El ataque de ayer en un bar clandestino cercano al Tecnológico de Cuautla vuelve a colocar sobre la mesa un problema que preferimos no mirar de frente: la relación entre alcohol, espacios de consumo informal y violencias. No es un hecho aislado. Alrededor del campus Chamilpa de la UAEM ocurre algo similar: bares con licencia conviven con puntos clandestinos que operan en la sombra, sin regulación municipal efectiva. Y la pregunta es inevitable: ¿quién regula estos espacios? En teoría, los municipios. En la práctica, la supervisión es irregular, fragmentada y, muchas veces, reactiva.
Y aquí apenas estamos hablando de los lugares cercanos a escuelas donde miles de jóvenes representan un mercado jugoso para grupos que se benefician de alentar el consumo. En todo caso, reducir el problema a la autoridad municipal sería simplificarlo. Lo que está en juego es más profundo: la corresponsabilidad social en torno al consumo de alcohol y la normalización de prácticas que, aunque cotidianas, están vinculadas a dinámicas de riesgo.
Alcohol y delitos: una relación documentada
Los datos disponibles muestran que el vínculo entre alcohol y delitos en Morelos no es una percepción, sino una tendencia documentada. El Inegi ha señalado que el consumo de sustancias —en particular el alcohol— está estrechamente relacionado con conductas antisociales, delitos y muertes en la entidad.
En Cuernavaca, por ejemplo, 63% de la población encuestada declaró consumir alcohol, y este consumo se observa de manera recurrente en espacios públicos, lo que incide en comportamientos irregulares y en la comisión de faltas y delitos, esto según datos del propio Inegi dados a conocer en septiembre de 2025.
No se trata de moralizar. Lo digo desde la experiencia personal: soy una persona que se reconoce alcohólica. El punto no es la condena, sino la comprensión de un fenómeno que atraviesa dimensiones institucionales, psicológicas y culturales.
Violencias que se acumulan
La literatura académica sobre violencias —particularmente la que estudia el machismo, la masculinidad hegemónica y el consumo de sustancias— ha mostrado que el alcohol funciona como acelerador emocional y conductual. No crea la violencia, pero la desinhibe, la magnifica y la desborda.
En contextos donde ya existen:
- violencias institucionales,
- presiones económicas,
- ansiedades sociales,
- modelos masculinos basados en la fuerza y el dominio,
el alcohol opera como un catalizador que convierte tensiones latentes en estallidos. Y esos estallidos, en Morelos, se traducen en delitos, riñas, agresiones y, en no pocos casos, homicidios, o peor aún, feminicidios. El 63 por ciento de los feminicidios, según datos del gobierno de Morelos, son cometidos dentro de sus propios hogares, a manos de aquellos que dicen amar a esas mujeres.
La adicción como síntoma social
La pregunta de fondo es incómoda: ¿de dónde viene esta necesidad de la adicción? No solo la toleramos: la alentamos. La celebramos en fiestas, la normalizamos en la convivencia, la convertimos en parte del paisaje emocional de la vida adulta.
Pero la adicción —al alcohol, a las drogas, a la evasión— es también un síntoma de algo más grande: una sociedad que produce estrés, soledad, frustración y violencia, y que ofrece el alcohol como una válvula de escape accesible, barata y socialmente aceptada.
En ese sentido, el consumo no es solo un acto individual: es un acto socialmente inducido. Y claro aquí supongo que algunos de quienes me leen saltarán diciendo, pero también económicamente inducido. Claro, no estoy escapando a las estructuras económicas, hay un mercado, hay enajenación, hay consumo.
Hombres como bombas de tiempo
La evidencia académica es clara: los hombres, socializados en modelos de masculinidad rígida, tienden a canalizar emociones a través de la agresión, la impulsividad y la externalización del malestar. El alcohol, en ese marco, no solo desinhibe: desestructura.
Por eso, en Morelos —como en buena parte del país— los delitos asociados al alcohol tienen un componente marcadamente masculino. No porque los hombres sean “malos”, sino porque han sido formados en un sistema que les enseña a no gestionar emocionalmente su dolor, su miedo o su frustración.
El resultado: bombas de tiempo.
Clandestinos, regulación y responsabilidad colectiva
Volvamos a los bares clandestinos. Sí, los municipios deben regular. Sí, la autoridad debe supervisar. Pero también es cierto que estos espacios existen porque hay demanda, porque hay jóvenes y adultos que los buscan, porque la sociedad los tolera y porque el alcohol sigue siendo la droga legal más extendida y más dañina.
La pregunta no es solo quién permite que existan. La pregunta es por qué los necesitamos.
Hacia una discusión más honesta
Morelos necesita una conversación más profunda sobre:
- el consumo de alcohol,
- las violencias que lo rodean,
- la masculinidad que lo sostiene,
- la regulación que lo ignora,
- y la sociedad que lo normaliza.
No es moralismo. No es prohibicionismo. Es salud pública, cultura, psicología y violencia estructural.
Y mientras no tengamos esa conversación, los bares clandestinos seguirán ahí, los delitos seguirán vinculados al alcohol y las bombas de tiempo seguirán estallando.
Referencias
Connell, Raewyn W. (2015). Masculinidades. Universidad Nacional Autónoma de México / Programa Universitario de Estudios de Género (PUEG).
Olavarría, J. (2001). Hombres e identidades de género.
Segato, R. (2016). La guerra contra las mujeres.
Villatoro, J., Medina-Mora, M. E., et al. (varios años). Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT).
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