¿Puede un niño llorar la muerte de un aparato de plástico? Hace un tiempo se conoció la historia de Moxie, un pequeño robot diseñado con inteligencia artificial para acompañar a la infancia, especialmente a niños dentro del espectro autista. Para muchos de ellos, que a veces ven el mundo exterior como un bombardeo de ruidos y rostros impredecibles, ese robot no era un juguete.
Era un puente con la realidad. La máquina no cambiaba de humor, no juzgaba y respondía siempre con el mismo tono de voz, ofreciendo una estabilidad y una paciencia que los humanos, a veces, simplemente no podemos sostener.
Pero de pronto llegó el parpadeo. La empresa detrás del robot se declaró en quiebra y, a miles de kilómetros de distancia, una junta directiva apagó los servidores. En un segundo, la luz cian de los ojos del aparato se volvió blanca. La máquina se convirtió en un bloque de plástico inútil. No fue solo un desastre financiero para las familias que pagaron una fortuna; fue un trauma emocional para miles de pequeños que, de un momento a otro, se quedaron hablando frente a un silencio absoluto.
Las redes sociales se llenaron de videos desgarradores: padres filmando a sus hijos abrazando al robot por última vez, despidiéndose como si alguien entrañable estuviera muriendo. Al ver esas imágenes se siente un vacío extraño. Y es que el ser humano no necesita que algo esté vivo para encariñarse; solo necesita que le responda cuando habla desde la soledad.
Aquí es donde aparece la verdadera grieta de nuestra época. Durante años nos hemos preguntado con temor si las máquinas llegarán a sentir. La pregunta correcta era otra: ¿qué pasa cuando los humanos desarrollamos dependencia emocional hacia algo que legalmente le pertenece a una corporación?
El peligro no está en la tecnología, sino en que permitimos que la intimidad, el consuelo y el afecto de los hijos se conviertan en un modelo de negocio sujeto a términos, condiciones y quiebras financieras.
Entre tanta frialdad corporativa, ocurrió un gesto profundamente humano. Un ingeniero de la empresa, incapaz de soportar el dolor que vendría para esas familias, filtró el código del robot en internet antes de que fuera borrado.
Así, un padre de familia, sin saber nada de programación, pasó noches enteras frente a una computadora intentando revivir de forma casera la voz que su hijo no estaba listo para perder. Logró encenderlo, pero ahora el aparato funciona solo, desconectado de la gran red, limitado y con lagunas en su memoria.
Hoy, ese niño abraza a su amigo recuperado sin saber que la tecnología que nos conecta es también la que nos vuelve vulnerables. Hemos creado el confidente perfecto, pero olvidamos que detrás de sus ojos digitales siempre hay alguien mirando.
La tragedia no es que una máquina haya dejado de funcionar, sino descubrir que en este mundo moderno, hasta nuestra necesidad más pura de consuelo puede apagarse con un interruptor financiero.
(Este artículo es una adaptación breve del texto original publicado en el Substack: El umbral de las palabras, de Claudia Gómez).
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