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Mundiario 17 Aug, 2026 00:21

Fin a décadas de ausencia: las ballenas azules y de aleta recolonizan el Atlántico

Durante buena parte del siglo XX, el océano fue para las ballenas un territorio de persecución. La expansión de la caza comercial convirtió a especies que parecían inagotables en poblaciones diezmadas y alteró de manera profunda sus áreas históricas de distribución. Ahora, más de cuatro décadas después del final de la caza comercial a gran escala, las ballenas azules y las ballenas de aleta vuelven a aparecer con mayor frecuencia en el Atlántico Sudeste.

No se trata de una recuperación espectacular ni de la vuelta masiva de estos gigantes marinos. El dato importante es más discreto y, precisamente por eso, más interesante: los registros recientes sugieren que ambas especies están empezando a recuperar parte de un territorio que utilizaron históricamente.

La investigación, publicada en el African Journal of Marine Science, reconstruye más de seis décadas de observaciones confirmadas y varamientos frente a Namibia y la costa occidental de Sudáfrica. Los investigadores analizaron registros comprendidos entre 1964 y marzo de 2025, con especial atención al ecosistema de afloramiento de Benguela, una de las zonas marinas más productivas del planeta.

El resultado más llamativo es que el 95% de las observaciones recopiladas corresponde al periodo posterior a 2012. Es una concentración temporal demasiado relevante como para ignorarla, aunque los propios autores introducen una cautela fundamental: parte del incremento puede explicarse porque hoy se observa y registra mucho más el océano que hace varias décadas.

Entre 1913 y 1978 se calcula que fueron capturadas aproximadamente 350.000 ballenas azules y 725.000 ballenas de aleta. La industrialización de la caza permitió perseguir a grandes cetáceos con una eficacia hasta entonces desconocida. La aparición de buques factoría y nuevas tecnologías de localización transformó la relación entre los humanos y unas especies que durante siglos habían quedado protegidas, en buena medida, por su propio tamaño y velocidad.

La ballena azul antártica (Balaenoptera musculus intermedia) continúa catalogada como En Peligro Crítico por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Su población se estima todavía en alrededor del 3% de los niveles existentes antes de la época de la caza comercial, aunque está creciendo lentamente, según las estimaciones citadas por el estudio. La ballena de aleta (Balaenoptera physalus quoyi) presenta una situación algo mejor y figura como Vulnerable. Sus poblaciones habrían recuperado más del 30% de los niveles históricos y estarían aumentando aproximadamente entre un 4% y un 5% anual.

Es decir, el regreso al Atlántico Sudeste no debe confundirse con una recuperación completa. Lo que muestra el estudio es algo más prudente: una posible reconstrucción progresiva de poblaciones que durante décadas estuvieron sometidas a una presión extraordinaria.

¿Por qué vuelven las ballenas azules y de aleta?

Cuando una población deja de ser perseguida sistemáticamente, los individuos que sobreviven pueden reproducirse y las generaciones posteriores comenzar a ocupar de nuevo zonas históricas. En especies longevas y de reproducción relativamente lenta, sin embargo, ese proceso requiere décadas.

La recuperación no significa que las ballenas aparezcan de repente en lugares nuevos. Más bien puede producirse una reocupación progresiva de áreas que formaban parte de sus antiguos recorridos migratorios y zonas de alimentación.

El sistema de afloramiento de Benguela, frente a Namibia y Sudáfrica, lleva nutrientes desde aguas profundas hacia la superficie y genera una enorme productividad biológica. Para grandes ballenas que necesitan consumir cantidades considerables de alimento, estos ecosistemas pueden funcionar como auténticas áreas de alimentación.

Los registros históricos de la época ballenera ya apuntaban a que el Atlántico Sudeste pudo haber tenido importancia para ambas especies, incluso como zona de cría o de desarrollo. El nuevo trabajo aporta ahora una recopilación sistemática de los datos disponibles para comprobar hasta qué punto están regresando.

El estudio encontró 12 avistamientos de ballena azul, un varamiento y otros cinco registros publicados, mientras que, en el caso de la ballena de aleta, los investigadores documentaron 76 avistamientos y seis varamientos. Esta considerable diferencia demuestra que la ballena de aleta parece estar mucho más presente en la región, en contraste con la azul, que continúa siendo extraordinariamente rara.

De hecho, este es uno de los aspectos que impide presentar los resultados como una historia de recuperación plena, ya que, más de 50 años después del final de la caza comercial, los investigadores solo pudieron reunir 12 registros de ballena azul frente a estas costas. Aunque la tendencia es positiva, la magnitud de la recuperación sigue siendo pequeña. A esto se suma un problema estadístico importante: el incremento actual en los avistamientos se debe a que ahora se observa más, debido a la proliferación de barcos, programas científicos, observadores especializados y nuevas actividades industriales que multiplican las oportunidades para registrar la fauna marina.

Por tanto, una parte del aumento de avistamientos puede deberse a que hay más ojos mirando.

Eso no invalida el estudio. Al contrario, obliga a interpretar sus resultados correctamente. Los investigadores consideran que el incremento observado es compatible con una recuperación poblacional, pero reclaman sistemas de seguimiento más sistemáticos que permitan separar con precisión el aumento real de animales del aumento de observaciones.

El regreso de las ballenas no significa que el océano vuelva a ser el de hace un siglo

La desaparición de la caza industrial eliminó una presión fundamental, pero el océano del siglo XXI es un escenario muy diferente al de principios del XX. Las ballenas azules y de aleta se enfrentan actualmente a riesgos derivados de las colisiones con grandes buques, los enredos con artes de pesca, el ruido submarino, la contaminación y las modificaciones de los ecosistemas provocadas por el cambio climático.

A ello se añade una dificultad particular: son animales migratorios que recorren enormes distancias. Proteger una zona concreta no garantiza necesariamente su seguridad durante todo el ciclo anual.

Una ballena puede alimentarse frente a Namibia y desplazarse después hacia otras regiones del Atlántico o las aguas antárticas. La conservación de estas especies exige, por tanto, pensar en corredores y áreas de distribución y no solamente en puntos concretos del mapa.

El estudio plantea precisamente una consecuencia práctica: hace falta mejorar el conocimiento sobre dónde están estas ballenas y cuándo utilizan determinadas zonas.

Los investigadores recomiendan ampliar el monitoreo acústico pasivo, aumentar la presencia de observadores formados a bordo de embarcaciones comerciales e incorporar la distribución de los cetáceos a la planificación espacial marina. @mundiario

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