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Mundiario 09 Aug, 2026 18:01

El as bajo la manga de Irán frente a la presión de EE UU obliga a Trump a retroceder

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ha entrado en una fase en la que la fuerza militar directa empieza a ceder terreno a la asfixia económica. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha confirmado este 9 de agosto de 2026 que su administración ha decidido "bajar el perfil" a confrontaciones a gran escala. Tras meses de intensos bombardeos recíprocos iniciados en febrero y un bloqueo naval en el golfo Pérsico, Washington ha pausado los ataques masivos para observar cómo una inflación masiva descontrolada y la falta absoluta de liquidez erosionan al régimen de Teherán.

El cambio de tono no detiene las hostilidades, sino que busca capitalizar el impacto del bloqueo en las finanzas de la Guardia Revolucionaria. Aunque el precio del petróleo ha logrado estabilizarse levemente por encima de los 75 dólares por barril, suavizando el golpe económico en Occidente, el Pentágono apoya esta tregua táctica debido a que sus inventarios de municiones y armas de precisión operan en niveles críticamente bajos por el esfuerzo bélico continuo.

“Nos lo estamos tomando con calma”, afirmó Trump en una conversación con Axios. El presidente estadounidense añadió que ambos países están “semi-negociando” y justificó la nueva actitud por la situación económica de Irán: “Estamos simplemente observando a Irán, con su enorme inflación y el hecho de que no tienen dinero”. El mensaje es significativo porque sustituye la amenaza inmediata de nuevos ataques por una estrategia de desgaste. Trump pretende que la combinación de sanciones, bloqueo naval y dificultades económicas termine convenciendo a Teherán de que negociar es menos costoso que mantener la confrontación.

El problema es que Irán conserva una herramienta capaz de elevar considerablemente el precio de esa estrategia: el estrecho de Ormuz. La vía marítima concentra una parte esencial del comercio mundial de petróleo y su bloqueo ha alterado el mercado energético, elevando inicialmente el precio del crudo por encima de los 100 dólares por barril. Aunque posteriormente el precio ha descendido hacia los 75 dólares, el episodio ha demostrado que Teherán dispone todavía de capacidad para trasladar el conflicto mucho más allá de sus fronteras.

La importancia de Ormuz explica buena parte de la dificultad de alcanzar un acuerdo. Para Estados Unidos, reabrir el estrecho supone recuperar una ruta fundamental para el comercio energético internacional. Para Irán, mantenerlo parcialmente cerrado constituye una de las pocas herramientas con las que puede presionar a Washington sin depender exclusivamente de sus capacidades militares convencionales.

Teherán ha endurecido sus condiciones. El secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, Mohammad Bagher Zolghadr, ha reclamado la retirada del bloqueo naval estadounidense, compensaciones por los daños de la guerra, descongelación de activos iraníes, levantamiento de sanciones y el fin permanente de las hostilidades contra Irán y sus aliados regionales. Desde el Gobierno iraní, además, se insiste en que no existen negociaciones directas actualmente con Washington.

El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, ha precisado que los contactos indirectos continúan a través de intermediarios, pero ha advertido de que las conversaciones con Omán sobre la navegación no significan que el estrecho esté abierto. Es una distinción importante: Teherán está dispuesto a discutir un mecanismo para recuperar el tráfico marítimo, pero no quiere entregar esa baza sin obtener previamente concesiones.

Ahí reside uno de los principales obstáculos. Estados Unidos pretende utilizar la presión económica para obligar a Irán a ceder, mientras Irán utiliza Ormuz para demostrar que la presión también tiene un coste para Washington y para el resto de la economía mundial.

Trump descubre el límite de la escalada

La evolución de Trump también refleja ese equilibrio. El presidente estadounidense llegó a amenazar con nuevos ataques de gran intensidad, pero posteriormente retrocedió al considerar que las conversaciones podían ofrecer una salida. Ahora insiste en que “Todo saldrá bien. Siempre sale bien. Es como una partida de ajedrez”.

Una guerra de esta naturaleza no se resuelve únicamente destruyendo objetivos militares. También exige calcular el precio de cada movimiento. Una campaña prolongada puede provocar nuevas perturbaciones energéticas, aumentar la presión sobre los aliados estadounidenses y generar un desgaste político interno precisamente cuando Washington se aproxima a las elecciones legislativas de noviembre.

El propio Trump sostiene que el descenso del precio del petróleo ha reducido parte de ese impacto sobre los consumidores estadounidenses. Pero la experiencia de Ormuz demuestra que la estabilidad energética depende de factores que Washington no controla completamente. Cada semana de bloqueo mantiene una amenaza latente sobre el transporte marítimo, los seguros, las cadenas de suministro y los mercados energéticos.

La administración estadounidense se encuentra así ante una paradoja: necesita mantener la presión sobre Irán sin llevar la confrontación hasta un punto en el que el coste económico de la guerra termine siendo mayor que el beneficio político de mantenerla.

Teherán tampoco dispone de una posición cómoda. La inflación, las sanciones y el aislamiento financiero han deteriorado severamente su economía ya devastada. Trump apuesta precisamente por ese desgaste. La hipótesis estadounidense es que las dificultades internas acabarán debilitando la capacidad iraní para mantener una guerra prolongada.

Pero Irán ha demostrado que puede trasladar parte de ese coste al exterior. El cierre de Ormuz y los ataques contra determinados objetivos marítimos han obligado a buscar rutas alternativas y han dejado a miles de marineros atrapados en la región. Estados Unidos estudia ahora fórmulas para establecer corredores de navegación seguros, incluyendo operaciones de desminado y garantías iraníes de que los buques no serán atacados.

Omán intenta desempeñar un papel de intermediario entre ambas partes. Sus conversaciones con Teherán pueden servir para preparar las condiciones técnicas y jurídicas de una futura reapertura del estrecho. Sin embargo, mientras Irán mantenga sus exigencias y Washington rechace asumir determinados costes económicos, la negociación seguirá bloqueada.

El escenario actual no permite hablar todavía de un acuerdo inminente. Trump ha reducido la amenaza militar, pero no ha levantado la presión económica. Irán, por su parte, no parece dispuesto a reabrir completamente Ormuz sin garantías y concesiones previas.

La cuestión fundamental es quién soportará durante más tiempo el coste de la espera. Estados Unidos dispone de una capacidad económica y militar muy superior, pero necesita limitar las consecuencias sobre los mercados y sobre sus aliados. Irán atraviesa una situación económica mucho más frágil, pero conserva instrumentos estratégicos capaces de hacer que cada escalada tenga repercusiones internacionales.

Por eso el giro de Trump no debe interpretarse como una retirada, sino como un intento de cambiar el terreno de la confrontación. La Casa Blanca quiere que la economía iraní presione a Teherán para aceptar un acuerdo. Irán intenta que el bloqueo de Ormuz haga exactamente lo contrario: demostrar que Estados Unidos también tiene algo que perder. @mundiario

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