ABANICO
Borrar una realidad requiere eufemismos, ironía y burla. Así se desdibujan hechos y se implanta una realidad anodina y cómoda para quienes ostentan el poder de la narrativa.
La “generación de cristal” es un insulto que oculta una crisis real. Aparece como un comodín para descalificar a jóvenes que expresan malestar, límites, agotamiento o vulnerabilidad. Entonces el peyorativo nombre se usa como si nombrar emociones fuera sinónimo de fragilidad, como si pedir cambios fuera falta de carácter.
Pero detrás del mote desdeñoso hay algo más grave: una sociedad que prefiere burlarse de los síntomas antes que atender las causas.
Llamar “frágiles” a los jóvenes cumple una función: evita que los adultos, las instituciones y los sistemas económicos se cuestionen. Porque si la juventud “no aguanta nada”, entonces no hay que revisar jornadas laborales extenuantes, precariedad económica, violencia digital, crisis climática, incertidumbre laboral, presión académica, falta de acceso a vivienda, erosión de redes comunitarias, exposición constante a comparaciones y expectativas irreales… En suma: Es más fácil culpar a la generación que escucharla.
El aumento de suicidios entre Millennials, Generación Z e incluso la llamada Generación Punto Com no es un indicador de “debilidad”, sino de un entorno que se vuelve emocionalmente inhabitable para muchos jóvenes.
Las tasas de malestar emocional aumentan en jóvenes en muchos países. Factores como aislamiento, presión económica, discriminación, violencia digital y falta de acceso a apoyo influyen en ello.
En ese entorno, la narrativa de “generación de cristal” agrava el estigma, impide pedir ayuda y trivializa el sufrimiento.
Nombrar a una generación como “frágil” cuando enfrenta condiciones inéditas es una forma de violencia simbólica muy fuerte.
Ahora, lejos de ser frágiles, estas generaciones demuestran capacidad de adaptación a cambios tecnológicos acelerados, conciencia emocional que generaciones anteriores no pudieron permitirse, activismo social en temas como clima, género, diversidad, salud mental. También creatividad económica en entornos laborales precarios y resiliencia frente a crisis globales consecutivas.
Son generaciones que se atreven a nombrar lo que otras callaron.
El verdadero problema es un paradigma que ya no sostiene a nadie. Es el que glorifica la dureza, confunde silencio con fortaleza, romantiza el sacrificio, patologiza la sensibilidad, niega la necesidad de cambio.
Las generaciones jóvenes no son frágiles: son el espejo que incomoda porque muestra lo que ya no funciona.
El artículo La mítica generación de cristal apareció primero en Quadratín.