
Cuando se pregunta cómo se combate de manera eficaz una conducta no deseada, casi siempre la primera respuesta que se obtiene es “imponiendo una sanción, un castigo”. Y si se cuestiona qué hacer en caso de que la imposición del castigo no haya sido eficaz en el propósito de disuadir a los que incurren en la conducta, la respuesta suele ser: “incrementar el castigo”.
Que ofrezcamos tales respuestas resulta más o menos inevitable. En efecto, lo que ocurre es que hemos sido educados, desde que nacimos, en la idea de que la conducta humana se moldea a partir de un esquema de premios y castigos: si hacemos “lo correcto”, recibimos un premio; si, por el contrario, optamos por “lo indebido”, seremos castigados.