Fue una decisión más del populismo mexicano: inundar el mercado con automóviles 30% más baratos que el promedio de cualquier vehículo hecho en casa e importar directamente productos de consumo, muchos de ellos por debajo de su costo de producción.
Durante años, México se dejó inundar de mercancías chinas, lo que benefició a los consumidores a costa de afectar a la industria local, a los socios comerciales y a la balanza comercial.
Esa válvula se cerró, pero no por gusto del régimen, al que le importan poco las consecuencias industriales y comerciales con tal de tener consumidores-electores contentos; se limitó la inundación de productos asiáticos como una primera condición para mantener una relación comercial con América del Norte.
En estos tiempos de Trump 2.0 se acabó el juego de tratar de equilibrar la dependencia vital del T-MEC y mantener al mismo tiempo un motor de consumo accesible.
México quedó señalado como la puerta trasera de entrada a Norteamérica para la importación de productos chinos, no solo de consumo, sino de capital e intermedios, y ante ello Washington exigió a México pruebas de lealtad estructural.
Nuestro país es visto como un socio frágil por la incertidumbre jurídica, los cuellos de botella ideológicos en el sector energético y por los graves problemas de corrupción e impunidad. Por eso, la aplicación de aranceles a las importaciones asiáticas era apenas el mínimo indispensable para salvar la relación comercial bilateral.
Pero, mientras se busca complacer a los socios del norte, el mercado interno comienza a resentir el fin de la era de las “puertas abiertas”. Los productos asiáticos siguen a un clic de distancia en las apps de comercio electrónico, pero ya con altos aranceles. Y los autos son más caros, lo que enoja al consumidor y a las empresas chinas que apostaron por el mercado mexicano.
El costo político y social de la decisión mexicana de aplicar aranceles de hasta 50% a más de 1,400 productos provenientes de países con los que no se tiene tratado comercial, básicamente de China, puede ser alto si el gobierno no logra demostrar que este sacrificio del consumidor es por el bien de la industria manufacturera mexicana y como requisito para conservar la relación comercial con Estados Unidos.
Tampoco podemos ignorar al “Dragón herido” y cómo Beijing ha advertido que no se quedará de brazos cruzados. No serán muy amplias las exportaciones mexicanas a China, pero pueden ser dolorosas las represalias arancelarias.
El régimen tuvo que dejar de lado su arriesgada apertura total hacia China para alinearse con Washington, porque es lo que más le conviene al país.
Este fin de la fiesta de los precios bajos es el impuesto indirecto que este gobierno debe cobrar a su base electoral para asegurarse un lugar en la mesa del T-MEC. Claro que levantar muros arancelarios es la parte más sencilla; lo complicado será reconstruir una industria nacional competitiva, a la que poco contribuyen las actitudes autoritarias y los atavismos dogmáticos que impulsa este gobierno.
El régimen parece haber terminado con la ambivalencia de coquetear con China y Estados Unidos. Pero ahora tiene que decidir entre otros dos amores: su autoritarismo de ideología trasnochada o el acceso preferente al mercado más grande del mundo.