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GlobalVoices 31 Jul, 2026 17:00

Venezuela está en llamas, y debo verlo desde lejos

Cuando Venezuela se desintegra, el exilio significa vivir la pérdida sin la posibilidad de regresar a casa

Originalmente publicado en Global Voices en Español

A poster in the streets of Mexico City: "When did it become a privilege to go home?". Photo by Andrea Paola Hernández. Used with permission.

Afiche en las calles de Ciudad de México. Foto de Andrea Paola Hernández, usada con autorización.

Este artículo es parte de la cobertura especial “Dentro del desastre por el terremoto en Venezuela”, que examina las secuelas de los terremotos, cuenta historias desde el terreno y explora el impacto humano, trabajos de rescate y dificultades que enfrentan las comunidades afectadas. Este artículo también forma parte de la serie Spotlight de julio de 2026 de Global Voices, «Apatridia«, que ofrece una visión detallada del problema de la apatridia y cómo limita la libertad de movimiento, oportunidades educativas, acceso político, y más. Puedes apoyar este reportaje con una donación.

De pocas cosas tenemos certeza como de saber dónde hemos nacido.

El lugar donde nací ha cambiado de nombre muchas veces, pero las coordenadas son las mismas. Mi madre viene de una línea ancestral del pueblo peninsular wayuú, que se remonta a cuando el hombre no había inventado las fronteras. Mis ancestros se han hecho conocidos por resistir ferozmente muchos intentos de colonización, y siguen siendo uno de los pocos grupos indígenas que han resistido Gobiernos, guerrillas, terratenientes, crimen organizado, muchas Iglesias y cambio climático.

Su conexión con la tierra es la que yo heredé: estoy hecha de tierra, y a cambio, la honro y la protejo.

Los vientos de exilio me pusieron en el medio del valle de México a mediados de 2022. La Ciudad de México está construida sobre lagos drenados que amplifican las ondas sísmicas, y es el primer lugar donde estuve cuando la naturaleza me asustó. Ese septiembre, la tierra se sacudió precisamente a la misma fecha y hora en que se había sacudido varias veces antes. Aunque casi no hubo heridos, vi gente que gritaba y corría mientras el músculo de su memoria tomaba el mando. Apenas cinco años antes, en un terremoto de 7.1 grados habían muerto cientos de personas, lo que dejó una marca indeleble en el país.

Aprendí a captar las señales rápidamente: noticias de placas tectónicas y protocolos de emergencia se volvieron normales. Mi exilio me enseñó a ser una humilde invitada de una tierra intrincada. Estar tan cerca del movimiento de la tierra me hizo olvidar la sensación de seguridad.

En mi nueva ciudad, el suelo tiembla a veces, y trato de guardar la calma y seguir instrucciones. Pero los protocolos no me prepararon para ver desde mi teléfono que la tierra se tragaba mi casa.

‘Todo se cayó’

Por lo general, hablo con Gaby por las mañanas, con el canto de las aves de Caracas como fondo de sus llamadas. Pero el 24 de junio, no supe de ella hasta las 16:09 horas. Su mensaje tenía solo una palabra, “terremoto”, seguido de un silencio gigantesco.

Con ese mensaje, encapsuló la peor catástrofe natural de los últimos cien años en Venezuela: dos terremotos en menos de 39 segundos.

Durante ocho largos minutos, traté de guardar la calma hasta que su señal regresó y me contestó el teléfono, con voz asustada: “no puedo hablar”, dijo. “Todo se cayó”, y colgó.

Como la cobertura de noticias es escasa y está restringida en Venezuela, dependemos solo de los medios sociales para cualquier información. Mientras buscaba frenéticamente en todas las plataformas, poco a poco empezaron a aparecer algunos videos.

Había visto a Caracas bombardeada, con gases lacrimógenos, quemada, militarizada, con su poder perdido durante semanas, pero recién ese día entendí plenamente lo que pueden hacer tres décadas de existencia precaria. No podía comparar ese material con nada que hubiera visto antes.

