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Mundiario 09 Aug, 2026 20:45

Rusia salva sus bases militares en Siria, pero dice adiós a los privilegios de Asad

La caída de Bachar el Asad en diciembre de 2024 parecía haber abierto una incógnita decisiva para Rusia: qué ocurriría con las dos instalaciones que durante años habían permitido al Kremlin proyectar su poder militar desde Siria hacia el Mediterráneo, Oriente Próximo y África. Dieciocho meses después, Moscú ha encontrado una respuesta. Rusia conservará una presencia en Hmeimim y Tartús, aunque bajo unas condiciones muy diferentes de las que disfrutó durante el régimen de Asad.

El acuerdo anunciado este domingo por Damasco es, en realidad, un compromiso de transición. Siria recuperará la gestión de las instalaciones civiles y los espacios comerciales vinculados a ambas bases, mientras que las instalaciones militares serán reconvertidas en centros conjuntos de entrenamiento. El proceso deberá completarse en un plazo máximo de tres meses.

La fórmula resulta deliberadamente ambigua. No supone la salida de Rusia de Siria, pero tampoco representa la continuidad automática de los privilegios militares que Moscú obtuvo bajo Asad. Para el Kremlin, conservar Hmeimim y Tartús significa mantener una puerta abierta al Mediterráneo. Para Damasco, aceptar esa presencia puede ser una forma de equilibrar relaciones exteriores mientras reconstruye un Estado todavía frágil.

La importancia de las dos instalaciones explica la duración de las negociaciones. Tartús es el enclave naval ruso en el Mediterráneo y tiene raíces que se remontan a la época soviética, cuando Moscú estableció allí una instalación de apoyo logístico para su flota. Hmeimim tiene un origen diferente. La base aérea fue desarrollada por Rusia en 2015, cuando Vladímir Putin decidió intervenir directamente en la guerra siria para sostener militarmente a Asad. Desde allí despegaron buena parte de las operaciones aéreas rusas y se convirtió en uno de los principales centros de la intervención de Moscú.

El acuerdo firmado en 2017 había concedido a Rusia un régimen extraordinariamente favorable: un arrendamiento de 49 años y amplias facultades operativas. Aquella relación descansaba sobre una premisa política muy sencilla: Asad necesitaba a Rusia para sobrevivir y Rusia necesitaba a Asad para conservar su posición en Siria.

El pacto con el nuevo Damasco es otra cosa

El nuevo acuerdo no reproduce aquel modelo. La diferencia fundamental está en quién controla las instalaciones y para qué pueden utilizarse. Damasco asumirá la gestión de las infraestructuras civiles, entre ellas el aeropuerto de Hmeimim y el muelle comercial número 4 de Tartús. Esas instalaciones deberán integrarse progresivamente en la administración civil siria. La Autoridad General de Aviación Civil ya ha comenzado a evaluar las instalaciones del aeropuerto para preparar su rehabilitación.

En el ámbito militar, la fórmula es igualmente significativa: las bases pasarán a convertirse en “centros conjuntos de entrenamiento y rehabilitación”, según el comunicado sirio. No se trata, por tanto, de que Rusia conserve intacto el dispositivo militar que tenía con Asad. Tampoco de una retirada completa. Es una solución intermedia que permite a ambas partes salvar intereses esenciales.

Para Moscú, significa conservar presencia física y capacidad de relación militar con Siria. Para Damasco, implica recuperar soberanía administrativa sobre espacios que durante años estuvieron estrechamente ligados a la estrategia rusa.

Durante el régimen de Asad, Rusia era uno de los principales pilares políticos, diplomáticos y militares del país. La situación actual es distinta. Las nuevas autoridades de Damasco han procurado mantener relaciones con Moscú, pero simultáneamente han abierto canales con Estados Unidos, Europa y los países árabes.

El presidente interino Ahmed al Sharaa ha viajado a Moscú y se ha reunido con Putin en dos ocasiones. Rusia, además, retiró previamente parte de sus fuerzas desplegadas en Siria, incluido su contingente en Qamishli. La relación, por tanto, ya no es de dependencia unilateral.

Damasco necesita inversiones, reconocimiento internacional y seguridad. Moscú quiere conservar influencia y, sobre todo, evitar perder completamente una posición geográfica que le resulta difícil sustituir. El acuerdo nace precisamente de esa coincidencia parcial de intereses.

Tartús también tiene una dimensión económica

Hay otro elemento que no conviene pasar por alto: el futuro de Tartús no es exclusivamente militar. Rusia había mostrado interés en desarrollar un centro logístico comercial en el puerto, especialmente alrededor del muelle número 4. El proyecto pretendía aprovechar la infraestructura existente para ampliar las posibilidades de Moscú en el Mediterráneo.

El nuevo pacto parece encajar esa aspiración dentro de una fórmula más favorable para Damasco. Los espacios comerciales quedarán bajo control sirio y cualquier operación estará sometida a la aprobación de las autoridades portuarias y aduaneras nacionales. Es decir, Rusia puede mantener intereses económicos, pero ya no desde la posición privilegiada que tenía bajo Asad.

La importancia geopolítica del acuerdo supera las fronteras sirias. Hmeimim y Tartús constituyen para Rusia una plataforma desde la que puede observar y operar en una región donde compiten Estados Unidos, Turquía, Israel, Irán y las principales potencias europeas.

La guerra de Ucrania ha hecho todavía más valiosa esa posición. Moscú necesita conservar corredores logísticos hacia el Mediterráneo y África y evitar que la pérdida del régimen de Asad se traduzca en una expulsión completa de Oriente Próximo. Pero también debe asumir una realidad: la Rusia que regresa a Siria no vuelve con las mismas condiciones que tenía antes de 2024.

El Kremlin ha perdido a su principal aliado personal en Damasco, ya no controla el conjunto del dispositivo militar sirio y debe negociar con unas autoridades que buscan diversificar sus alianzas. La supervivencia de Hmeimim y Tartús es, por ello, un éxito relativo, no una restauración del pasado.

Para Damasco, el pacto ofrece algo igualmente importante: margen de maniobra. Mantener una relación funcional con Moscú evita una ruptura brusca con una potencia que conserva capacidad militar, diplomática y económica en la región, mientras Siria continúa acercándose a Occidente y al mundo árabe. @mundiario

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