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Vanguardia 13 Mar, 2026 10:39

El confuso desenlace de la guerra de Irán

Por Shlomo Ben-Ami, Project Syndicate.

TEL AVIV- La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán viola flagrantemente el derecho internacional. Pero lo mismo ocurrió con casi todas las demás guerras desde la adopción en 1945 de la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza excepto en defensa propia o, como en los casos de la Guerra de Corea (1950-53) y la Primera Guerra del Golfo (1990-91), con la autorización del Consejo de Seguridad. Lo que distingue a la guerra actual contra Irán no es su ilegalidad, sino más bien la falta de un objetivo claro o alcanzable.

En Estados Unidos, los funcionarios han oscilado entre enfatizar el cambio de régimen y sugerir que la operación se limitará a la destrucción selectiva de instalaciones nucleares y de misiles balísticos, así como de la marina iraní. Por su parte, el presidente Donald Trump ha pedido la rendición incondicional, insistiendo en que Irán designe un nuevo liderazgo “aceptable”. Pero también ha afirmado que Estados Unidos ya ha “ganado en muchos sentidos” en Irán -solo que no “lo suficiente”.

Trump claramente quiere evitar un conflicto militar prolongado, que erosionaría el apoyo de su base aislacionista MAGA. Al mismo tiempo, necesita limitar la crisis energética: los precios del crudo Brent ya han subido un 29%, alcanzando casi 120 dólares por barril. No se puede decir lo mismo de Israel, que ha venido atacando las instalaciones petroleras de Irán, incluidos los depósitos de combustible en la densamente poblada Teherán, como parte de una estrategia de “guerra total”.

Estados Unidos también parece estar mucho más preocupado que los israelíes por el impacto de la guerra en sus aliados del Golfo. A diferencia de Israel y Trump, que quieren participar en la elección del líder de Irán, los estados del Golfo reconocen la lógica errónea que subyace a la guerra. Intentaron facilitar una solución diplomática antes de que comenzaran los ataques, no por simpatía hacia la República Islámica, sino porque sabían que ellos serían los más afectados por las represalias de Irán. Ahora, los ataques iraníes contra las bases militares estadounidenses y las instalaciones petroleras del Golfo están socavando la imagen que estos países han logrado con tanto esfuerzo como lugar seguro para los negocios internacionales -algo crucial para sus esfuerzos por diversificar sus economías y alejarlas del petróleo-. Si Irán ataca sus yacimientos petrolíferos, los mercados energéticos globales enfrentarían una agitación aún mayor.

En términos más generales, los países del Golfo entienden que el cambio de régimen es un largo proceso histórico, que la guerra bien podría no acelerar, y que las exigencias de rendición incondicional pueden prolongar la lucha y aumentar los costos. Tras la derrota de los atenienses sobre los antiguos persas en la batalla de Salamina (480 a. C.), demostraron la sabiduría de no insistir en la sumisión total -una decisión que allanó el camino para un eventual acuerdo diplomático.

Por el contrario, como ha demostrado el historiador Ian Kershaw, las exigencias de los aliados de una rendición total de la Alemania nazi pueden haber empujado al régimen a seguir luchando hasta el trágico final. Irán hoy está mostrando una actitud desafiante similar. No solo ha elegido a otro radical, el ayatolá Mojtaba Khamenei, como su nuevo líder supremo, sino que el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica también ha desestimado el anuncio del presidente Masoud Pezeshkian de que Irán dejaría de atacar a los estados del Golfo.

Para la República Islámica, esta guerra es existencial, por lo que está recurriendo a todos los medios a su alcance. Más allá de sus ataques a la infraestructura energética, ha cerrado efectivamente el estrecho de Ormuz, la única vía de transporte de alrededor del 20% del petróleo y del gas natural del mundo (incluidas las propias exportaciones de Irán). También ha amenazado con ampliar el conflicto más allá de Oriente Medio, apuntando a una base aérea británica en Chipre y lanzando un misil balístico al espacio aéreo de Turquía. Dado que Irán posee casi 1.000 libras de uranio enriquecido al 60%, los riesgos nucleares están aumentando con celeridad.

Si la República Islámica acaba cayendo, hay pocos motivos para esperar una transición ordenada hacia un gobierno más moderado. Es mucho más probable que se produzca una caída en el caos, el extremismo y la violencia. Cualquier grupo radical que surja podría terminar en posesión del material nuclear de Irán -un riesgo que ningún acuerdo internacional podría contener-. Un Irán nuclear también desencadenaría una carrera armamentística nuclear en la región, en la que países como Turquía y Arabia Saudita se apresurarían a fabricar la bomba.

Incluso una victoria decisiva de Estados Unidos e Israel sería un acontecimiento poco deseable para los estados del Golfo, así como para países como Egipto y Turquía. Quieren a Israel como socio, no como un poder hegemónico regional. Más fundamentalmente, la perspectiva de que potencias externas derroquen regímenes que no les gustan (o apoyen levantamientos populares) dista mucho de ser atractiva para las autocracias árabes.

No se sabe en qué momento de este proceso el caprichoso Trump buscará una salida, declarando una victoria ambigua y desviando su atención hacia otros asuntos. Cuatro consideraciones clave determinarán sus cálculos: los precios de la energía, el mercado de valores, las elecciones de mitad de mandato y su próxima cumbre con el presidente chino, Xi Jinping. Sin duda, esperaba controlar casi el 30% de las reservas mundiales de petróleo (las de Venezuela e Irán) para cuando se reuniera con Xi. Por desgracia, Irán es un hueso mucho más duro de roer que Venezuela, y Trump debe moderar sus expectativas poco realistas.

Pero volver a meter al genio en la lámpara no será fácil, sobre todo porque los dirigentes israelíes no se enfrentan a las mismas presiones políticas que Trump. Décadas de adoctrinamiento han convencido al pueblo israelí de que el régimen iraní es la encarnación del mal y debe ser erradicado. Asimismo, el primer ministro Benjamin Netanyahu considera que la “victoria total” en Irán -así como en Gaza y contra Hezbollah en el Líbano- es parte integral de su legado político, que actualmente está mancillado por promesas incumplidas y acusaciones de corrupción.

El costo de perseguir este objetivo, en gran medida imposible, podría resultar mayor de lo que Netanyahu había previsto. La creciente sensación entre los estadounidenses de que Israel los ha arrastrado a una costosa guerra por elección podría erosionar aún más la ya maltrecha imagen del país, hasta el punto de que la alienación suponga una amenaza estratégica real. Eso es lo último que necesita Israel en un momento en el que se ha posicionado como el único estado de Oriente Medio que rechaza la idea misma de un acuerdo negociado, ya sea sobre Irán o sobre Palestina. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Shlomo Ben-Ami, exministro de Asuntos Exteriores de Israel, es vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz y autor de Prophets Without Honor: The 2000 Camp David Summit and the End of the Two-State Solution (Oxford University Press, 2022).

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