sostener proyectos que hacía rato habían dejado de hacerme bien?

Miraba hacia atrás con una mezcla de incredulidad y reproche, como si el hombre que había tomado aquellas decisiones fuera alguien a quien ya no reconocía. Con los años empecé a sospechar que casi nunca elegimos únicamente desde la conciencia. Elegimos con toda la historia que llevamos a cuestas.

Elegimos desde nuestras heridas, nuestros miedos, nuestras carencias, nuestros aprendizajes y también desde aquello que, silenciosamente, sigue esperando ser visto, reconocido o reparado.

Entonces la pregunta deja de ser “¿qué elegí?”, para transformarse en otra mucho más reveladora: “¿Desde dónde elegí?”.

La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la mirada.

Hay personas que buscan desesperadamente ser elegidas porque alguna vez se sintieron invisibles. Otras permanecen durante años en relaciones que dejaron de hacerles bien porque el miedo al abandono pesa más que el sufrimiento cotidiano.

Algunos viven intentando demostrar su valor a través del trabajo, convencidos de que sólo serán queridos si producen, si rinden, si nunca decepcionan. Otros dedican la vida a salvar a quienes los rodean porque, sin saberlo, siguen esperando que alguien venga, por fin, a rescatarlos a ellos.

Sentimos que decidimos libremente cuando, en realidad, una parte de nuestra historia lleva mucho tiempo inclinando la balanza. Y hay algo todavía más inquietante. Cuando elegimos desde una herida, esa herida no sólo influye sobre la decisión. También condiciona la manera en que interpretamos la realidad.

Nos cuesta aceptar lo que está ocurriendo porque hacerlo implicaría renunciar a la ilusión de que esta vez sí obtendremos aquello que llevamos años buscando. Seguimos insistiendo en una relación que ya mostró todo lo que tenía para mostrar. Justificamos lo injustificable. Esperamos cambios que nunca llegan.

Vemos señales, pero elegimos no mirarlas de frente porque hacerlo nos obligaría a enfrentar un dolor mucho más antiguo que esa relación, ese trabajo o ese proyecto. El problema entonces ya no es la elección.

Es que esa elección termina convirtiéndose en una forma de evitar mirarnos a nosotros mismos. Tal vez por eso solemos decir que el amor es ciego. Pero muchas veces no es el amor el que no ve, sino la esperanza.

La esperanza de que esta vez alguien llenará el vacío, reparará la ausencia o devolverá aquello que alguna vez faltó. Mientras esa esperanza siga viva, aceptar la realidad resulta demasiado doloroso. Y quedamos atrapados en un ciclo que intenta conseguir una y otra vez aquello que alguna vez faltó: ser vistos, ser elegidos, sentirnos suficientes o no volver a ser abandonados.

El problema es que, intentando reparar el pasado, muchas veces terminamos reproduciéndolo. Elegimos personas, trabajos o proyectos con la esperanza de cerrar una vieja historia y, sin advertirlo, volvemos a escribir el mismo capítulo con protagonistas diferentes. Tal vez por eso hay decisiones que se repiten con una precisión desconcertante. Cambian los nombres, las ciudades, las circunstancias, pero la sensación termina siendo la misma.

No porque estemos condenados a tropezar siempre con la misma piedra, sino porque todavía no alcanzamos a comprender qué parte de nuestra historia sigue buscando, en el lugar equivocado, una respuesta que nunca podrá venir desde afuera.

Sin embargo, con el tiempo descubrí que incluso esa pregunta estaba incompleta. No alcanza con preguntarnos desde dónde elegimos sino con qué información elegimos.

Muchas decisiones que hoy parecen errores fueron, en aquel momento, la mejor respuesta que pudimos construir con la persona que éramos, la información que teníamos y el mundo que alcanzábamos a comprender.

Juzgar aquellas decisiones únicamente desde el conocimiento que adquirimos años después puede ser otra forma, más sofisticada, de seguir castigándonos.

Quizá crecer no consista en dejar de equivocarnos sino comprender que cada elección nace de una historia, de un contexto, de nuestros vínculos, de nuestros miedos, de la información disponible, de aquello que ignorábamos y también de un componente de azar que nunca terminamos de controlar.

Comprenderlo no cambia el pasado, pero cambia a quien volverá a decidir mañana. Ya no necesitamos condenar al joven que fuimos por no saber lo que sólo podía aprender viviendo.

Y llega un momento en que la comprensión reemplaza al reproche, y aparece alguien que durante mucho tiempo había permanecido en silencio.

Nosotros.

Juan Tonelli

Escritor y conferencista

Autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.

www.youtube.com/juantonelli

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