Video tras video en lo que todo lo visible era polvo, cemento, gritos, edificios deshechos en la tierra. No importaba a quién llamara o escribiera, nadie respondía. Traté de identificar zonas de la ciudad en los videos, pero todo estaba cubierto de polvo blanco. Por supuesto, el Gobierno y las plataformas oficiales se negaron a hablar. Un silencio ensordecedor.

Todo lo que podía ver en los perfiles de mis amigos eran personas que bailaban a san Juan, la muy querida celebración afrocatólica y la razón por la que hubiera tanta gente en La Guaira. Vi sus historias en la playa, almorzando, en reuniones y actividades apenas minutos antes de que todo se derrumbara. Y luego, nada.

Mi casa estaba en llamas y todo lo que podía hacer era mirar.

‘Constantemente me recuerdan que soy indeseada’

Como solicitante de asilo en México, estoy obligada a quedarme en mi estado federal hasta que mi caso se resuelva y se apruebe mi residencia (o la nieguen). Para los migrantes venezolanos, este limbo puede durar muchos años: no puedes irte, pero tampoco estás viviendo ahí. No es solo cuestión de suerte; es un sistema diseñado para que la gente no lo consiga. Mi delito es querer existir acá, y el castigo es una prisión cerrada a mano en la que constantemente se me recuerda que son indeseada.

Recuerdo vívidamente la última vez que vi el océano en La Guaira, el día que salí de Venezuela convencida de que regresaba en pocos meses. Ya han pasado cuatro años, y cada día me doy cuenta de que tenía muy seguro el acceso al mar, a ese mar.

Extraño Caracas todos los días. Todo de lo que hablo desde que vivo en Ciudad de México es volver a mi país. Si Venezuela fuera una persona y pudiera verla otra vez, la abrazaría durante horas. Si mis brazos pudieran estirarse lo suficiente y llegar a sus aguas, les daría mis diez dedos a sus costas. Siento el Caribe como una mujer, como dijeron Pablo Herrero y José Luis Armenteros. De un momento a otro, la mujer que amo está sangrando a través de mi pantalla. Después de unos minutos de silencio, oímos el grito.

Vi que el último edificio donde viví en Caracas caía parcialmente, y con esa caída bloques enteros de memoria desaparecieron bajo los escombros mientras las personas que amo tenían que cavar con las manos para encontrar a sus parientes.

El dolor es indescriptible: la naturaleza no se compara con lo que el régimen le ha hecho a los moribundos, cómo han rechazado voluntarios y negado servicios a los suyos. Por su parte, ocho millones de venezolanos en el exterior no pudieron hacer nada más que mirar sus teléfonos y sollozar. Y a mi alrededor, millones de personas en otras tierras, y con otros problemas, participaban en el ritual colectivo de la Copa Mundial de fútbol, sin inmutarse: Venezuela no es una mujer para todos.

Sé esto conscientemente: la vida sigue mientras el mundo se derrumba, mientras estoy atada a una pantalla de seis pulgadas, pensando que los píxeles pueden ayudar a alguien. Sin pasaporte, sin documentos ni dinero, no puedo subir a un avión y usar mis manos para otra cosa. Todo lo que puedo hacer es difundir mensajes y pedir donaciones, pero no puedo abrazar a Gaby. No puedo ayudar a los niños que ahora duermen solos en la calle, con la cara quemada por el sol caribeño del que no pueden escapar si no tienen un techo. No puedo subir a un avión y mover la tierra con los dedos hasta encontrar una respuesta. No puedo unirse a millones de venezolanos que han ido a salvar a su comunidad, no de la fuerza de la naturaleza, sino de un Gobierno que ha confiscado sus donaciones y les ha construido tumbas verticales en las que sus vidas están ahora enterradas para siempre.

Ese es el precio que, digamos, he pagado por escapar de la dictadura. Debo ver a mi gente vivir en carpas, convertir su vida social en esfuerzos de donación mientras yo no puedo estirar los brazos ni hacer que la sal de mis venas se conviertan en olas. Estoy echada en la cama, y el cantar a los pájaros de Caracas ha sido reemplazado vítores del mundial de fútbol que a mí me suenan como un idioma extranjero.

Egoísta, atrapado en estos muros, culpable de tratar de sobrevivir, siento que he abandonado mi tierra. Aunque sé que me la robaron.

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