Gianni Infantino asumió la presidencia de la FIFA en 2016, tomando el mando tras el escándalo del FIFAgate, con la promesa de recuperar la credibilidad y modernizar el máximo organismo del fútbol mundial. A una década, su gestión ha estado marcada por decisiones que han generado profundas fracturas entre federaciones. Algunas han impulsado el crecimiento económico de la FIFA; otras han abierto un intenso debate sobre la transparencia y el rumbo del deporte más popular del planeta.
La última de las propuestas de Infantino fue el proyecto para escindir los derechos comerciales de la Copa del Mundo y otros torneos FIFA en una filial valorada en aproximadamente 20.000 millones de dólares, con la intención de vender una participación a fondos de inversión privados. La iniciativa provocó un rechazo histórico de UEFA, CONCACAF y la AFC, que advirtieron sobre el riesgo de "vender el principal activo del fútbol" sin consultar previamente a las asociaciones miembro.
Durante la Copa del Mundo 2026 surgieron versiones sobre una supuesta intervención política para modificar la sanción impuesta al delantero estadounidense Folarin Balogun tras una tarjeta roja. La polémica alimentó el debate sobre la independencia disciplinaria de la FIFA, aunque no existe evidencia pública concluyente que confirme una injerencia directa de la Casa Blanca en la decisión.
Infantino pasó varios límites más por sí solo sin consultar, decidió instaurar un reconocimiento especial y concederle al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que generó críticas de las organizaciones defensoras de los derechos humanos. La ONG FourSquare presentó denuncias ante la Comisión de Ética de la FIFA al considerar que la medida vulnera el principio de neutralidad política establecido en los estatutos del organismo.
Otra polémica que instaló el presidente fue la política de precios implementada para los principales torneos de la FIFA, alcanzando niveles sin precedentes, con boletos cuyo coste superó ampliamente el de ediciones anteriores. La estrategia fue criticada por alejar a los aficionados tradicionales y privilegiar la rentabilidad comercial sobre el acceso popular al deporte.
Las políticas migratorias de Estados Unidos, la delegación iraní enfrentó un proceso extraordinario para la obtención de visados, incluyendo entrevistas consulares en terceros países y limitaciones para parte de su personal de apoyo. Aunque la selección pudo disputar el torneo, las restricciones evidenciaron la dificultad de Infantino de organizar una Copa del Mundo en un contexto de tensiones diplomáticas.
El arbitraje no se quedó atrás. El internacional Omar Abdulkadir Artan fue retenido durante varias horas a su llegada a Miami y posteriormente deportado a Estambul pese a contar con documentación vinculada a su participación en el Mundial. La FIFA confirmó que no pudo revertir la decisión de las autoridades migratorias estadounidenses, dejando al colegiado fuera de la competición.
La reducción de un castigo disciplinario que permitió a Cristiano Ronaldo llegar habilitado para disputar la Copa del Mundo generó cuestionamientos sobre la consistencia de los criterios sancionadores aplicados en el fútbol internacional. No obstante, la existencia de una intervención directa de la FIFA para favorecer al jugador.
Las pausas de hidratación se implantaron como una medida para proteger la salud de los futbolistas en condiciones climáticas extremas; las mismas fueron objeto de críticas por su creciente aprovechamiento comercial. Diversos sectores cuestionaron que estos intervalos terminaran funcionando también como ventanas de exposición para patrocinadores y transmisiones televisivas.
Durante el Mundial 2026 surgieron críticas por la disponibilidad de servicios de interpretación en algunas conferencias de prensa, lo que generó inconformidad entre periodistas hispanohablantes. Sin embargo, no existe evidencia pública que confirme una prohibición general del uso del español por parte de la FIFA.
La FIFA modificó el calendario del proceso de candidaturas al vincular la elección de las sedes de los Mundiales de 2030 y 2034, reduciendo considerablemente el plazo para presentar aspirantes al segundo torneo. La decisión dejó a Arabia Saudita como único candidato elegible, provocando fuertes críticas por la falta de competencia real en el proceso de selección.
La designación de España, Portugal y Marruecos como sedes principales, junto con la celebración de partidos inaugurales en Uruguay, Argentina y Paraguay, dio lugar al Mundial geográficamente más disperso de la historia. La decisión es cuestionada por sus implicaciones logísticas, económicas y medioambientales, además de facilitar que la edición de 2034 quedara reservada para Asia y Oceanía.
Pese a que el formato de 48 equipos aún no había debutado, surgió una propuesta de Infantino para ampliar de manera excepcional el torneo del centenario a 64 selecciones nacionales. La iniciativa fue recibida con total escepticismo por las federaciones y futbolistas, quienes advirtieron sobre el riesgo de saturar aún más el calendario internacional y devaluar la competitividad deportiva.
Infantino está en el ojo de la tormenta de la industria del fútbol mundial como ningún dirigente antes. ¿Cambios democráticos o demagogia? @mundiario